Los lunes y viernes, una camioneta amarilla se estaciona en la calle Pedro Carbo, en el centro de Guayaquil. Desde las 08:00, Roberto Celi comienza a colocar sobre el vehículo las figuras que llevó desde casa.
Imágenes religiosas, piezas decorativas y trabajos elaborados en fibra de vidrio quedan colgados en los costados de la camioneta, que durante unas cuatro horas funciona como su punto de venta.
Roberto tiene 60 años y asegura que aquella camioneta lleva más de medio siglo junto a él. Allí transporta una parte del trabajo que ha realizado durante décadas y conversa con quienes se acercan a preguntar por una figura. Cerca de las 12:00 recoge nuevamente las piezas y termina su mañana en la calle Pedro Carbo.
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Su relación con las artesanías comenzó mucho antes de instalarse a venderlas. Calcula que lleva cerca de cuarenta años ligado al oficio, aunque desde hace ocho o diez años trabaja con mayor frecuencia en la elaboración de este tipo de piezas. Parte de lo que sabe lo aprendió desde joven en una escuela de artesanías, donde recibió clases de Jorge Morales.
“Me enseñó mucho de lo que es artesanía, mucho relacionado con la antigüedad”, recordó Celi. De aquellas clases aprendió técnicas para realizar copias artesanales, conocimientos que después fue aplicando a los trabajos que actualmente fabrica en fibra de vidrio.
El arte religioso en fibra de vidrio
Buena parte de las piezas que lleva a la calle Pedro Carbo tiene relación con la religión. El Divino Niño, el Sagrado Corazón de Jesús y figuras de vírgenes forman parte de sus trabajos. Celi explicó que sus clientes suelen buscar estos artículos para peregrinaciones y celebraciones religiosas, donde las imágenes pueden variar de tamaño según el pedido.
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El procedimiento comienza con una pieza que servirá como modelo. Roberto prepara un molde de silicona y una estructura interna de fibra de vidrio que posteriormente permite realizar las reproducciones. El tiempo depende de las características de cada trabajo y puede extenderse desde tres o cinco días hasta una semana.
Los precios cambian según el material. “Por ejemplo, uno de bronce no deja de valer $ 40 o $ 50, y en fibra vale de $ 15 a $ 20”, explicó. Esa diferencia le permite fabricar modelos de distintos tamaños para quienes llegan buscando una imagen para llevar a casa o utilizar durante una actividad religiosa.
Su trabajo tampoco termina en estas figuras. Roberto restaura artículos antiguos y utiliza lo aprendido para atender encargos distintos. Durante estos años ha tenido que resolver por cuenta propia la fabricación de estructuras y adaptar sus conocimientos a las necesidades de cada cliente.
Parte de ese aprendizaje ocurre cuando sale de Guayaquil. Celi contó que ha viajado a Cuenca y llegó hasta Chiclayo, en Perú.
La artesanía se convirtió, además, en una fuente de ingresos para su familia. Roberto es padre de dos hijos. El menor reside actualmente en Europa y su hija mayor tiene previsto viajar a Estados Unidos.
En Guayaquil permanece junto a su padre, Felipe, de 86 años, quien lo ha acompañado durante parte de los años dedicados a esta actividad.
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El anhelo de conservar las tradiciones manuales
A sus 60 años, una de sus preocupaciones está relacionada con la continuidad de los trabajos manuales que aprendió cuando era joven.
Recuerda una época en la que buena parte de las piezas se hacía completamente a mano y considera necesario que las generaciones jóvenes conozcan estos oficios.
“Me gustaría que volvieran esas tradiciones”, dijo Celi. Para él, mantenerse como artesano significa conservar lo aprendido durante décadas, aun cuando las herramientas y las formas de fabricar determinadas piezas han cambiado con los años.
Su nieto menor tiene 11 años, aunque por el momento sus intereses van por otro camino. Roberto todavía espera que más jóvenes se acerquen a estos trabajos y aprendan lo que implica fabricar una pieza desde su estructura.
“Que se puede lograr lo que uno se propone, que no hay meta que no se pueda lograr”, expresó al dejar un mensaje para quienes empiezan a aprender un oficio. (I)