
La Fundación Fuerza Mayor llevará al escenario del Teatro Comedia de Córdoba una obra protagonizada por personas mayores que cuestiona el viejismo y rechaza tanto la exclusión como la idealización de la vejez. La edad es ahora reunirá hoy viernes desde las 20:30 h, a más de 85 artistas de entre 60 y 88 años.
La propuesta utiliza dos imágenes para poner en discusión las etiquetas vinculadas con la edad: el recorte, entendido como la mirada que reduce a una persona a un estereotipo, y la hoja en blanco, que plantea al presente como un espacio abierto a deseos, decisiones y proyectos.
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Lukas Esquivel, creador de Fuerza Mayor, explicó que la obra no busca probar que las personas mayores pueden realizar actividades artísticas, sino revisar los supuestos que condicionan lo que se considera posible para ellas. “La edad es un dato de nuestra vida, pero no debería convertirse en un límite impuesto a nuestra identidad”, dijo en diálogo con Infobae.

La agrupación nació en 2015 como un taller de percusión y círculo de tambores impulsado por Esquivel. Tras la pandemia, se consolidó en 2022 como el ensamble de percusión de personas mayores más grande del país.
—¿Qué sucede cuando una persona es mirada principalmente a partir de su edad? ¿Qué prejuicios aparecen detrás de esa mirada?
—Cuando miramos a una persona principalmente por su edad, dejamos de ver a la persona y empezamos a ver lo que creemos que esa edad significa. Aparecen expectativas sobre lo que puede hacer, lo que debería dejar de hacer, cómo tendría que comportarse, qué deseos serían apropiados para ella y hasta qué proyectos tendría sentido que imaginara.
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El viejismo opera ahí: en los prejuicios, los estereotipos y las prácticas discriminatorias que se construyen a partir de la edad. Pero no siempre aparece como rechazo o maltrato explícito. Muchas veces se presenta bajo formas socialmente aceptadas, incluso bienintencionadas: la sobreprotección, la infantilización, la compasión o la idea de que las personas mayores necesitan que otros decidan por ellas.
El problema no es reconocer que existen necesidades, limitaciones o situaciones de dependencia. El problema es convertirlas en la definición de una persona, como si todas las vidas que transcurren en la vejez fueran iguales.
En Fuerza Mayor trabajamos para desplazar esa mirada. No queremos reemplazar una imagen negativa de la vejez por otra idealizada, en la que todas las personas mayores sean activas, saludables y exitosas. Queremos reconocerlas en su diversidad, con sus capacidades, dificultades, deseos, contradicciones y posibilidades.
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—La edad es ahora trabaja con dos imágenes: el recorte y la hoja en blanco. ¿Qué representan y qué buscan provocar en el público?
—El recorte y la hoja en blanco atraviesan toda la propuesta y nos permiten poner en escena una pregunta: ¿quién decide qué puede ser una persona a determinada edad?
El recorte representa la mirada que fragmenta, clasifica y etiqueta. Es esa especie de tijera simbólica con la que la sociedad selecciona qué aspectos de una persona quiere ver y cuáles deja afuera. Cuando alguien ve a una persona mayor y piensa que ya no está para aprender, enamorarse, bailar, emprender, crear o empezar algo nuevo, está haciendo un recorte de su vida. Confunde una parte con el todo y transforma una edad en un destino.
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La hoja en blanco, en cambio, representa el presente como un espacio todavía abierto. No significa borrar la historia, negar el paso del tiempo ni suponer que todas las posibilidades están siempre disponibles de la misma manera. Significa que nuestra historia no tiene por qué funcionar como una sentencia y que el presente todavía puede alojar preguntas, decisiones, deseos y proyectos.
Queremos que el público experimente esa tensión. Que primero pueda reconocer los recortes que hace sobre los demás y, quizás, también sobre sí mismo. Y que después se encuentre con la posibilidad de mirar de otra manera.
La edad es ahora no quiere convencer al público de que las personas mayores son capaces. Quiere poner en crisis la mirada con la que construimos una edad, un cuerpo y una vida posible.
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Nos interesa incomodar, porque a veces una obra de arte no tiene que darnos una respuesta tranquilizadora: tiene que dejarnos una pregunta que ya no podamos esquivar.
—Muchas veces la vejez aparece en los medios desde la fragilidad, la dependencia o la nostalgia. ¿Cómo trabajan para correrse de esa mirada asistencialista?
—En Fuerza Mayor no partimos de la idea de que las personas mayores necesitan que alguien venga a darles un lugar. Partimos de reconocer que ese lugar les corresponde y que existen barreras sociales, culturales e institucionales que muchas veces les impiden ocuparlo.
Hay una diferencia profunda entre hacer algo para las personas mayores y construir con ellas las condiciones para que puedan hacer, decidir, crear y participar. Nuestra práctica se apoya en esto último.
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Desde 2015 desarrollamos un trabajo en el que el arte no funciona como un entretenimiento para ocupar el tiempo libre ni como una actividad destinada únicamente a mejorar el bienestar individual. Es una práctica artística, educativa y comunitaria; una forma de participación cultural, de producción colectiva y de transformación social.
Quienes integran Fuerza Mayor no son solamente destinatarios de una propuesta. Son intérpretes, creadores, integrantes de un ensamble, constructores de instrumentos, protagonistas de una producción artística y parte activa de una experiencia colectiva.
Esto tampoco significa negar la fragilidad, la dependencia o el dolor cuando forman parte de una vida. Significa no reducir a nadie a esas dimensiones. Las personas mayores tienen derecho a recibir cuidados, pero también a producir cultura, asumir desafíos, ser reconocidas por su trabajo y ocupar espacios públicos sin que su presencia tenga que justificarse por una historia de superación.
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Para nosotros, el desafío es pasar de una mirada que considera a las personas mayores como receptoras de acciones a otra que las reconoce como sujetos de derechos y protagonistas de la vida cultural.
—¿Qué cambia cuando las personas mayores dejan de ser representadas por otros y pasan a ocupar el escenario como protagonistas, artistas y creadoras?
—Cambia quién tiene la palabra, quién produce sentido y quién tiene derecho a ser visto. Durante mucho tiempo, las personas mayores fueron representadas desde afuera: otros hablaron de ellas, definieron sus necesidades, construyeron imágenes sobre su vida y decidieron qué lugar debían ocupar. Cuando pasan a escena como artistas y creadoras, dejan de ser solamente el tema de un discurso para convertirse en quienes lo producen.
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Eso transforma también la relación con el público. Ya no estamos frente a alguien que nos cuenta cómo es la vejez, sino frente a personas que hacen una obra, toman decisiones artísticas, ensayan, construyen un lenguaje común y se exponen ante una audiencia como cualquier artista que asume el compromiso de compartir su trabajo.
Hay algo que me interesa especialmente: no queremos que el público aplauda solamente porque quienes están en el escenario son personas mayores. Queremos que pueda reconocer el trabajo artístico, la potencia expresiva, la calidad de la interpretación y la experiencia estética que está viviendo.
La emoción que puede producir esa presencia es valiosa, pero también necesitamos preguntarnos de dónde viene. ¿Nos conmueve la obra o nos conmueve que alguien de determinada edad pueda hacerla? ¿Estamos reconociendo artistas o celebrando una excepción que confirma nuestros prejuicios?
En La edad es ahora queremos que el escenario deje de ser un lugar excepcional al que las personas mayores acceden para convertirse en un espacio legítimo de producción artística y cultural.
No se trata solamente de que las personas mayores tengan visibilidad. Se trata de que tengan voz, autoría, protagonismo y poder para construir sus propias representaciones.
—En Fuerza Mayor participan más de 85 personas de entre 60 y 88 años. ¿Qué diversidad de historias, capacidades y deseos aparece cuando se deja de pensar a la vejez como una etapa homogénea?
—Lo primero que aparece es que no existe una sola manera de envejecer. Hay tantas experiencias como personas, porque cada trayectoria está atravesada por historias familiares, condiciones económicas, oportunidades, vínculos, cuerpos, deseos y experiencias culturales diferentes.
Conviven personas que llegaron con conocimientos musicales y otras que nunca habían tocado un instrumento; personas con distintas experiencias educativas, laborales y familiares; personas con diferentes posibilidades corporales y maneras de vincularse con el arte. Algunas encontraron acá un espacio de pertenencia y otras descubrieron una capacidad artística que no sabían que tenían. Hay quienes se animaron a subir a un escenario por primera vez y quienes encontraron una nueva forma de expresarse después de muchos años.
Lo importante es que esas diferencias no desaparezcan para construir un grupo uniforme. Se ponen en relación y se vuelven parte de una producción colectiva.
El ensamble nos enseña algo muy concreto: para hacer música juntos no necesitamos ser iguales. Necesitamos escucharnos, encontrar un pulso compartido, reconocer al otro y construir acuerdos. Cada persona aporta algo que no puede ser reemplazado exactamente por otra.
Eso también cuestiona la idea de que la vejez es una etapa homogénea, definida por pérdidas y necesidades comunes. Las personas mayores no constituyen un grupo con una identidad única ni tienen los mismos deseos, posibilidades o proyectos.
Por eso hablamos de vejeces, en plural. Y por eso entendemos que el desafío no consiste en encontrar una definición más amable de la vejez, sino en generar condiciones para que cada persona pueda vivirla y construirla desde su propia singularidad.

—¿Qué transformaciones observan en las personas que llegan al proyecto y descubren, muchas veces por primera vez, capacidades artísticas que no habían desarrollado?
—Muchas veces la primera transformación es descubrir que algo que parecía ajeno o imposible puede convertirse en una experiencia propia. Personas que nunca imaginaron tocar un instrumento empiezan a reconocerse como músicas. Personas que no se pensaban artistas se encuentran creando, interpretando y participando de una producción que requiere compromiso, aprendizaje y trabajo sostenido.
Pero me parece importante no reducir esa transformación al descubrimiento de una habilidad. No se trata solamente de aprender a tocar un tambor o de animarse a subir a un escenario. Lo que puede cambiar es la manera en que una persona se percibe a sí misma y las posibilidades que se permite imaginar.
Cuando alguien descubre que puede aprender algo nuevo, asumir una responsabilidad dentro de un grupo, aportar una idea o sostener un proceso artístico, esa experiencia puede modificar la relación con su propia capacidad. Y cuando ese reconocimiento sucede dentro de un colectivo, aparece otra dimensión: la de saberse parte de algo que necesita de uno.
En Fuerza Mayor, el arte se construye con otros. No hay un resultado colectivo sin participación, escucha, compromiso y trabajo compartido. Eso genera vínculos, pertenencia y oportunidades para ocupar lugares diferentes de los que muchas personas habían ocupado hasta entonces.
No diría que todas las personas viven el mismo proceso ni que el arte resuelve por sí solo las dificultades que atraviesan sus vidas. Sería simplificar una experiencia mucho más compleja. Lo que sí observamos es que, cuando existen condiciones para aprender, crear, participar y ser reconocido, aparecen posibilidades que antes no encontraban espacio.
A veces, lo más importante no es descubrir que uno puede hacer algo nuevo. Es descubrir que todavía tiene derecho a preguntarse qué quiere hacer.
—¿Qué significa para una persona mayor poder pensarse nuevamente desde el deseo, la creatividad y los proyectos?
—Significa recuperar el presente como un territorio propio, no como una sala de espera ni como el tiempo que queda después de haber vivido lo importante.
Existe una idea muy instalada de que, a medida que envejecemos, nuestra vida debería volverse más pequeña: menos proyectos, menos desafíos, menos deseos, menos cambios. Como si hubiera una edad para empezar y otra en la que solo correspondiera conservar lo conseguido o aceptar lo que ya no es posible.
Pero el deseo no tiene un calendario único. Tampoco la creatividad, el aprendizaje o la necesidad de participar. Lo que cada persona puede hacer cambia a lo largo de la vida, y es cierto que el paso del tiempo modifica nuestros cuerpos, nuestras condiciones y nuestras posibilidades. Lo que no podemos aceptar es que esos cambios se conviertan en una prohibición general de imaginar algo nuevo.
La hoja en blanco no propone empezar de cero ni negar lo vivido. Cada persona llega al presente con una historia que la constituye. Propone algo diferente: que esa historia no le quite el derecho a escribir lo que sigue.
Personas que comienzan un recorrido artístico, aprenden, ensayan, se presentan ante un público, construyen vínculos y se comprometen con proyectos que tienen continuidad. No están esperando que la vida vuelva a empezar. Están viviendo, haciendo y creando ahora.
Por eso el título de la obra tiene para nosotros una dimensión profunda. La edad es ahora habla de las personas mayores, pero no solamente de ellas. La única edad que efectivamente estamos viviendo es esta. El presente nos atraviesa a todos, aunque muchas veces nos relacionemos con él como si la vida verdadera estuviera siempre en otro momento.
La pregunta no es únicamente qué puede hacer una persona mayor. Es qué hacemos nosotros con el tiempo que tenemos y cuánto de nuestra vida estamos dispuestos a resignar por las ideas que aprendimos sobre la edad.
—¿Qué esperan que se lleve el público después de ver La edad es ahora y, sobre todo, qué mirada sobre la vejez les gustaría que pudiera cambiar?
—Me gustaría que el público se lleve una experiencia artística, pero también una pregunta que lo acompañe cuando salga del teatro y vuelva a mirar su vida cotidiana.
Que pueda reconocer el viejismo no solamente en las grandes situaciones de discriminación, sino también en esas frases que repetimos sin pensar, en los consejos que damos desde la sobreprotección, en las decisiones que tomamos por otras personas y en las posibilidades que descartamos porque creemos que alguien ya tiene determinada edad.
Me gustaría que se preguntara cuántas veces redujo a una persona a su edad y cuántas veces hizo lo mismo consigo mismo. Porque el viejismo no afecta únicamente a quienes hoy son considerados viejos. También condiciona la manera en que imaginamos nuestro propio futuro. Si asociamos la vejez exclusivamente con la pérdida, la dependencia y el final de las posibilidades, terminamos construyendo una relación de temor con nuestro propio envejecimiento.
Pero no queremos que el público salga con una imagen idealizada de la vejez ni con la idea de que envejecer bien consiste en mantenerse siempre activo, productivo o joven. No se trata de exigirles a las personas mayores que demuestren su valor a través de lo que hacen. Su dignidad y sus derechos no dependen de su rendimiento, de su salud ni de su capacidad artística.
Queremos que puedan ser reconocidas en toda su diversidad, sin que la edad se convierta en una explicación total de quiénes son o de lo que pueden esperar de la vida.
Y, sobre todo, queremos que el público pueda encontrarse con artistas: con personas que tienen algo para decir, una obra para compartir y un lugar legítimo en la cultura.
Si al terminar el espectáculo alguien vuelve a mirar de otra manera a una persona mayor, si se descubre repitiendo un prejuicio que antes no reconocía o si se permite revisar los límites que se impone a sí mismo, habremos abierto una posibilidad de transformación.
Porque el viejismo no se combate solamente con discursos que hablan bien de la vejez. Se combate revisando las prácticas, las instituciones, las relaciones y las imágenes con las que construimos socialmente las edades.
En Fuerza Mayor creemos que el arte puede abrir ese espacio. No porque una obra pueda resolver por sí sola un problema estructural, sino porque puede hacer visible lo que muchas veces permanece naturalizado, generar preguntas y modificar la manera en que nos encontramos con los demás.
La edad es ahora es una invitación a revisar la mirada. A preguntarnos qué recortamos de la vida de los otros cuando los miramos desde su edad y qué posibilidades dejamos afuera cuando creemos saber de antemano quiénes son.
Quizás el desafío no sea aprender a mirar mejor a las personas mayores. Quizás sea aprender a mirar a las personas antes que a las edades.
La función formará parte de las actividades por el mes mundial de las Personas Mayores e incluirá la participación de la Orquesta Los Benjaminos y la Murga Caprichosa Rejunte. El hall del teatro alojará también una muestra fotográfica producida por integrantes del proyecto.