Zlatan Ibrahimovic agradece los aplausos tras su último partido con el Milan, ante el Hellas Verona, el 4 de junio de 2023 (AP Foto/Antonio Calanni, archivo)

Zlatan Ibrahimovic agradece los aplausos tras su último partido con el Milan, ante el Hellas Verona, el 4 de junio de 2023 (AP Foto/Antonio Calanni, archivo)

La heladera vacía hizo de Zlatan Ibrahimovic el jugador más hambriento del mundo.

Creció en Rosengard, el barrio más duro de Malmoe, sin comida en la casa, sin abrazos y sin adultos que preguntaran cómo le había ido en el día. Décadas después, convertido en una de las figuras más dominantes de la historia del fútbol europeo, Ibrahimovic sigue obsesionado con un único detalle doméstico: que la heladera de su casa esté siempre llena. No es un capricho. Es una cicatriz.

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Zlatan nació el 3 de octubre de 1981 en Malmoe, Suecia, hijo de un albañil bosnio-musulmán llamado Sefik y de una limpiadora croata de ascendencia albanesa, Jurka Gravic. Sus padres se conocieron en Suecia después de emigrar por separado, se casaron por conveniencia burocrática —él necesitaba un permiso de trabajo— y se separaron cuando Zlatan tenía apenas dos años. Desde entonces, la infancia del que sería considerado uno de los mejores delanteros del planeta transcurrió entre dos hogares que tenían en común una sola cosa: la precariedad.

El barrio de Rosengard era, y sigue siendo, una de las zonas con mayor concentración de inmigrantes de Suecia. Un enclave de edificios de escaleras oscuras, pocos recursos y mucho caos, donde los chicos aprendían antes a pelearse que a pedir ayuda. “En mi casa no nos dábamos abrazos ni ese tipo de cosas. Nadie preguntaba ‘¿qué tal te ha ido en el día, Zlatan?’. No había ningún adulto que ayudara con los deberes o que preguntara por los problemas que pudiéramos tener. Había que enfrentarse a las cosas solo. Si alguien te trataba con crueldad, no valía lloriquear. Había que apretar los dientes”, escribió en su autobiografía Soy Zlatan.

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La madre trabajaba como limpiadora en casas ajenas y, a veces, llevaba a sus hijos a vaciarle papeleras a los vecinos para ganar alguna propina. El padre, ya sin el overol de trabajo y muchas veces borracho, pasaba las noches frente al televisor viendo videos de peleas de boxeo de la antigua Yugoslavia, donde su tío Sabahudim había sido un pugilista reconocido. En esa casa convivían hermanastras que consumían drogas duras y las escondían entre las paredes, hasta que un día desaparecieron. Comían fideos con ketchup. O comían en lo de la tía Hanife, quien vivía en el mismo edificio.

Cuando Zlatan llegaba a su casa después de jugar al fútbol en el colegio —la única válvula de escape que tenía—, abría la heladera y encontraba el mismo paisaje de siempre: nada. El adolescente aprendió a revolver cajones, a inventar soluciones. Descubrió, por ejemplo, que si juntaba las latas de cerveza vacías que su padre acumulaba, podía venderlas y comprar algo de comer. “Es el día de hoy que me obsesiona que en mi casa la heladera siempre esté llena, y es algo que sabe muy bien mi mujer, Helena”, confió. Y agregó, con una mezcla de orgullo y distancia: “Una vez, mi hijo mayor se puso a llorar porque no había pasta y yo pensaba: ‘No sabes lo que fue mi infancia. Esto no es nada’”.

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Esa imagen —el chico que abre una heladera vacía en un departamento al que se accedía por cuatro tramos de escaleras— condensa buena parte de la psicología de Ibrahimovic. La necesidad de acumular, de no carecer, de demostrar que lo que alguna vez faltó ya nunca volverá a faltar. Es la misma lógica que lo llevó, años más tarde, a coleccionar autos de lujo, a exigir los contratos más abultados del mercado y a responder a cada cuestionamiento con una desmesura calculada. “Los leones no se comparan con los humanos”, dijo cuando le preguntaron por qué no se mencionaba a sí mismo entre los mejores delanteros en forma. Su arrogancia, ampliamente documentada, no surgió de la abundancia sino exactamente de lo contrario.

La infancia en Rosengard también dejó otras marcas menos metafóricas. Ibrahimovic tenía un ceceo que lo avergonzaba hasta necesitar tratamiento con una foniatra. Su nariz larga y su altura por debajo del promedio lo convirtieron en blanco fácil en un entorno que no perdonaba las diferencias. Y el robo de bicicletas, que comenzó como respuesta directa a que alguien le quitó la suya —una BMX heredada de su hermanastro Sapko a la que llamaba “Fido Dido”—, se convirtió en un hábito nocturno. “Acabé siendo un pequeño diablillo muy hábil”, reconoció. “Siempre me preguntan qué habría hecho de no ser futbolista y no tengo ni idea. Quizá habría acabado siendo un delincuente”.

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Los robos escalaron. En una oportunidad, entró con un amigo a una tienda llamada Wessels, ambos vestidos con anoraks en pleno verano, y los atraparon robando paletas de ping pong. El barrio formaba sus propias reglas y Zlatan las aprendió todas. No había otra escuela disponible.

Lionel Messi - Barcelona
Ibrahimovic y Messi, juntos en el Barcelona (Photo by ben radford/Corbis via Getty Images)

El primer equipo en el que jugó fue el MBI, el Malmoe Boll & Idrottsförening, a los seis años. Ya allí generaba conflictos: los padres de sus compañeros se quejaban de sus “trucos”, esos manejos aprendidos en las canchas de tierra de Rosengard que no encajaban con los modales del fútbol organizado. Se fue entonces al Balkan, un club donde el entrenador era bosnio y los insultos desde las tribunas eran la norma. “Allí estaba cómodo”, admitió, porque ese era el idioma que conocía.

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A los 13 años, su padre —casi siempre ausente y desinteresado— le dijo algo que cambiaría su trayectoria: si tenía condiciones, debía probarse en un club más grande. Fue al Malmoe FF en una de sus bicicletas robadas. Lo aceptaron, pero la historia se repitió: los padres de los chicos de clase media sueca volvieron a quejarse de sus métodos. Jugaba con botines comprados en un supermercado, en la misma vidriera donde exhibían frutas y verduras. “Seguía siendo un exponente del barrio de Rosengard”, recordó.

El salto definitivo llegó en septiembre de 1999, cuando debutó en primera división con el Malmoe en un partido contra el Hamlstad. El club descendió poco después, pero algo había cambiado: su padre fue a verlo jugar por primera vez. A partir de ese momento, no dejaría de hacerlo. El departamento paterno se fue convirtiendo en un museo informal, con recortes de diarios ordenados prolijamente en las paredes. Era, quizá, la única forma que Sefik encontró para decirle a su hijo todo lo que nunca le había dicho en palabras.

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El resto es una carrera que atravesó cuatro décadas y cinco países. El Ajax, la Juventus, el Inter, el Barcelona, el Milan, el Paris Saint-Germain, el Manchester United, Los Ángeles Galaxy y otra vez el Milan. Títulos en Países Bajos, Italia, España y Francia. Polémicas con Pep Guardiola en el Barcelona —a quien llamó “El Filósofo” con sorna ante la prensa, y a quien le gritó en el vestuario que era “un débil y un cobarde”—, conflictos de vestuario con Rafael Van der Vaart en el Ajax, y una relación de admiración con Lionel Messi. 62 goles con la selección sueca, récord absoluto, y doce premios Guldbollen —el galardón al mejor jugador del año en su país— diez de ellos consecutivos entre 2007 y 2016.

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Su cuerpo acumula tatuajes con nombres de niños que sufren hambre en zonas de guerra y desastres naturales, como apoyo al Programa Mundial de Alimentos. También lleva grabado “Solo Dios puede juzgarme”. En el brazo derecho, “que representa a la fuerza”, tiene tatuados a los hombres de su familia. En el izquierdo, “más cerca del corazón”, a las mujeres.

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En 2007, Ibrahimovic financió la construcción de una cancha de fútbol con césped artificial e iluminación en Rosengard, el barrio donde lo formaron la pobreza y las bicicletas ajenas. Alguien le envió después una foto de un puente en las afueras de Malmoe. Reconoció el lugar: era cerca del túnel por el que corría de noche, aterrorizado, guiándose por las farolas. El puente tenía escrita una frase con su firma: “Podés sacar a un chico de Rosengard, pero nunca sacarás a Rosengard de él”.