La decisión de Molinos Agro y la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA) de invertir más de US$500 millones en una nueva planta de molienda de soja en Timbúes, Santa Fe, no solo marcó el regreso de las grandes inversiones al principal complejo exportador argentino después de 12 años. También reabrió una discusión de fondo sobre qué ocurrió con un cultivo que durante años fue el motor del agro y que perdió superficie y producción frente al maíz por el efecto de los Derechos de Exportación (DEX). La futura planta industrial tendrá capacidad para procesar 15.000 toneladas diarias, equivalente a un consumo anual cercano a cinco millones de toneladas, y responde, según informó la empresa, a la expectativa de un crecimiento de la oferta de soja impulsado por el esquema de reducción gradual de retenciones previsto desde enero de 2027.
Para 2026, la proyección de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR) del aporte de las seis principales cadenas del agro (soja, maíz, trigo, girasol, cebada y sorgo) en concepto de DEX es de US$4613 millones, prácticamente sin cambios respecto de los US$4665 millones de 2025 menos de 1% interanual y por debajo de los máximos de 2021 y 2022 (US$8373 y US$9101 millones), “cuando los precios internacionales de las commodities agrícolas alcanzaron sus máximos históricos al desatarse la guerra entre Rusia y Ucrania, pero un 50% por encima del mínimo de 2023, año de la histórica sequía. El de la soja, que incluye poroto, harina, aceite y biodiesel, continúa siendo el principal aportante, con US$3275 millones.
Para Javier Preciado Patiño, consultor del mercado de granos, la inversión representa mucho más que un nuevo proyecto industrial. A su entender, constituye el primer indicio de un cambio de tendencia luego de más de una década sin ampliaciones relevantes en la capacidad de molienda. “Se corta así una racha de 12 años sin nuevas inversiones en el complejo de la soja”, destacó.
El especialista sostuvo que para entender el presente del complejo sojero no alcanza con analizar las retenciones que paga la oleaginosa de manera aislada. La clave, dijo, está en observar el diferencial que durante años existió con el maíz, principal competidor por el uso de la superficie agrícola. “Hay que analizar no ya desde la baja de los DEX de la soja per se, sino en relación a los DEX del maíz, el principal cultivo de verano que compite en el uso de la tierra con la oleaginosa”, explicó.
Según reconstruyó, el siglo comenzó con una producción cercana a 30 millones de toneladas. Durante los 15 años siguientes, la soja vivió su etapa de mayor expansión hasta alcanzar 61,4 millones de toneladas en la campaña 2014/15, período que coincidió con la construcción de nuevas plantas industriales capaces de procesar 47.000 toneladas diarias, equivalentes a 15,5 millones de toneladas anuales.
Sin embargo, ese proceso se interrumpió. La producción comenzó a retroceder —con las sequías como un factor adicional— hasta ubicarse actualmente en torno a 50 millones de toneladas. “Mientras nuestros competidores crecían en producción, nosotros decrecimos aumentando la capacidad ociosa de la industria aceitera”, resumió.
Para Preciado Patiño, uno de los principales factores detrás de ese cambio fue el fuerte aumento del diferencial entre las retenciones que pagaban la soja y el maíz. Recordó que tras la salida de la convertibilidad la brecha entre ambos cultivos era de 3,5 puntos porcentuales, luego pasó a 15 puntos y, desde fines de 2015, llegó a 30 puntos porcentuales, modificando por completo los márgenes económicos. “Evidentemente, el diferencial de 30 puntos porcentuales altera la ecuación de los márgenes brutos”, sostuvo.
Como consecuencia, dijo, la superficie sembrada con soja cayó de 20,5 millones a 16 millones de hectáreas, mientras que el maíz avanzó desde 6,9 millones hasta 10,6 millones de hectáreas. Con un rendimiento promedio de tres toneladas por hectárea, esa reducción implicó resignar alrededor de 12 millones de toneladas, un volumen muy similar al retroceso registrado desde el récord productivo alcanzado en 2014/15.
A ese proceso se sumó otro factor estructural: “La falta de una ley de semillas que recompense a los obtentores y proveedores de biotecnología, y la no promoción de la fertilización hizo que la caída del área no se compensara con mayor productividad”.
El especialista consideró que ese fenómeno también profundizó la capacidad ociosa de la industria aceitera, situación que en parte fue compensada mediante la importación de soja paraguaya para abastecer las plantas de molienda.
Desde su perspectiva, el problema no fue el nivel absoluto de las retenciones sino el incentivo relativo que generó el diferencial con el maíz. “Si a un productor que hace soja el Estado le quita el 30 o el 33% del valor internacional, si hace maíz le quita el 12%. Entonces, hay un direccionamiento de la producción hacia un cultivo o hacia otro”, afirmó recordando una situación anterior.
A su juicio, lo deseable sería que ambos cultivos enfrenten el mismo nivel de DEX para que la elección responda exclusivamente a criterios agronómicos y económicos. “Lo que debería ser es que todos tengan el mismo DEX y que el productor, en función del margen que tiene, vaya decidiendo qué hace dentro de su esquema de rotación”, señaló.
El consultor destacó que el esquema vigente comenzó a reducir nuevamente esa brecha. Recordó que primero la diferencia bajó a 16,5 puntos y actualmente se ubica en 15,5 puntos, prácticamente el mismo nivel existente hasta diciembre de 2015. Si el cronograma oficial continúa, estimó que el diferencial podría descender a 13,5 puntos en 2027 y a 9,5 puntos hacia fines de 2028. “Se empieza a corregir el sesgo antisoja —dicho sea de paso, el principal complejo exportador argentino— que estuvo vigente a lo largo del siglo”, sostuvo.
Preciado Patiño también vinculó la evolución del cultivo con un cambio en el discurso público sobre la soja. Recordó que cuando comenzó a difundirse masivamente, durante las décadas de 1960 y 1970, era presentada como una alternativa para salir del monocultivo de maíz gracias a su capacidad de fijar nitrógeno y mejorar los suelos. Con el paso del tiempo, señaló, esa narrativa cambió completamente: “Unos 30 años después ese discurso se da vuelta, y la soja pasa a ser el demonio que se la castiga con DEX”.
La nueva inversión anunciada por Molinos Agro y ACA aparece así como una señal de que la industria apuesta a un nuevo ciclo para el principal complejo exportador del país. Para el consultor, si continúa reduciéndose la brecha de retenciones entre soja y maíz, “podrían empezar a revertirse parte de las decisiones productivas” que durante la última década modificaron el mapa agrícola argentino.