17 de octubre, 2026 - 07h00

¿Qué es la información actualmente? La pregunta ha rondado mi cabeza últimamente con mayor intensidad en la búsqueda de una definición adecuada del oficio del informador en tiempos de alta tecnología y demasiada exposición personal de quienes lo ejercen.

Encontré algo que podría ayudar a entender el fenómeno desde la perspectiva de la filosofía contemporánea, para poder discernir que el empaque (la superficie, el signo, la apariencia) ha pasado a valer más que lo que envuelve (la esencia, el contenido, lo real) y es absolutamente aplicable al actual proceso de la información, porque describe cómo funciona nuestra sociedad actual, donde la representación de las cosas ha sustituido a las cosas mismas. Donde las verdades dichas están ganando y por goleada a las verdades basadas en hechos, materializando lo que el filósofo francés Guy Debord bautizó como “la sociedad del espectáculo”, al afirmar que todo lo que antes se vivía directamente ahora se ha convertido en una “representación”.

Para entender mejor a Debord, podemos colocar el ser vs. el parecer como parte de la evolución del valor humano. Primero importaba el ser, entendiendo por ello al contenido; luego el tener, que no es otra cosa que la posesión; y ahora lo único que importaría es el parecer, o sea, el empaque. Ya el contenido es un concepto informativo tan deformado por la contemporaneidad que hoy en día, si algo no tiene una apariencia espectacular, histrionismo o no es “instagrameable”, para el sistema es como si no existiera.

Otro filósofo francés, igual que Debord, en apogeo durante el siglo XX, Jean Baudrillard, concluyó que vivimos en una época donde el signo ha reemplazado a la realidad. Y pregonaba la muerte del contenido: ya no consumimos “cosas”, sino el significado o el estatus que el empaque nos otorga respecto de esas cosas. La identificaba como la era de la hiperrealidad: el envoltorio es tan perfecto, estético y estimulante que el contenido real resulta irrelevante. Podría servir como ejemplo actual un paseo por las redes sociales: el “empaque” del perfil de una persona (su vida simulada en fotos) importa y opera con mayor valor social que su realidad cotidiana imperfecta.

Pero, ojo, que lo que está pasando no es del todo nuevo, aunque sí está exacerbado. No cabe aquí el famoso “síndrome de Adán” del que muchos de los informadores digitales sufren porque creen que lo que hacen nunca antes se ha pensado. Y ahí está desde el siglo XIX el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, esforzándose en rescatar el valor de la superficie y el arte, en definitiva, las apariencias, en contradicción de grandes pensadores de la antigüedad, como Platón, que despreciaban el empaque y buscaban la verdad, el contenido “prémium” de antaño, en el mundo de las ideas.

Se abrió así la puerta de la posmodernidad, en la que se asume que no hay un “contenido” único y, al no existir verdades absolutas, la forma en la que envolvemos, narramos y presentamos el mundo (el empaque) es la única realidad con la que podemos interactuar. Y como todo transcurre actualmente a velocidades inusitadas, ya a corto plazo veremos si esto será bueno o no para la sociedad. (O)