La obra empezó un lunes de marzo, sin demasiado aviso. Un cerco de chapa apareció de un día para el otro en la mitad de una calle del casco urbano -que los protagonistas decidieron omitir- y con él llegaron los pozos, los caños apilados sobre la vereda y un cartel amarillo, ya oxidado antes de tiempo, que anunciaba trabajos de la empresa de aguas. Nadie en la cuadra supo bien cuánto iba a durar. Los vecinos, resignados, empezaron a acomodar sus rutinas alrededor del pozo: cruzar por la esquina, pedir el delivery con instrucciones especiales, sacar la basura por la vereda de enfrente.

Fue justamente esa obligación de cruzar a la vereda de enfrente la que hizo que Julieta empezara a ver todos los días, a la misma hora, a un hombre que vivía a media cuadra de su casa y con el que nunca había cruzado palabra en los cuatro años que llevaba viviendo ahí. Se llamaba Tomás, tenía un perro grande y de pelo largo que sacaba a pasear siempre entre las cinco y las seis, cuando el sol de invierno ya empezaba a bajar sobre los plátanos de la cuadra.

Al principio fue apenas un gesto: un saludo con la mano, a la distancia, entre el ruido de las máquinas y el polvo que levantaba la obra. Julieta salía de trabajar y caminaba por la vereda impar, esquivando los pozos, y del otro lado, sobre la vereda par, aparecía Tomás con el perro tironeando de la correa. Se saludaban así, de lejos, sin acercarse nunca, como si la obra fuera una frontera invisible que ninguno de los dos estuviera dispuesto a cruzar.

Con las semanas, el saludo se volvió costumbre. Julieta empezó a demorar un poco la salida del trabajo, sin admitírselo del todo, para coincidir con el horario en que Tomás sacaba al perro. Él, por su parte, alargaba la vuelta unas cuadras de más cuando la veía aparecer por la esquina de 16. Ninguno de los dos hablaba del otro con nadie, pero ambos habían empezado, sin saberlo, a organizar el día alrededor de esos minutos compartidos a la distancia, separados por un pozo y una hilera de caños oxidados.

La obra, que en un principio iba a durar dos meses, se extendió casi hasta fin de año. Cortes de calle, demoras en los materiales, algunos paros: la cuadra entera terminó acostumbrándose a convivir con el pozo como quien convive con un vecino molesto pero conocido. Y en ese tiempo, Julieta y Tomás construyeron una relación entera hecha de saludos, de sonrisas a la distancia, de algún grito ocasional para comentar el clima o preguntar si sabía cuándo terminaban las obras en la calle.

Hasta que, un martes, finalmente el pozo se tapó. Las máquinas se fueron, el cerco de chapa desapareció, y la cuadra volvió a tener las dos veredas unidas como si nada hubiera pasado. Julieta lo notó esa misma tarde, al volver del trabajo: la calle lisa, sin caños, sin polvo, sin el cartel amarillo que llevaba meses ahí.

Sintió, de golpe, una sensación rara. Durante meses había cruzado a la vereda de enfrente por obligación, esquivando pozos, y ahora que ya no había ninguna razón para hacerlo, se dio cuenta de que no quería dejar de cruzar. Esa noche, cuando vio a Tomás salir con el perro por su vereda de siempre, decidió no quedarse del otro lado.

Se acercó, y en diálogo con EL DIA, recuerda que le dijo a él: “¿Tapan la obra y ya no nos vamos a ver más?”. Tomás la miró, sorprendido de tenerla tan cerca después de tantos meses de distancia obligada. “Capaz hay que inventar algo”, contestó.

Esa misma semana, Tomás empezó a sacar al perro un rato antes, para coincidir en la puerta de la casa de Julieta y proponerle caminar juntos por la plaza cercana. Ella, por su parte, encontró una excusa parecida: se ofreció a acompañarlo alguna vuelta, “para hacer algo de ejercicio”, según decía, aunque los dos sabían que la excusa real era otra.

Hoy, casi un año después de que se tapara el pozo, siguen caminando juntos casi todas las tardes, con el mismo perro de pelo largo tironeando adelante.

Tomás, a este diario confesó: “En un momento las excusas se terminaron y empezamos a ver sin perro y no en una plaza”.

Hoy, ambos llevan una relación joven pero llena de proyectos: se mudaron juntos, ya viajaron varias veces y, confiesan, están buscando agrandar la familia. “Pensar que de una casualidad nació el amor”, concluyó Julieta.

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