A veces el corazón no alcanza para evitar decir adiós. Si hablamos de fútbol, Argentina esta vez no pudo competir con sus armas verdaderas y cayó ante España, que es el nuevo campeón del mundo. La Selección dejó escapar la posibilidad del bicampeonato y de bordar una cuarta estrella sobre su escudo, aunque hay derrotas que no bastan para disipar la grandeza.
Esta Selección volvió a competir con el alma cuando las piernas ya no respondían. Llegó al Mundial golpeada por las lesiones, con futbolistas que hicieron un esfuerzo extraordinario para estar de pie y con menos descanso que su rival en la antesala de la final. Lionel Scaloni lo había advertido durante toda la competencia: el equipo convivió con las dificultades desde el primer día y aún así llegó al último, a pesar de que al equipo se le fueron cayendo soldados, que quedó evidenciado en los 120’ que duró la definición en el MetLife Stadium de New Jersey.

Perder una final siempre deja marcas, pero cuando el plantel regrese al país descubrirá que existe un premio que ninguna copa puede reemplazar: el reconocimiento de un pueblo que volvió a sentirse representado por un grupo de futbolistas que jamás dejó de creer, que nunca buscó excusas y que peleó hasta el último segundo. La gratitud de la gente será el abrazo que amortigüe el dolor.
Las lágrimas de Lionel Messi resumieron como ninguna otra imagen, el final de una época irrepetible. Ver al mejor futbolista de todos los tiempos quebrarse frente a las cámaras del mundo, con 39 años y una carrera repleta de conquistas, habla de la grandeza de un jugador al que no siempre las cosas le resultaron fáciles en el ámbito albiceleste.

La derrota le dolió como si todavía fuera aquella de hace diez años atrás, en el mismo escenario de la final de ayer, cuando creyó que la Selección no era para él. Quizás también ese llanto esconda algo más profundo, como entender que acababa de vivir su última función en una Copa del Mundo.
El quiebre emocional de Messi una vez que recibió la medalla por el segundo puesto, se parece mucho al que experimentó Lionel Scaloni en la conferencia post partido. El entrenador no lloró únicamente por una final perdida, lo hizo porque entendió que este partido puede marcar el cierre de una de las historias más extraordinarias que construyó el fútbol argentino.

La conexión entre este equipo y su gente trascendió los resultados. Se edificó sobre la honestidad, el compromiso, la humildad y una forma de competir que devolvió el orgullo de vestir la camiseta celeste y blanca.
Desde 2019, Argentina nunca abandonó el podio de las grandes competencias. Hasta ayer había vencido en las cuatro finales que disputó. Este grupo ganó, emocionó y volvió a convertir a la Selección en un lugar de encuentro para millones de personas. Una obra que no se derrumba por un partido ni por una Copa que esta vez quedó en otras manos.
El tiempo responderá las preguntas que hoy sobrevuelan con fuerza. ¿Seguirá Scaloni cuando termine su contrato en diciembre? ¿Volverá Messi a ponerse la camiseta argentina? Son incógnitas inevitables en medio del dolor. Pero ninguna podrá modificar el legado que dejaron.
Una buena historia siempre se escribe con valores y esta Selección enseñó que el trabajo colectivo puede vencer a las individualidades, donde la humildad puede más que la ambición y que la dignidad también se demuestra cuando el resultado es adverso.

Argentina perdió una final pero en todo el ciclo y más en este Mundial, enseñó al mundo de qué están hechos los campeones. Esto es fútbol y un día toca perder. Lo importante es saber que no quedó nada más para dar. Hubo corazón, épica y sacrificio que en muchos partidos de este mundial, alcanzó para simular la falta de vuelo futbolístico que siempre caracterizó a este equipo y que lo hizo el mejor del planeta.
Cuando el dolor se transforme en memoria, quedará la certeza de haber sido testigos de una generación que cambió para siempre la manera de entender la Selección. Y eso, aunque hoy cueste verlo entre las lágrimas, también es una forma de ganar.
