La inflación está subiendo en Estados Unidos y en Europa como consecuencia del visible encarecimiento gas y el petróleo después de siete meses de guerra regional de amplio radio en Oriente Medio. La Reserva Federal norteamericana ha subido los tipos de interés, contrariando al presidente Donald Trump. El Banco Central Europeo se ha movido en la misma dirección para intentar frenar esa espiral. Es la factura de la guerra de Irán, con foco geográfico en los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb. La carestía afecta especialmente al diésel, combustible imprescindible para las economías industriales. Se calcula que en estos momentos Oriente Medio aporta diez millones de barriles diarios menos de crudo a la economía mundial. El cuello de botella del diésel se halla en las refinerías.
La geografía y la guerra están detrás de este nuevo disparo alcista. Refinerías y plantas gasistas afectadas por las represalias iraníes en el golfo Pérsico, oleoductos dañados, un futuro complicado para las pequeñas monarquías petroleras del golfo convertidas en los últimos años en poderosos enclaves financieros donde la vida era tranquila y los hoteles, carísimos; equilibrios rotos, esperanzas rotas, alianzas rotas, y dos estrechos al pairo. Y la guerra de Ucrania al rojo vivo después de cuatro años de extenuantes combates. Estados Unidos quieto, porque Trump y los republicanos se lo juegan todo en las próximas elecciones de medio mandato, el 3 de noviembre. Elecciones no menos importantes en Israel, el 26 de octubre.
El régimen iraní ha resistido la acometida militar de Estados Unidos e Israel iniciada el pasado mes de febrero. Han transcurrido siete meses y ahora los antiguos persas controlan fieramente el estrecho de Ormuz, donde cobran peaje, siendo indulgentes con las naves chinas e indias. Las guerrillas hutíes del Yemen septentrional, aliadas de Irán, acaban de ampliar su control de Bab el Mandeb, con un éxito militar inesperado en la costa. Han tomado el puerto de Moka y una pequeña isla situada en medio del estrecho, la isla de Perim, que les permite efectuar un control visual de las naves que circulan entre el océano Índico y el mar Rojo.
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Irán y sus proxys controlan ahora dos estrechos vitales de la principal ruta de navegación comercial del mundo. En Ormuz se cobra peaje. Los seguros de navegación de los mercantes se han encarecido enormemente. Fletar un petrolero vale una fortuna. Las principales compañías de portacontenedores evitan Bab el Mandeb y el canal de Suez y envían sus barcos por la larga ruta africana (Cabo de Buena Esperanza). Para acabar de completar el cuadro, el fenómeno de El Niño ha provocado sequía en Panamá y hay problemas operativos para los barcos de mayor calado en el canal que conecta el Atlántico y el Pacífico por el istmo de Centroamérica. Algunos mercantes han empezado a dirigirse hacia la peligrosa ruta del cabo de Hornos. Allí está el temido Pasaje de Drake, que separa el extremo meridional de América del Sur de las aguas de la Antártida. Otras naves optan por el estrecho de Magallanes, de soberanía chilena, menos peligroso, pero de intrincada navegación.
Fluye menos petróleo de Oriente Medio en el mercado mundial y toda la navegación comercial se ha encarecido. El flete de un petrolero cuesta más de un millón de dólares al día por primera vez en la historia. Nunca se había alcanzado ese registro. El precio del diésel ha subido más rápidamente porque el petróleo de Oriente Medio, más denso y pesado, es el más idóneo para su obtención. Las refinerías europeas no tienen la suficiente capacidad de producción para atender toda la demanda, dependiendo críticamente de las importaciones de Oriente Medio, Asia y Estados Unidos. Las refinerías de Rusia están siendo sistemáticamente atacadas por drones ucranianos y el régimen de Vladímir Putin ha prohibido las exportaciones de diésel ruso para preservar el mercado interno.
El petróleo cotiza en estos momentos a 103 dólares el barril de Brent, con un aumento del 54% respecto a hace un año. El gas cotiza a 80 euros MW/hora en el índice europeo de La Haya (TTF), con un aumento interanual del 147%. En 2021, antes de empezar la guerra de Ucrania, el gas costaba 20 euros MW/hora. En aquel tiempo, el gas ruso fluía tranquilamente por el gigantesco gasoducto del mar Báltico y la CDU de Angela Merkel aún ganaba elecciones en la antigua Alemania del Este.
Estados Unidos ha perdido el control de la situación después del fiasco de Irán
El encarecimiento del gas impactará en la producción de los fertilizantes nitrogenados artificiales y ello incrementará el precio de muchos alimentos básicos después de las próximas siembras. Además de petróleo y gas, por Ormuz también circula un tercio de los fertilizantes nitrogenados que se usan en el mundo. Ventaja para los fosfatos de origen natural. Ventaja para Marruecos, que controla el 70% de la roca fosfática del mundo gracias al Sáhara Occidental. Los fosfatados no sustituyen a los nitrogenados en el desarrollo de las plantas, más bien se complementan, pero en un contexto de crisis quien tiene yacimientos de fosfatos tiene un buen capital. Marruecos va a tener un papel en la economía internacional en los próximos años. Conviene saberlo. El pasado mes de junio, Estados Unidos levantó temporalmente los aranceles que gravaban los fosfatos marroquíes. Conviene retener ese dato para ver más allá de Ceuta.
Estados Unidos ha perdido el control de la situación después del fiasco de Irán. Con este fracaso a cuestas y con la insólita y descomunal alarma mundial sobre la evolución de la Inteligencia Artificial, Trump se aproxima como caballo desbocado a las elecciones de medio mandato. Desbocado y enfurecido con la Reserva Federal, que acaba de subir los tipos de interés contra su criterio.
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España cerró el mes de agosto con una inflación del 4,3%. Un repunte apreciable que quedó en segundo plano como consecuencia de los acontecimientos de Ceuta. España lleva mes y medio en Ceuta. Se esperan los datos de inflación de septiembre con preocupación y ya empiezan a estudiarse medidas adicionales al paquete fiscal aprobado en marzo para hacer frente a las consecuencias de la guerra de Irán.
Pronto oiremos a hablar de la recuperación o no de la denominada ‘excepción ibérica’, el tope al precio del gas que se emplea en España y Portugal para la generación de electricidad. La coalición Sumar ya ha propuesto que se reactive cuanto antes ese mecanismo, acordado hace cuatro años en el marco de la Unión Europea: España y Portugal podían topar el precio del gas de los ciclos combinados para paliar el ‘efecto isla’. Se nos permitió establecer ese tope en la medida que existen dificultades objetivas para la exportación de electricidad al resto de Europa por un déficit en las interconexiones, que Francia nunca ha querido acelerar para proteger su mercado nuclear.
Estamos ante un cierto déjà-vu de 2022. Aquel año, la inflación comenzó a desbocarse en muchos países europeos como consecuencia de la guerra de Ucrania y el consiguiente encarecimiento del gas. Hace cuatro años, la inflación en España superó el 10% durante el verano, como no se había visto desde la década de los ochenta del siglo pasado. No hubo recesión en España; algunos la daban por segura y otros parecían esperarla con regocijo, pero el país sufrió.
La inflación mata gobiernos, sean del signo que sean, y la izquierda española sufrió un duro golpe en las elecciones municipales y autonómicas de mayo del 2023. El PSOE y sus aliados de izquierda perdieron el gobierno de seis comunidades autónomas (Comunidad Valenciana, Baleares, Aragón, Extremadura, La Rioja y Canarias), se quedaron sin algunas alcaldías relevantes y a punto estuvieron de dar la presidencia del Gobierno a Alberto Núñez Feijóo. Pedro Sánchez adelantó de manera fulgurante las elecciones generales, descolocó a su principal adversario, y el 23 de julio del 2023 consiguió tener a su alcance una complicada investidura, mientras el Partido Popular quedaba primero, sin alianzas suficientes en el Parlamento. Lo que ha venido después lo sabemos todos. Esta accidentada legislatura ha sido hija de la inflación. La inflación derivada de la guerra de Ucrania.
Tres años después, la inflación que viene de Ormuz y Bab el Mandeb -sin que se haya apagado el foco de Ucrania-, puede apoderarse del final de la legislatura de la amnistía y de la sacudida de Ceuta. Existe ese riesgo. No estamos como en septiembre del 2022, con una inflación del 8,9%. La subida de precios se aproxima ahora al 5%. Si esa tónica se mantiene, la oleada podría llevar a Sánchez a convocar elecciones en febrero o marzo del año próximo para evitar males mayores para su partido. Sánchez y el PSOE están sufriendo un serio desgaste por la crisis de Ceuta, llevan ya mucho peso en la mochila de una legislatura telúrica, pero las encuestas serias dicen que no se han hundido. Están bajando, pero no puede hablarse de descalabro. La inflación podría ser la puntilla. La inflación está subiendo al ático y puede apoderarse de la perspectiva política de un país muy crispado.
Prestemos atención a las elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos. Allí se va a decidir el rumbo.

Adjunto al director de La Vanguardia. Al frente de la redacción en Madrid desde 2004. Anteriormente, corresponsal en Roma y redactor jefe de Información Local. Su último libro: ‘España, el pacto y la furia’ (2024)