
¿Qué significa “democratizar” la universidad? ¿Es deseable que todos los jóvenes pasen por sus aulas, o es necesario jerarquizar otras alternativas educativas? ¿Es posible imaginar un sistema de intercambios a nivel regional, como el programa Erasmus en Europa? ¿Hay reciprocidad entre Argentina y Brasil en el acceso a la educación superior?
Infobae conversó con Renato Janine Ribeiro, especialista en educación superior y exministro de Educación de Brasil durante el gobierno de Dilma Rousseff, sobre los principales desafíos que enfrentan los sistemas universitarios de la región: el financiamiento, la masividad, la investigación de calidad, la integración y la movilidad de estudiantes. También se refirió al debate argentino sobre el cobro a los extranjeros y a la confrontación de los gobiernos de Javier Milei y Jair Bolsonaro con las universidades públicas.
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Doctor en Filosofía por la Universidad de São Paulo (USP) y profesor de esa universidad –especializado en Ética y Filosofía Política–, Ribeiro tuvo un breve paso por el Ministerio de Educación en 2015; entre 2021 y 2025 presidió la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia (SBPC), y desde 2024 es miembro titular de la Academia Brasileña de Ciencias.
Ribeiro estuvo en Argentina para participar del encuentro “La universidad como objeto de investigación”, que reunió en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) a más de 800 investigadores y especialistas de la región. Fue el encargado de la conferencia principal del evento, que puso en discusión, entre otros temas, el financiamiento universitario, la inteligencia artificial, el sistema de créditos académicos y las políticas de inclusión y permanencia estudiantil.
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–¿Cómo se mide cuán democratizado está un sistema universitario? ¿Alcanza con garantizar un acceso masivo, como sucede en Argentina, o también hay que mirar cuántos estudiantes logran graduarse?
–Una cuestión que planteé en mi conferencia es qué porcentaje de personas queremos que tenga formación universitaria en cada país. El máximo está en Corea del Sur, donde alrededor del 71% de los jóvenes alcanza la educación universitaria. En nuestros países los números son distintos. En Argentina, cerca del 40% de la población joven, de entre 18 y 24 años, está en las universidades. Es un porcentaje importante, pero está lejos de la totalidad. En Brasil tenemos otro indicador, que no es directamente comparable: alrededor del 25% de la población se gradúa.
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Esta discusión es importante porque tiene que ver tanto con el modelo de universidad como con el modelo de sociedad que queremos. Una sociedad en la que casi toda la población tiene educación superior es, sin duda, intelectualmente más rica que una sociedad que no la tiene. Pero eso también exige un financiaciamiento muy robusto, que no es fácil de conseguir.

Además, hay que preguntarse qué tipo de formación queremos. Las carreras tradicionales –Derecho, Ingeniería, Medicina– representan hoy solo una parte de la formación académica posible. Puede haber otras propuestas, más interdisciplinarias, que no encajen en esos formatos tradicionales.
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Nuestras sociedades tienden a considerar que hasta los 21 o 22 años una persona todavía está en formación. Es justamente el período que coincide con los años universitarios: los estudiantes entran alrededor de los 18 años y terminan a los 21 o 22. Me resulta interesante pensar que ese período de formación de la persona se extiende desde la enseñanza primaria hasta la educación superior. En ese sentido, me atrae la idea de una universalización de la enseñanza superior.
–Suele plantearse que el país necesita más enfermeros y más técnicos, y que por eso habría que revalorizar la formación técnica y terciaria, muchas veces menos “prestigiosa” que la universitaria. ¿Usted comparte esa mirada o cree que habría que avanzar hacia una universidad para todos?
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–Sé que en algunos países, como Finlandia o Alemania, la enseñanza técnica es muy importante para los jóvenes. Hay quienes a los 18 años quieren tener ya una profesión, y para ellos una educación media con perfil técnico puede ser una buena opción.
Cuando hablo de una universidad para todos, en realidad estoy planteando una pregunta. No es una posición que sostenga sin dudas. Pero incluso en el caso de la enfermería hay que hacer algunas distinciones. En Brasil los enfermeros tienen formación universitaria. También existen los técnicos en enfermería; muchos de ellos después quieren hacer una carrera universitaria para mejorar su formación y también sus ingresos. Me parece fundamental discutir qué tipos de formación necesitamos y qué lugar debería ocupar cada una.
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–En Argentina el financiamiento ha estado en el centro de la discusión universitaria durante los últimos dos años y medio. Según cifras difundidas por la UBA, su gasto por estudiante es diez veces menor que el de la Universidad de São Paulo. ¿Es posible sostener una universidad de calidad con niveles de financiamiento tan bajos?
–No conozco esas cifras, por lo tanto no puedo discutir esa comparación en particular. Estuve en la Universidad Nacional de Tres de Febrero y me causó una muy buena impresión en cuanto a sus edificios, el mobiliario y las condiciones generales. No todas las universidades públicas brasileñas tienen instalaciones de esa calidad.
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Tanto en salud como en educación, los costos tienden a aumentar porque enfrentamos desafíos cada vez mayores. Pensemos en la salud: durante el último siglo aumentó enormemente la expectativa de vida. Eso fue posible gracias a avances médicos, vacunas, medicamentos y nuevos tratamientos, y todo eso tiene un costo.
Con la educación sucede algo similar. En tiempos de inteligencia artificial será necesario invertir cada vez más para formar personas capaces de preparar a un país para los desafíos que tenemos por delante. Eso es algo que, a mi juicio, ignoran muchos líderes neoliberales cuando creen que es posible reducir fuertemente los presupuestos de salud y educación sin generar consecuencias graves para sus países.
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–Los rankings internacionales, como QS o Times Higher Education, suelen señalar a la investigación como una debilidad de las universidades latinoamericanas, aunque Brasil tiene una posición más fuerte que otros países de la región. ¿Existe una tensión entre el modelo de universidad de investigación y el de universidad masiva, o es posible conciliar ambas?
–En Brasil tenemos el sueño de que todas las universidades públicas sean universidades de investigación, pero eso no corresponde a la realidad. Hoy investigar exige muchos recursos. En las ciencias exactas o biológicas, por ejemplo, se necesitan laboratorios y equipamientos que son muy costosos.
Es difícil para nuestros países desarrollar investigación de punta. Pero debemos intentarlo y también fortalecer la cooperación con los centros internacionales más importantes. Al mismo tiempo, tenemos que definir muy bien cuáles son las cuestiones que nos interesan y en qué áreas podemos aspirar a ser protagonistas mundiales.
Yo integré el grupo de trabajo que elaboró la estrategia nacional de ciencia, tecnología e innovación de Brasil para los próximos diez años, y propuse comenzar justamente por aquellas áreas en las que Brasil puede tener un liderazgo internacional. Identificamos tres.
La primera es la biodiversidad: tenemos una biodiversidad extraordinariamente rica y es importante que seamos nosotros quienes la estudiemos y la aprovechemos científica y tecnológicamente, en lugar de limitarnos a proveer materias primas a los países ricos.
La segunda son las energías renovables, sobre todo la solar y la eólica. Brasil tiene enormes recursos en ese terreno y debería desarrollar también capacidades científicas de primer nivel.
Y la tercera es la lucha contra el hambre y la pobreza, un área en la que Brasil ha tenido experiencias muy importantes durante los gobiernos de Lula y Dilma. Esa experiencia también puede convertirse en un campo en el que Brasil tenga algo relevante para aportar al mundo.
Creo que deberíamos pensar esta cuestión no solo desde la perspectiva de cada país, sino también regionalmente: preguntarnos en qué áreas los países de Sudamérica pueden convertirse en protagonistas mundiales y cómo podemos hacerlo de manera concertada.

–En Europa, el programa Erasmus convirtió la movilidad estudiantil en una herramienta importante de integración regional. ¿Sería posible avanzar hacia algo así en América del Sur, o las tensiones políticas entre los gobiernos, como las que existen hoy entre Argentina y Brasil, impiden ese proceso?
–Cuando fui ministro de Educación de Brasil, en 2015, concebí un proyecto de “Erasmus brasileño”. Eso permitiría que los estudiantes conocieran otros centros universitarios y también otras regiones del país. Entre el sur y el nordeste de Brasil, por ejemplo, existen enormes diferencias y muchas veces las personas conocen muy poco sobre otras regiones. Esa falta de conocimiento también puede alimentar prejuicios. No pude avanzar con el proyecto porque estuve muy poco tiempo al frente del Ministerio.
Creo que una condición fundamental para desarrollar un programa como Erasmus es contar con buenos sistemas de evaluación y facilitar la movilidad entre carreras de calidad comparable.
También me parecería muy importante avanzar en un reconocimiento más sencillo y rápido de los estudios de nivel medio entre nuestros países. Pensemos en una familia brasileña que vive en Argentina: cuando los hijos quieran regresar a Brasil para estudiar en la universidad pueden encontrarse con dificultades porque estudiaron otra lengua, otra historia y otra geografía. Pero todo lo que aprendieron de otra cultura debería ser considerado un aporte importante para su formación y para su relación con sus futuros colegas.
Con los títulos universitarios sería más cauteloso. Ahí necesitamos sistemas de reconocimiento exigentes para garantizar la calidad. En cualquier caso, creo que avanzar en una mayor movilidad entre nuestros países sería muy importante.

–El actual gobierno habilitó la posibilidad de que las universidades públicas cobren aranceles a los estudiantes extranjeros y puso el foco, en particular, en la cantidad de brasileños que estudian Medicina en algunas universidades argentinas. Uno de los argumentos es que un estudiante argentino que va a Brasil no necesariamente encuentra las mismas condiciones. ¿Le parece razonable pensar algún mecanismo de reciprocidad entre los dos países?
–En Brasil, las universidades públicas no cobran matrícula a nadie. Por lo tanto, no sería correcto decir que los estudiantes argentinos que van a estudiar a Brasil tienen que pagar un arancel. Tienen las mismas condiciones que los estudiantes brasileños. Si ingresan a una universidad federal o a una universidad pública estadual, como la Universidad de São Paulo, la Universidad de Campinas o la Universidade Estadual Paulista, no tienen que pagar.
Ahora bien, cada país es libre de definir su propio sistema universitario. Si Argentina decide modificar sus reglas porque recibe muchos estudiantes extranjeros, esa es una cuestión de política interna, no un problema internacional. Puede afectar a determinadas personas, naturalmente, pero es una decisión que corresponde al Estado argentino, del mismo modo que Brasil tiene derecho a definir las reglas de su propio sistema. La regla en Brasil es esa: las condiciones son iguales para todos, independientemente de la nacionalidad.
–¿Y el acceso a las universidades públicas brasileñas es abierto a todos en las mismas condiciones?
–Completamente. Brasil incluso modificó hace unos treinta años una disposición vinculada con la Constitución de 1988, que reservaba los cargos públicos a los brasileños, para permitir que las universidades pudieran contratar profesores extranjeros sin exigirles la nacionalidad brasileña.

–¿Es un objetivo de la política universitaria brasileña tener un mayor nivel de internacionalización? Ese indicador también es muy valorado por los rankings.
–Creo que en todos nuestros países existe la idea de que la internacionalización es buena y, por lo tanto, hay muchos incentivos para promoverla. Yo no estoy completamente de acuerdo con esa idea, porque a veces internacionalizarse significa asumir como universales agendas que en realidad no son las nuestras.
La internacionalización tiene, de todos modos, dos ventajas importantes. La primera es que expone a nuestros investigadores y profesores a críticas más exigentes, y eso es fundamental para mejorar el trabajo académico. La segunda es que permite que nuestra producción científica sea conocida fuera de nuestras fronteras.
Eso no siempre es sencillo, porque nuestras lenguas –el español y, sobre todo, el portugués– tienen una presencia limitada en los circuitos internacionales de investigación. Por eso se da tanta importancia a publicar en inglés y en revistas académicas internacionales.
Pero el principal problema, a mi juicio, es otro: muchas veces trabajamos sobre agendas internacionales sin preguntarnos cuáles son las cuestiones que realmente nos interesan a nosotros. Brasil es un gran productor agrícola, y Argentina también. Entonces, por ejemplo, podríamos preguntarnos cómo desarrollar una producción agrícola que sea ambientalmente sostenible y socialmente justa, y que además contribuya a una alimentación más saludable. Ese podría ser un campo de investigación relevante para nuestros países.
Y ahora tenemos el desafío de la inteligencia artificial, que se vuelve cada vez más importante. Sinceramente, no creo que nuestros países estén en condiciones de competir en ese terreno con Estados Unidos o China. Incluso Europa tiene dificultades para hacerlo. Ese es un gran problema, porque hoy se necesitan enormes cantidades de recursos, infraestructura y capacidad tecnológica para desarrollar ciencia de punta.

–Pensando en la coyuntura política de Argentina y Brasil, ¿por qué cree que gobiernos como los de Javier Milei o Jair Bolsonaro han convertido a las universidades públicas en uno de sus principales adversarios? ¿Cree que hay alguna crítica de esos sectores que tenga alguna legitimidad y que las propias universidades deberían tomar en cuenta?
–Bolsonaro también convirtió a las universidades en un blanco de sus ataques. Uno de sus ministros llegó a decir que eran lugares de “balbúrdia”, de desorden y confusión. Trump hace algo parecido en Estados Unidos.
En términos más generales, vemos que sectores de extrema derecha en distintos países se vuelven contra la investigación científica y cuestionan sus resultados. Me parece una agenda internacional muy peligrosa. La pandemia fue un ejemplo muy claro de hasta dónde puede llegar el costo del negacionismo científico. En Brasil, la mortalidad por COVID por habitante fue muy superior al promedio mundial y, a mi juicio, la actuación del gobierno de Bolsonaro tuvo una responsabilidad muy importante en esa tragedia. Por eso me parece peligroso que ese proyecto político pueda volver al poder a través de su hijo.
En cuanto a las críticas legítimas a las universidades, creo que hay una cuestión fundamental: las universidades necesitan ser más transparentes y mostrar mejor a la sociedad qué hacen y qué aportan. Tenemos que lograr que las personas comprendan hasta qué punto muchas mejoras de su vida cotidiana son posibles gracias a la investigación científica y al trabajo que se realiza en las universidades.