Godot ha llegado

La crisis del estrecho de Ormuz amenaza ahora al mar Rojo y, por consecuencia, al resto del mundo.

Hay estrechos que aparecen en los libros de geografía y otros que aparecen en los boletines de los bancos centrales. Bab el-Mandeb, la “puerta de las lamentaciones” entre Yemen, Yibuti y Eritrea, acaba de pasar de la primera categoría a la segunda, en cuestión de horas. En los últimos días, los rebeldes hutíes completaron un avance meteórico por la costa occidental de Yemen, primero tomando la ciudad de Moca, luego las islas de Zuqar y Hanish y, finalmente, la isla estratégica de Perim, que divide en dos el canal navegable en su punto más angosto. Con ello, el grupo respaldado por Irán controla ya toda la orilla yemení del mar Rojo y, de facto, el acceso sur a uno de los corredores comerciales más transitados del planeta.


Las cifras explican por qué esto debería importarnos a todos, no solo a los especuladores de petróleo. Por Bab el-Mandeb transitan cada año más de 20 mil buques. Entre el 10 y el 15% del comercio marítimo mundial pasa por ese canal de apenas 32 kilómetros de ancho, junto con cerca de una cuarta parte (aunque recientemente, por el conflicto en Irán, que afecta el estrecho de Ormuz, algunos consideran que ya se trata de un 30%) del tráfico global de contenedores. Esto se traduce en una cifra que ronda entre 4 y 9 millones de barriles diarios, más gas natural licuado del Golfo, rumbo a Europa y Asia. No es una vía secundaria: es la puerta trasera del canal de Suez, y sin ella, Suez pierde buena parte de su sentido.


El problema se agrava porque Bab el-Mandeb ya no opera en solitario. Desde que Irán bloqueó el estrecho de Ormuz este año, Arabia Saudita desvió exportaciones hacia el oleoducto Este-Oeste, que termina en Yanbu, en el propio mar Rojo. Es decir, el petróleo saudí que ya no sale por el golfo Pérsico depende ahora del estrecho que los hutíes amenazan con cerrar. Si ambos pasos quedan comprometidos a la vez, Bloomberg Intelligence calcula que hasta una cuarta parte del petróleo transportado por mar en el mundo quedaría en entredicho, algo jamás visto.


Los hutíes ya demostraron, entre 2023 y 2025, que no necesitan ocupar territorio para paralizar la navegación: basta con misiles antibuque, drones y minas navales. En ese período atacaron embarcaciones comerciales en 145 ocasiones y buques de guerra estadounidenses más de 170 veces, lo que obligó a buena parte del tráfico a desviarse por el cabo de Buena Esperanza, con dos semanas adicionales de navegación y seguros marítimos disparados. Ahora, con control territorial sobre ambas orillas del estrecho, ya no dependen solo de la puntería de un misil, pueden imponer, como anunciaron, un bloqueo selectivo contra los buques vinculados a Arabia Saudita, y dejar en manos de Saná, ciudad enclave de los hutíes (o de Teherán), la decisión de qué barco pasa y cuál no. Este es el riesgo más inquietante: no un cierre total, sino la incertidumbre crónica de un actor armado e ideologizado decidiendo caso por caso quién comercia y quién no. Los principales analistas de la geopolítica en el Oriente Próximo ya lo han advertido: el verdadero peligro no es el bloqueo físico, sino la imprevisibilidad instalada como norma.


Washington ya ensayó una respuesta, más de mil ataques de precisión contra posiciones hutíes en 2025, sin desmantelar su capacidad de amenaza, hasta que una mediación omaní impuso una tregua frágil que hoy se desmorona. Europa observa con nerviosismo cómo su principal arteria comercial con Asia queda a merced de una milicia terrorista con capacidad militar y voluntad política de usarla. Bab el-Mandeb ya no es una curiosidad geográfica. Es, junto con Ormuz, una de las dos llaves que hoy sostienen el equilibrio energético y comercial global, y ambas están, en mayor o menor medida, en manos hostiles a Occidente. Ignorar esa realidad, más la fragilidad de las cadenas de suministro que damos por sentadas, sería un error tan caro como el petróleo que amenaza con dispararse. ¡Feliz domingo!

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