La Argentina vuelve a posicionarse donde muy pocos campeones del mundo logran regresar: a estar entre los cuatro mejores de un Mundial. Defender una corona casi nunca resulta posible, y este seleccionado lo está consiguiendo después de un recorrido que desde los 16avos de final fue cuesta arriba.

Imagen de Cuando el fútbol no alcanza, aparece el corazón: la Selección Argentina sigue viva en el Mundial y jugará una semifinal histórica ante Inglaterra

La Selección no llegó en plenitud a la cita ecuménica. Arribó a Estados Unidos con futbolistas lesionados, otros recuperándose en plena competencia y un desgaste físico que fue condicionando cada paso. Ya no es el equipo vertiginoso que deslumbró en Qatar. Hoy juega a otro ritmo, más pausado, más medido. Un ritmo de tango cadencioso impuesto por la necesidad.

Las piernas ya no responden con la misma frescura y el cuerpo acusa el esfuerzo acumulado de un torneo exigente. Sin embargo, cuando el físico no alcanza, aparece aquello que distingue a los grandes equipos. Argentina sigue en carrera porque tiene jerarquía y sabe competir. Es un equipo que posee oficio, temple y una personalidad que no se negocia. Lionel Scaloni lo resumió con una frase que explica mucho más que cualquier esquema táctico: por encima de la estrategia, de los números o de los kilómetros recorridos, están la voluntad, el amor propio y el temperamento.


Esta Argentina cambió los bólidos del mediocampo de Qatar por un fútbol mucho más paciente. Ya no avanza a toda velocidad: administra energías, espera el momento indicado y resiste cuando le toca sufrir. La necesidad la obligó a reinventarse, y esa capacidad de adaptación también explica por qué sigue en pie. El destino ahora marca una nueva escala en Atlanta, otra vez bajo el techo y el aire acondicionado del estadio que puede convertirse en un aliado para un plantel golpeado físicamente.


Del otro lado espera Inglaterra y un desafío todavía mayor. Es un equipo que combina jerarquía, equilibrio y talento. Desde el arco, donde Jordan Pickford ha sido decisivo en momentos clave, hasta una defensa sólida comandada por John Stones y Marc Guéhi. En el medio, la potencia física y futbolística de Declan Rice se complementa con el talento de Jude Bellingham, autor de seis goles que explican buena parte del riesgo que representa.


La amenaza inglesa no termina allí. Harry Kane sigue siendo un centrodelantero de élite, capaz de definir cualquier partido. A su alrededor aparecen futbolistas desequilibrantes como Anthony Gordon y Bukayo Saka, aunque este último ha cedido protagonismo en algunos pasajes frente al crecimiento de Noni Madueke. Inglaterra tiene variantes, velocidad y capacidad para lastimar en espacios reducidos o abiertos.

Por eso la semifinal aparece tan abierta como apasionante. Cualquiera de los cuatro equipos que llegaron a esta instancia tiene argumentos para ser finalista. Aunque Francia parece contar con una pequeña ventaja sobre el resto, Inglaterra representa un desafío enorme para una Argentina que llega golpeada por el desgaste físico acumulado y lo ha compensado con oficio, experiencia y sobre todo, con la influencia decisiva de Lionel Messi. El capitán ha maquillado muchas de las limitaciones del equipo con su talento y liderazgo.


A diferencia de Qatar, hoy el equipo tarda más en encontrar esa transición ofensiva. Aún así, lo ha compensado con su enorme corazón que la ha llevado a superar las instancias finales del torneo.
Frente a Inglaterra, Argentina necesitará combinar paciencia, control y momentos de agresividad.

Será un duelo entre la estructura poderosa de los británicos y la jerarquía competitiva de un equipo argentino que, aunque llegue con menos frescura, sigue teniendo futbolistas capaces de cambiar la ecuación de una semifinal.


La marea celeste y blanca portadora de ilusión sigue avanzando por Estados Unidos. El sueño de volver a levantar la Copa del Mundo se mantiene vivo. Y mientras haya voluntad, carácter y ese ADN competitivo que distingue a este equipo, la Selección Argentina seguirá encontrando la manera de bailar, aunque la música ya no sea la misma.