El ‘trumpismo’ ha ganado. Hasta las tertulias supuestamente más progresistas, esas que luchan contra el histrionismo del líder norteamericano, terminan cayendo en el lenguaje bronco como forma de comunicación implacable.  

¿Se han dado cuenta? Parece que la información no importa, se elige el golpe de efecto o eso que llaman la "tensión narrativa" para conquistar la audiencia. Como los programas del corazón antaño. La diferencia es que la fórmula ‘Sálvame’ ha trascendido el entretenimiento superficial. Y, en los temas reales que nos afectan, hemos naturalizado el asunto llevado al límite, las historias pilladas con hilos, las medias verdades y medias mentiras… la exageración que engulle la razón y nos reduce a seres de emoción excitada. Así las personas son menos importantes que el argumentario. Así la desmotivación de la indignación marca la agenda. 

Un estado de histerismo en el que coge impulso el odio. Perfecto para los maestros de la manipulación, pues si consumimos la actualidad desde la deshumanización que provoca la inquina no nos cuestionaremos nada. No nos preguntaremos "qué paso". Solo nos fijaremos si era de “los nuestros” o “no” para justificar o vilipendiar. Porque aplaudimos o sentenciamos dependiendo de quién lo diga. Según si lo consideramos afín. O no. Sin matices.

Son las consecuencias de la devaluación del diálogo público, donde los que más gritan son más visibles. El alarido reina, los argumentos prudentes se pierden por el camino. Incluso en La 2 de Televisión Española. Lo contemplamos con los pasajes de emoción con los que destaca Malas Lenguas. Este programa no protagoniza la conversación social por su aporte calmado y equilibrado de conocimiento, suele ser noticia por lo acalorado de su mesa y determinados abandonos nerviosos de plató. Como sufrían los colaboradores de Sálvame en el instante en el que eran sobrepasados por la intensidad en el ambiente del programa. Y, luego, se cebaba el regreso y el reencuentro. El primero fue Ernesto Ekaizer. Este fin de semana, Marta Gómez Montero. Aquí también se juega a un reality show disfrazado de debate de actualidad, que devalúa a la cadena pública. Su ritmo y tono no se distingue mucho de las técnicas 'trumpistas', de hecho. 

Algunos intentarán ampararse en la perversa idea de que, así, la segunda cadena es más competitiva, retorciendo la función como institución pública de RTVE. Chicho Ibáñez Serrador se lo argumentaba a Luis del Olmo, allá por 1995: "Televisión Española es competitiva cuando invierte en contenidos de calidad que jamás hará una televisión privada. Se puede hacer televisión inteligente y entretenida". Su responsabilidad está en no caer en la trampa de subir el share con temperamentos que contaminan las formas en las que nos relacionamos. La 1, La 2, Telemadrid... deberían tener claro esa línea roja. Hay lodos que ya eran habituales en las privadas, pero no deberían asumirse como "lógicos" en las públicas. Y se hace. Y si sobreviene un suceso descolocante en plató se sigue con la emisión hacia delante como si no pasara nada. Se está inmune a lo excepcional, pues estos programas se viven con la pasión arrebatada de un videojuego trepidante en busca de héroes y vencidos. El problema es que aquí no está en juego un mundo de fantasía.

En cómo se defiende lo grueso también queda delatada la batalla perdida. Incluso de las personas que se reivindican progresistas y terminan reproduciendo modus operandi de Trump a la vez que lo critican. Sucumbidas por la simplista "futbolización" y "memerización" del debate político, no se percatan y pican en el anzuelo de la retrógrada altivez, de la que nace el odio, como arma fácil para conquistar la atención de más gente. Para sentirse "libres" cuando desde la irritación nos convertimos en personas más dependientes. Del miedo, de los prejuicios, de la agitación, de la deshumanización.