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A pocos días de cumplirse cuatro años y medio del comienzo de la guerra de Ucrania, no existe el menor indicio no solo de una próxima paz, sino ni siquiera de un alto el fuego entre rusos y ucranianos. El conflicto bélico ha entrado en una fase de estancamiento, de guerra de trincheras, con los drones y los misiles sustituyendo cada vez más a los soldados.
Sin embargo, en las últimas semanas, Ucrania parece haber tomado la iniciativa bélica y ha dado un giro a la contienda, aprovechando especialmente el uso masivo de drones. El enfrentamiento entre los dos países ha causado ya más de dos millones de bajas militares, pero según un estudio del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), en estos últimos tiempos por cada baja ucraniana hay casi ocho rusas, un desequilibrio causado en gran medida, como decíamos, por los drones ucranianos.
Además, Kyiv ha ampliado la lista de objetivos de sus aparatos no tripulados. Si en un principio eran refinerías, puertos exportadores de petróleo e infraestructuras energéticas en el interior de Rusia, para provocar escasez de combustible en todo el país, ahora sus drones hostigan también los cargueros rusos en el mar de Azov, lo que obliga a Rusia a desviar a otras regiones sus rutas de exportación de cereales, en especial trigo.
Kyiv amplía el alcance y el tipo de objetivos de sus ataques, pero es incapaz de frenar los misiles rusos
Pero el objetivo que más está afectando a la moral de la población civil rusa son los ataques, desde el pasado 17 de julio, contra almacenes de la compañía Wildberries, el Amazon ruso, muy usada por la ciudadanía ya que depende cada vez más del comercio electrónico debido a las sanciones occidentales. El mayor minorista en línea ruso, con más de 110 millones de usuarios, procesa más de siete millones de pedidos diarios. Los ataques han causado daños en una quincena de almacenes, han destruido cerca del 10% de su capacidad de almacenamiento y han provocado pérdidas a decenas de miles de pequeñas empresas que utilizan la plataforma. El último, la madrugada de ayer.
Rusia y Ucrania llevan semanas enzarzados en una espiral acción-reacción, con ataques y contraataques sobre ciudades de los dos países en los que la mayoría de las víctimas son población civil. El presidente Zelenski sabe que sigue contando con el apoyo total de sus aliados europeos, y la actitud de Donald Trump hacia él y hacia la guerra ha cambiado. De aquella tensa reunión en la Casa Blanca, en febrero del 2025, en que el presidente estadounidense humilló en una encerrona a su homólogo ucraniano, se ha pasado al encuentro de la semana pasada, en que Zelenski pasó de apestado a “héroe”. El jueves pasado ambos líderes reafirmaron su nueva cercanía, al punto de que Zelenski ofreció la tecnología de drones para el conflicto de EE.UU. contra Irán y a cambio Trump aceptó negociar otorgar a Kyiv licencias para la producción en su territorio de misiles Patriot, los únicos que pueden abatir los misiles balísticos que lanza Moscú, más de trescientos este pasado mes de julio, de los que Ucrania solo derribó uno. Sin embargo, el viernes, un día después, Trump dijo, en un revés a Zelenski –que insiste en la necesidad de disponer de estas armas–, tener dudas sobre la concesión de la mencionada licencia.
Trump ha rebajado significativamente su apoyo al presidente Putin, harto de ver que Moscú no da ni un paso para aceptar una solución negociada y aumenta a diario sus ataques a ciudades ucranianas. El presidente ruso no tiene interés en llegar a un acuerdo porque internamente sería visto como una derrota. Pero sabe perfectamente que no vencerá esta guerra –este año ha perdido más terreno del que ganó y necesita al menos 400.000 soldados nuevos para reponer las bajas– y que cada mes que pasa el impacto del conflicto en la economía rusa es cada vez mayor.
Zelenski ve empañados los avances bélicos al desatar una grave crisis política interna
En este contexto en que Ucrania parece llevar la iniciativa militar pese al elevado coste en vidas civiles, ha sorprendido enormemente el tiro al pie que Zelenski se disparó al abrir una crisis interna de enorme calado. Su decisión de destituir al ministro de Defensa, el reformista Mijailo Fédorov, artífice en solo seis meses de la modernización del ejército y de los últimos éxitos militares, provocó la indignación general. La ciudadanía se echó a la calle al ver que el cese era consecuencia de los choques de Fédorov con el comandante en jefe Olexánder Sirski, un militar de la vieja guardia. Zelenski optó finalmente por apartar a Sirski para intentar frenar las protestas, sustituyéndolo por un militar aperturista, aunque no ha repescado a Fédorov. Ha reorganizado la cúpula militar, pero no ha cerrado la mayor crisis política interna desde el comienzo de la invasión rusa y aumenta el temor a que la concentración de poder, inicialmente legitimada por la guerra, esté debilitando los mecanismos democráticos ucranianos de control y equilibrio institucional.