Antonio Gómez Hueso
10/08/2026 a las 00:22h.
Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es totalmente creíble) que en Madinat Garnata, año 1302, Muhammad III, El Ciego, formó un gran ejército de benimerines y nazaríes, al mando de Sail al-Quzat, para conquistar algunas villas fronterizas cercanas al río Al-wādi al-kabīr. Los guerreros marcharon por las riberas del Deifontes y Wadi Furtuna, evitando cerros y atalayas, cruzaron el Xandulilla y llegaron hasta Almandhar, población que los infieles (Alá los pierda) llamaban Bédmar. Sitiaron su doble muralla durante meses, provocando hambruna y desolación, y finalmente la tomaron con saña, sufrimiento y sangre, aniquilando vidas y obteniendo un gran botín en telas, oro y joyas. Hicieron decenas de prisioneros, entre ellos a María Ximénez (Señora de Bédmar, viuda de Sancho Sánchez), junto con sus dos hijos adolescentes, Juan Sánchez y Ximén Peres. Todos los cautivos fueron trasladados a Garnata.
María Ximénez era extraordinariamente bella. Fue exhibida por las calles antes de ser presentada al mismísimo Muhammad III. El rey la deseó enseguida, la tomó como servidora y la integró en su harén. Pero ella no se dejaba seducir por las lisonjas, galanterías y cantos amorosos del monarca. Los hijos de María fueron trasladados a Loxa para picar en las canteras.
Por otra parte, los benimerines que participaron en la contienda enviaron mensajeros a su sultán africano, Abu Yaqub, contándole la existencia de la hermosa esclava. Este reenvió los mensajeros a Muhammad, solicitando a la hembra para sí. Pero el monarca se resistía a cederla. Pasaron meses.
Un día Muhammad ordenó a María que le asistiera en el baño y le diera un masaje reconfortante. El hammam, revestido de lujosos azulejos, arcos, arabescos y mármoles, estaba situado en el Rabad al-Ajsarïs; se nutría de las gélidas aguas del Hadarro, pero también de un pozo cálido y vaporoso que brotaba de la ladera suroriental del Cerro de La Sabika, en el que estaba enclavada la fortaleza real. El edificio se construyó de tal modo que los rayos de sol penetraban sutilmente, creando un ambiente delicioso, impregnado con agradables efluvios de esencias, aceites y ungüentos. Se oía el agua chapotear, caer, fluir, insuflar vida a los nobles que acudían.
Quiso Alá (que siempre está en todo) que esa mañana se encontrara allí Mohamed ben Misri, guerrero benimerín que había participado en la toma de Bédmar. Estaba descansando en el zaguán, conversando con dos hombres, después de haberse dado un baño en 'al-bayt al-sajun', sala de agua caliente. Cuando vio aparecer a Muhammad, acompañado de María y de seis fornidos guardianes, se levantó, se reverenció y saludó: «Salam malecum». Muhammad le respondió en los mismos términos, aunque no conocía al guerrero. Luego entró con María en la Sala de Masajes. Los soldados permanecieron fuera, custodiando el recinto. Ya dentro, el rey se postró de espaldas, en un lecho blando colocado sobre una losa de mármol. María fue al almacén contiguo y tomó de la alhacena los frascos del ungüento y las toallas. La mujer fue desnudándole poco a poco, manteniendo tapadas sus partes íntimas, y empezó a aplicarle suavemente el bálsamo, primero por la espalda, luego hombros, cuello, brazos y piernas. Lo hacía muy lentamente, hundiendo sus manos en los flácidos músculos del rey, en una especie de rítmica caricia. Muhammad gozaba con la acción de la esclava, mientras Mohamed ben Misri los contemplaba tras una celosía, situada en una sala adyacente, a la que se había desplazado para espiarlos.
Cuando terminó el masaje, el rey se vistió, tomó su té habitual con Abu al-Din, dueño del hammam, y abandonó el edificio acompañado de su séquito, para regresar a Palacio. Dos soldados se quedaron custodiando a María, mientras ella limpiaba la sala y guardaba los utensilios.
Muhammad estaba a punto de franquear la puerta de acceso a la Alcazaba, cuando llegaron hasta él, corriendo, los dos soldados que habían quedado con el encargo de proteger a la esclava. Muy atribulado, uno de ellos informó al rey que la mujer había desaparecido. Muhammad se mostró sorprendido y airado. El soldado explicó que ella había ido al almacén a devolver los productos utilizados, que pasaba el tiempo y no regresaba, que ellos habían ido a ver qué ocurría y el almacén estaba vacío. No salió por la puerta de entrada, por lo que únicamente pudo haber escapado por el ventanal, que estaba abierto, y comunicaba con un jardín interior. Muhammad ordenó que regresaran al hammam con más soldados, que volvieran a buscar por dentro y por fuera y que no volvieran sin la esclava.
Así se hizo, pero parecía que la tierra se la había tragado. Llamaron a nuevos guerreros de los puestos próximos y ampliaron la búsqueda durante horas por todo el rabad. Resultó un fracaso. Pasados dos días, el rey encerró en las mazmorras a los soldados encargados de la custodia. Pasadas dos semanas, unos mensajeros llegados de Loxa informaron al rey que un grupo de benimerines se había llevado a los dos jóvenes cristianos, dijeron que por orden de su majestad. Entonces comprendió la verdad: Aquel benimerín que le reverenció en los baños estaba en Granata con la misión de raptar a la bella esclava, para entregarla a su sultán Abu Yaqub. De paso, rescataron a Juan y Ximén, seguramente por petición de la madre. Muhammad nunca más volvió a ver a María. No se supo más de ella.
Hace cuarenta y dos años se descubrió en Marruecos un manuscrito del historiador Shams al-Din en el que se lee: «(…) La hermosa cristiana pasó a llamarse Yamileth y se integró en el harem del sultán Abu Yaqub. Al año de su llegada, alumbró a una niña llamada Haifa. Sus dos hijos, también convertidos, se hicieron 'futuwwas', guerrearon en Tremecén y Constantina y, con el tiempo, fueron nombrados alcaydes de Salé y Taza. Yamileth —María— gozó de sus siete nietos y murió anciana en Fez».
Pero sólo Alá sabe la verdad.
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