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Hace un par de años, me encontraba en un bar, me había pasado la hora del almuerzo y pedí una ración de tortilla de patatas para salir del paso. Mientras me la comía en la barra vi unos croissants y un dónut en una vitrina, cada uno en su platito. Imaginé que hablaban: qué putada cuando pasa la hora del desayuno y nadie te quiere. Las personas somos como estos croissants que, al hacernos mayores, perdemos sex appeal . Escribí un cuento, lo publiqué en este diario y dio pie a otros cuentos que acabaron en un libro.

En aquella época tenía una amiga lectora a quien le explicaba las ideas que me pasaban por la cabeza. Veía las cosas muy diferentes a mí y era un buen contrapunto. Uno se cansa de ver siempre las cosas como uno mismo y resulta perfecto tener a a tu lado a alguien descreído y chinchón. La amiga chinchona aparece como personaje en algunos textos. En el de los croissants me dio el final. Los croissants se pelean, como hacemos a menudo los señores y señoras mayores: “Aquel está hecho una momia, yo en cambio me conservo la mar de bien”. “Entonces haces que entre una chica en el bar, en el momento de cerrar, y que compre todas las pastas por un euro”. La idea era: tú te piensas que estás estupendo pero para la chica que pasa a última hora eres un mendrugo. Agradecido, hice que la chica que entra a comprar los croissants lleve la misma bicicleta que mi amiga: una Brompton.
Se publica el libro, explico la cocina del cuento en un montón de presentaciones y tiene mucho éxito. Es divertido tomar una pequeña historia y jugar con los distintos elementos, hacer que los croissants hablen y se peleen. La moral de la historia –todos, en el fondo, somos croissants– es subsidiaria. Lo importante es el placer de combinar, de construir, de explicar.
Te piensas que estás estupendo pero para la chica que pasa a última hora eres un mendrugo
Me quedo de pasta de moniato cuando, la semana pasada, me escribe una lectora y me pregunta: “1.La chica que llega antes de cerrar el local, ¿pasa por casualidad o lo ha pactado con el propietario? 2.¿Negocia el precio? 3.¿Existe una app en la que el propietario informa de los alimentos que sobran y a qué precio? En Alemania, donde vivo, existe Too Good To Go, que igual está también en Barcelona. También tenemos Foodsharing, que debería existir en todo el mundo. Es una organización con más de un millón de registrados: los voluntarios rescatan alimentos, comida preparada de mercados, supermercados, caterings, restaurantes... que irían a parar a la basura, sin pagar ni un euro”.
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Le digo que me parece una maravilla, que debería promoverse e impulsarse. Le explico que toda la vida ha habido gente que antes del cierre de las pescaderías se dejan caer para que les arreglen el precio. Y que en el súper frente a mi casa se forman colas para revolver en la basura. Pero yo de esto no sé nada. Solo he escrito un cuento. Después pienso que hemos generado una idea de la literatura como transmisora de valores, tan utilitaria, que hace posibles este tipo de distorsiones. Empezó en las escuelas y se va extendiendo.