La lectura se halla en su cenit. Un 70% de los españoles mayores de 14 años lee libros. Y un 66,2% los elige por ocio, según el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España del Ministerio de Cultura. Un interés que se evidencia en las redes sociales, donde los contenidos sobre libros se han multiplicado. El formato más habitual en ellas son ya las videoreseñas de novedades editoriales, siendo el juvenil romantasy el género más popular, con dos millones de menciones en Instagram y TikTok: críticas generadas por perfiles que no necesariamente pertenecen a literatos, sino a ciudadanos de a pie –en general, mujeres jóvenes– que comparten los últimos títulos que les han entusiasmado.
Este fenómeno no ha pasado inadvertido a los libreros, que con frecuencia se encuentran a clientes que les muestran en la pantalla de su teléfono novelas que han descubierto en redes. “Buscan una segunda opinión”, comenta Anna Arranz, al frente junto a Maria Ferra y Asier Heredia de Casa Usher, una pequeña librería ubicada en la zona alta de Barcelona. Las redes se han sumado a las tradicionales recomendaciones de periódicos. “Pero no es nada nuevo. Siempre ha habido una doble prescripción de lectura”, afirma Sergio Vila-Sanjuán, redactor-jefe del suplemento Cultura /s de La Vanguardia . “Una vía más literaria, más cultural, la de los suplementos, y otra para públicos amplios. En su día fueron ciertos programas de televisión o de radio y ahora está en las redes, que tienen un efecto positivo y que han ayudado a relanzar obras que estaban relegadas al fondo del armario, como Tan poca vida , de Hanya Yanagihara”.
Que una novela se recomiende una y otra vez en redes puede generar expectativas muy altas, opina Tijerín
Los llamados bookstagramers y booktokers también han impulsado las ventas de títulos más recientes como Han cantado bingo, de Lana Corujo, Comerás flores, de Lucía Sorolla, o Las gratitudes, de Delphine de Vigan. “Lecturas con una fuerte carga emocional, historias de iniciación o relatos con giros sorprendentes fáciles de recomendar en vídeos de un minuto”, opina Ana S. Pareja, librera en Bartleby & Co, en Berlín. “En cambio, opciones difíciles de condensar en un formato breve tienen menos presencia”.
Ángel Tijerín, al timón de la librería barcelonesa On the Road, cree que es positivo que los libros mencionados se recomienden simultáneamente en muchos perfiles: “A mí me han gustado mucho. Y, al final, ayuda a vender”. Aunque también considera que compartirlos en exceso puede ser un arma de doble filo. “Se generan expectativas y hay quienes se han llevado la sensación de que no son para tanto”. La homogeneización de las elecciones literarias de los usuarios es otro inconveniente que no solo perciben los libreros. “Los creadores de contenido muchas veces acabamos recomendando lo mismo”, admite Laia Santís, la maestra catalana detrás del perfil de Instagram @vidaentrellibres. Una consecuencia que, cree, se explica porque buena parte de estos prescriptores reseñan libros que les envían las editoriales. Sin embargo, insiste en que a ella no la presionan para publicar lo que le mandan; en su caso, unos 20 títulos semanales. “Si una novela de una editorial no me fascina, puedo decirlo con toda libertad. Me he encontrado situaciones más incómodas cuando han sido los propios autores quienes me han hecho llegar sus obras”.

La Ley 13/2022 General de Comunicación Audiovisual —popularmente conocida como ‘Ley de Influencers’— obliga a señalar de forma clara cuándo una publicación, vídeo o historia es publicidad o contiene una colaboración pagada. En las cuentas consultadas se indica con los hashtags #publi, #regalo o #envioeditorial. Aunque, por norma general, los contenidos nacidos de colaboraciones conviven con publicaciones más orgánicas. Kenya Stephanie, una autora y bookstagrammer malagueña con más de 200.000 seguidores, explica que ha rechazado colaboraciones porque desentonaban con el tipo de literatura que le gusta. Tampoco publica novelas sin haberlas leído antes. “No tendría sentido. El objetivo original, compartir y colectivizar las experiencias lectoras se desdibujaría para convertirse en un engaño. Si fingimos que leemos, ¿qué nos queda? ¿Cómo queremos relacionarnos con la literatura?”.
La periodista y creadora de contenido sevillana Irene Ramírez (@irxxnxx en Instagram) también asegura leer, reseñar y recomendar solo aquello que le agrada, desde clásicos hasta novelas contemporáneas, ensayos y poesía. Justamente, son las inclinaciones de cada una las que otorgan personalidad a sus perfiles, creando comunidades de lectores afines a sus preferencias. “He recibido mensajes de gente que me ha seguido porque no recomiendo lo mismo que el resto, aunque también lea libros de moda o clásicos”, añade Ramírez. Santís, por su parte, fue de las primeras prescriptoras de literatura catalana en plataformas. “Hoy la cosa ha cambiado. Hay más influencers centrados en este campo”.
Pese a que muchas recomendaciones puedan repetirse, la comunidad lectora coincide en que las redes son una ventana a la literatura. “Mi primera opción es dejarme aconsejar por la librería, pero sigo a creadoras como María Gajas (@allegir_lij en Instagram) para conocer novedades de libros infantiles”, explica Laia Martínez, una maestra de 29 años. También hay quien valora que el algoritmo se amolde a sus inclinaciones literarias. Es el caso de Cristina Sanchis, de 28 años: “Me enseña lecturas de mi interés, desde feminismos a autoras sudamericanas, que ahora viven un boom, así como historias que nunca hubiera elegido, y me encanta. También libros de moda de romance y fantasía, como la saga Acotar, que sería algo así como el Crepúsculo de ahora”.
Empíreo y Academia Bloodwing son otras series exitosas comprendidas en el subgénero romantasy , especialmente popular en TikTok. A diferencia de la fantasía tradicional, donde la historia de amor es secundaria, aquí el romance es el motor principal de la trama. “El algoritmo parece favorecer estas novelas categorizadas en el young adult ”, expresa Sonia Jiménez, otra lectora de 29 años. “Historias muy lineales de chico conoce a chica con escenas sexuales explícitas, fáciles de consumir y que apuntan a los clichés”. Las editoriales han entendido que es un contenido atractivo para los jóvenes y, además de ampliar su oferta, lanzan llamativas ediciones con los cantos pintados, respaldadas por potentes campañas de marketing. “Al final, los números tienen que salir a fin de año. Y la realidad es que los bestsellers mantienen a flote otros sellos más pequeños del grupo”, apunta Iñaki Lucía, de la legendaria librería madrileña Rafael Alberti.
Al final, los números tienen que salir a fin de año. Y la realidad es que los bestsellers mantienen a flote otros sellos más pequeños del grupo
Iñaki Lucía
Librería Rafael Alberti (Madrid)
Pero la mayoría de agentes literarios coinciden en que, lejos de que unos excluyan a los otros, sus figuras pueden complementarse. “Todo lo que sea impulsar las ganas de leer es bueno para las librerías y el sector editorial”, comenta Arranz. Coincide con ella Lucía, quien añade que el librero tiene la capacidad de ampliar las recomendaciones que el lector recibe a través de redes. “Podemos dar opciones en base a los gustos de las personas. Proponer novedades fuera del radar”. Tejerín, en cambio, incide en que también deben ocupar el espacio virtual: “O al menos explorarlo. No hace falta ser un crack. Los libreros tenemos información privilegiada que va más allá del resumen que hacen muchos influencers”, apunta.
Al final, las redes son un espacio donde la conversación literaria se produce. “No solo impulsan esta conversación, sino que se han convertido en un punto clave para que los jóvenes leamos más”, termina Stephanie.

Periodista especializada en cultura y ocio. Máster en Humanidades por la UOC y graduada en Periodismo por la UIC