Underwriter Engineering P&C Reinsurance en Swiss Re.
La transición energética suele narrarse como una carrera tecnológica. Nuevas baterías, hidrógeno verde, parques solares y eólicos prometen transformar la forma en que el mundo produce, almacena y consume energía. Sin embargo, detrás de esta revolución existe un factor menos visible, pero igual de decisivo: la capacidad de entender y gestionar los nuevos riesgos que acompañan estas tecnologías.
Hoy, el rápido aumento de la generación eléctrica renovable —especialmente de fuentes variables como la solar— está superando la capacidad del sistema eléctrico para absorberla en determinados momentos del día. El resultado es un fenómeno cada vez más visible: durante las horas de máxima radiación solar, cuando la producción alcanza su pico, pero la demanda es relativamente baja, se genera un excedente de electricidad que el sistema no puede integrar. Para mantener la estabilidad de la red, este exceso debe ser reducido o sujeto a “curtailment” (reducción forzada de la generación). California es un ejemplo claro de este fenómeno, donde solo en 2022 se desperdiciaron cerca de 2.500 GWh de electricidad renovable porque el sistema no tenía dónde guardarla, un desafío que cobra especial relevancia en mercados en crecimiento como el mexicano, donde la infraestructura de transmisión y la flexibilidad de la red son prioridades clave para el Sistema Eléctrico Nacional.
Es ahí donde tecnologías como los sistemas de almacenamiento en baterías a gran escala (BESS) están empezando a cambiar las reglas del juego. En la última década, el costo de estas baterías ha caído más de un 75%, convirtiéndolas en una solución clave para estabilizar las redes eléctricas y maximizar el valor de los activos renovables.
Pero este avance tecnológico también abre una nueva conversación: la del riesgo. A medida que estas infraestructuras se expanden, por ejemplo, para satisfacer la creciente demanda industrial impulsada por el nearshoring, su exposición a fenómenos naturales como huracanes de alta categoría, incendios forestales o inundaciones se vuelve un factor crítico desde el diseño de los proyectos. La transición energética, en este sentido, no solo exige innovación, sino también planificación, resiliencia y una comprensión profunda de las vulnerabilidades que surgen con cada nueva tecnología.
Algo similar ocurre con otro de los protagonistas del futuro energético: el hidrógeno verde y los llamados sistemas Power-to-X. Estos vectores energéticos funcionan como “baterías líquidas” capaces de almacenar electricidad renovable a largo plazo convirtiéndola en combustible, algo especialmente fundamental para sectores donde la electrificación directa aún es difícil, como el transporte marítimo, la aviación o los procesos de la industria pesada.
Su potencial para reducir emisiones es enorme, pero su manejo implica desafíos técnicos importantes. El hidrógeno, por ejemplo, requiere estrictos protocolos de seguridad para evitar explosiones y exige materiales especializados capaces de resistir el desgaste que este gas genera en tuberías y tanques.
En este nuevo ecosistema energético, los riesgos ya no se limitan al daño físico de una infraestructura. Un incendio, una explosión o una falla técnica pueden desencadenar escenarios de pérdida más amplios: interrupciones en la operación, impactos ambientales, daños a maquinaria crítica y efectos financieros que pueden comprometer un proyecto.
El éxito de la transición energética no dependerá únicamente de la velocidad con la que se instalen paneles solares o turbinas eólicas. También dependerá de la capacidad del sector para anticipar escenarios de pérdida, diseñar infraestructuras resilientes y gestionar de manera estratégica la exposición al riesgo.
En ese contexto, los mecanismos de transferencia de riesgos, especialmente a través de seguros y reaseguros, se vuelven un facilitador No solo permiten absorber el impacto financiero de eventos adversos, sino que también facilitan la viabilidad de los proyectos al mejorar su perfil de riesgo frente a inversionistas y financiadores. Además, el sector asegurador aporta conocimiento técnico y modelos analíticos que contribuyen a anticipar pérdidas, optimizar el diseño de las infraestructuras y fortalecer la resiliencia del sistema energético en su conjunto.
La transición energética representa una de las mayores oportunidades de desarrollo para las próximas décadas. Pero para que esa promesa se traduzca en proyectos sostenibles y rentables, será necesario mirar más allá de la tecnología y fortalecer una dimensión que pocas veces protagoniza el debate: la gestión inteligente del riesgo. Porque, al final, no se trata solo de transformar cómo producimos energía, sino de asegurar que esa transformación sea viable en el tiempo.