A contraluz
La desaprobación hacia Arévalo refleja la frustración de una ciudadanía que no ve cambios de fondo.


La encuesta de la Fundación Libertad y Desarrollo, elaborada por Cid Gallup, presenta un panorama crítico para el presidente Bernardo Arévalo. Su gobierno no solo afronta una desaprobación mayoritaria, sino que ha perdido terreno en la confianza de la ciudadanía para resolver los problemas del país. Aquella esperanza de cambio y de lucha contra la corrupción que representó a principios de 2024, se ha estrellado con la imagen de un gobernante timorato, que no ha querido enfrentar los retos políticos que ha tenido. Los números adversos son contundentes y obligan a preguntarse qué ocurrió con las expectativas de transformación que acompañaron su arribo a la Presidencia.
El estudio de opinión señala que el 78% desaprueba la gestión presidencial, mientras apenas el 17% la aprueba. En la evaluación de su desempeño, el 74% lo califica de mal o muy mal. La imagen pública de Arévalo también se deterioró: las opiniones favorables cayeron del 40%, en mayo, al 24%, en septiembre, mientras que las desfavorables subieron del 50 al 67%.
El estudio de Cid-Gallup no es el único que muestra el descenso de Arévalo. En septiembre pasado, una medición de CB Global Data reportó que este mandatario tenía un 67.3% de imagen negativa, frente a un 28.2% positiva. Esa encuesta lo ubicó en el último lugar de 18 presidentes evaluados. Estas mediciones muestran el desgaste de la figura presidencial y el debilitamiento de la confianza hacia su administración.
La evolución de los últimos meses es más preocupante. Entre mayo y septiembre, la aprobación perdió 17 puntos porcentuales. En política, un derrumbe de esa magnitud exige más que explicaciones defensivas, justificaciones de que la encuesta está amañada o que heredó muchas dificultades.
La encuesta de Cid-Gallup ofrece pistas sobre las preocupaciones que han alimentado ese descontento. La evaluación se desplomó en materia de empleo del 40 al 23%; en costo de la vida, de 31 a 17%; en salud, del 34 al 22%, y en seguridad, del 28 al 19%. El dato demoledor es que solo el 16% califica como positivo el combate de la corrupción, cuando fue su bandera proselitista y ahora se percibe como un fiasco.
El desgaste es aún más abrumador. El 81% estima poco o nada probable que el gobierno resuelva las preocupaciones familiares. El 76% afirma que Arévalo casi nunca o nunca hace lo que es mejor para el pueblo. Estos datos son lacerantes porque reflejan que la pérdida de confianza es general. Ciertamente, el mandatario podría alegar que la oposición ha montado una campaña de desprestigio en su contra, pero también es cierto que su gobierno carece de una estrategia de comunicación política efectiva.
Es innegable que detrás de estos números está la frustración de una ciudadanía que anhelaba un cambio. Arévalo llegó a la Presidencia con la aspiración de representar una ruptura con las prácticas corruptas tradicionales y de impulsar una transformación institucional. Esa expectativa elevó el listón de lo que debía demostrar. Cuando un proyecto político se presenta como alternativa frente a un sistema desacreditado, no basta con afirmar que las resistencias son poderosas o que los cambios requieren más tiempo. Se necesita mostrar avances verificables, comunicar con claridad las decisiones tomadas y explicar con transparencia los obstáculos que impiden cumplir los compromisos.
No tiene caso llorar sobre la leche derramada. Es el momento de buscar soluciones. La confianza es un recurso difícil de construir y relativamente fácil de perder. Recuperarla requiere resultados, pero también la capacidad para reconocer errores, corregir decisiones y asumir responsabilidades.