“Hoy mi prioridad son mis hijos, pero profesionalmente mi prioridad es jugar en Los Pumas”, afirmó Matías “Tute” Moroni en Ellos, el ciclo de entrevistas de Infobae, al hablar del costo familiar de su carrera y de su deseo de disputar un cuarto Mundial con la selección argentina de rugby.
Durante la charla, Tute habló sobre el fuerte sentido de pertenencia que construyó a través del rugby, los cambios culturales que atravesó el deporte y la necesidad de dejar atrás prácticas como los bautismos con castigos físicos. También reflexionó sobre la estigmatización de los rugbiers, el compañerismo y la formación que recibió en su club y en Los Pumas. “Fue una escuela que me educó, me enseñó cómo comportarme afuera y adentro de una cancha”, sostuvo.
Además, recordó el tackle ante Gales en el Mundial de Francia 2023 que lo convirtió en una de las imágenes más reconocidas de aquella campaña y reveló por primera vez que estuvo cerca de quedar afuera de Los Pumas por sus reacciones ante las críticas y las discusiones en redes sociales.
Moroni se desempeña como centro o wing y debutó con Los Pumas el 20 de junio de 2014, frente a Escocia. Desde entonces, disputó los Mundiales de Inglaterra 2015, Japón 2019 y Francia 2023. También representó a la Argentina en rugby seven en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016.
Formado en el Club Universitario de Buenos Aires (CUBA), desarrolló su carrera profesional en Jaguares, el equipo argentino que compitió en el Super Rugby, y en clubes del exterior como Leicester Tigers, con el que se consagró campeón de la Premiership inglesa en 2022. Actualmente juega en Bristol Bears, de Inglaterra, con un contrato que se extiende hasta el final de la temporada 2026-2027. Su carrera lo llevó a instalarse fuera del país, una decisión que implica dejar a sus hijos en Buenos Aires para continuar en actividad y mantener vivo el objetivo de vestir la camiseta nacional.
A los 35 años, mientras se recupera de una lesión y continúa su carrera en Inglaterra, Tute atraviesa una etapa de preguntas sobre el retiro y el futuro después del rugby. Aunque reconoce el peso emocional de alejarse de sus hijos y se pregunta hasta cuándo podrá sostener ese ritmo de vida, mantiene un objetivo en mente: llegar al Mundial de 2027 y disfrutar el camino mientras siga sintiendo que puede aportar al equipo.

— Creo que la última nota que hicimos fue hace por lo menos diez años, después de los Juegos.
— Creo que sí. Me acuerdo que estabas en un programa de autos o algo así. Era en 2016 o 2017.
— Esos habían sido tus primeros Juegos Olímpicos con Los Pumas, ¿no?
— Sí. Fue la primera vez que el rugby volvió a los Juegos Olímpicos y fueron mis últimos, porque después me incliné por el rugby XV.
— Hay distintas categorías. ¿Me podés explicar cómo funcionan? ¿Cada uno puede elegir en cuál estar?
— Cuando uno va creciendo, está en las juveniles. Lo más grande sería jugar en Los Pumitas. Le siguen los Pumas 7s y después Los Pumas, que es rugby XV. Los Pumas 7s es una disciplina que se juega de a siete jugadores en la misma cancha en que juegan los de quince contra quince. Después estuvo Jaguares, que fue el primer equipo profesional en Argentina que jugó el Super Rugby. Obviamente, después de la pandemia eso se terminó. Hoy en Argentina se está jugando lo que es el Super Rugby Américas, que hay cuatro franquicias argentinas, más franquicias de Uruguay, Chile, Brasil, y no sé si me olvido alguna más, pero es un torneo semiprofesional. La primera parte son profesionales, la segunda parte vuelven todos a sus clubes. Hoy, lamentablemente, el que quiere desarrollarse rugbísticamente tiene que emigrar a Europa.
— ¿Sigue siendo un deporte amateur en Argentina?
— Hoy todos los clubes de Argentina son amateur. Nosotros pagamos la cuota y pagás para jugar en tu club. Y después está el rugby semiprofesional, que creo que a los chicos los contratan por seis meses, que es lo que dura el torneo, y después vuelven a sus clubes.
— Todos empiezan desde muy chicos y van creciendo y progresando dentro de ese mismo grupo. ¿Es cierto que, si decidís dedicarte profesionalmente a esto, no podés trabajar de otra cosa?
— A mí se me fue dando todo paulatinamente y naturalmente. Vos llegás a tu club por cercanía, por familiares y jugás con amigos por el simple hecho de jugar. Y no hay nada más lindo que eso. Después te van viendo seleccionadores que te dicen: “Che, me gustaría que vengas a jugar para el seleccionado de la URBA, Unión de Rugby de Buenos Aires”. De ahí te ve un entrenador de Los Pumitas y te dice...
— ¿Y con eso te vas profesionalizando?
— Creo que pasando Los Pumitas te dan una beca, pero al principio es todo a pulmón. Es por el simple hecho de querer pertenecer, querer jugar y progresar en tu rugby. Después llega un momento en el cual uno tiene que decidir si realmente se quiere dedicar a eso y por ahí se enfoca cien por ciento en eso. Pero también depende de que te elijan. Vos podés decir: “Yo me quiero dedicar”, pero si no te eligen queda ahí.
— Recién dijiste “por el simple hecho de pertenecer”. ¿Qué tiene el rugby que genera una identidad y un sentido de pertenencia tan fuertes, incluso siendo un deporte tan exigente físicamente? ¿Qué hace que quienes lo practican lo amen tanto?
— Creo que más allá de lo que es el deporte en sí, que obviamente te tiene que gustar porque es un deporte de contacto, creo que lo mejor que tiene es el club, que es a lo que yo llamo pertenecer al club o Los Pumas. Yo soy lo que soy gracias a Los Pumas. Fue una escuela que me educó, me enseñó cómo comportarme afuera y adentro de una cancha, qué cosas están bien y qué cosas están mal. Después el hecho de tener tu club, de saber que vas a Cuba y el día que vayas te vas a encontrar con amigos de tu edad, más grandes o más chicos, que puede ser de cualquier otro tipo de deporte que no sea rugby, es muy lindo. Y hoy que soy padre, el hecho de poder llevar a mis hijos al club y que no me importe dónde están porque yo sé que se van a estar jugando con un amigo o que un amigo mío los va a estar cuidando, es parte de esa pertenencia.
— Hay una mirada de cierta parte de la sociedad, por cosas que han pasado, que cuestionan el comportamiento de los rugbiers. Hay una sensación de que son los pibes que van al boliche y se pelean, independientemente de casos específicos. Pero quienes están metidos en el mundo rugby, dicen: “Es el deporte que más compañerismo y sentimiento de grupo genera”. ¿Me podés contar por qué creés vos que pasa esto?
— Yo creo que es una generalización. Obviamente, el rugby hizo muchas cosas mal y yo creo que la sociedad va evolucionando y el rugby también, por ahí un poquito más atrasada por eso de los bautismos y demás. Pero creo que es un problema más de la sociedad y, cuando pasa algo con el rugby, se dice: “Son rugbiers”. Pero por ahí cuando lo hace otra persona que hace otro tipo de deporte, no se dice el futbolista, el tenista o el golfista.
— ¿Vos sentís que hay como una estigmatización sobre el rugbier?
— Sí. Obviamente es por cosas que pasaron y que estuvieron muy mal. Pero creo que es una generalización. Todos los deportes tienen su lado bueno y malo. Yo elijo quedarme con lo bueno. Y durante todo este tiempo se hizo mucho trabajo en corregir todas las cosas que estaban mal.
— Desde que empezaste hasta hoy, que estás buscando jugar tu cuarto Mundial con Los Pumas, ¿qué cosas sentís que cambiaron para mejor?
— Los bautismos. Antes una forma de bautizar era castigando, pegando.
— Cuando debutaba el jugador en el equipo.
— Claro. Hoy no existe más eso. No se hace. Pero también hay ciertas cosas que son legados o formas de hacerlo. En Los Pumas, por ejemplo, se sigue rapando a los chicos. Pero hoy les preguntamos y si no te querés rapar, no te rapás.
— Cuando vos debutaste no existía que te pregunten.
— No, ahí era a cara de perro. Lo tenés que hacer y lo tenés que hacer. Hoy les preguntamos: “Che, mirá, esto se hace desde que el primer Puma jugó. Todos, cuando juegan por primera vez en Los Pumas, se rapan”. Lo mismo cuando se reciben, no sé si a los que reciben les preguntan si les pueden tirar cosas. Nosotros hoy en Los Pumas les preguntamos. Le metemos un poquito de presión: “Mirá que si vos no te rapás, cortás un legado”. Pero si no quieren, no se rapan. Es así.

— Creo que sos parte de la generación de Los Pumas que protagonizó esa transición. Si mirás hacia atrás, ¿sentís que hubo algún líder que tuvo un papel clave o una gran influencia en ese cambio?
— Creo que todos porque también las nuevas generaciones te dicen: “No, flaco, vos estás loco, esto no va más”. Antes por ahí los hacíamos cantar toda la semana. Hoy los hacemos cantar una vez o les hacemos un chiste. Y también nosotros los bautismos más que nada los vemos como una forma de integrarlos, de ponerte en una situación en la cual vos por ahí no estás cómodo y a partir de ahí te podés soltar con el equipo. Intentar conocernos de todas las formas. Intentamos integrar a los más chicos para que sean uno más y, de esa manera, riéndonos no de él sino todos juntos, poder integrarlos y que se sientan cómodos dentro del equipo.
— Mencionabas que si te querés dedicar a esto y tenés la suerte de que te convoquen, es toda una decisión familiar porque tenés que viajar por todo el mundo, pero sabés que no es el sueldo del jugador de fútbol. ¿Cómo se maneja eso de decir: “Emigramos a Italia, Inglaterra o Alemania, pero en cinco años tal vez dejo de jugar a esto y me tengo que dedicar a otra cosa”?
— Hoy el rugby tiene el presupuesto que tiene o recauda la plata que recauda y está en nosotros intentar atraer a más gente para que crezca el negocio y haya más plata en un futuro. Hoy nos merecemos lo que nos merecemos. Y obviamente, yo tuve la suerte de que cuando a mí me tocó ser profesional estaba Jaguares, entonces me quedé en Argentina. Mis primeros cinco años de rugby profesional fueron acá.
— Que antes no pasaba.
— Antes si eras relativamente bueno, te tenías que ir a jugar afuera. Cuando yo arranqué estaba Jaguares, entonces si vos eras bueno, tenías la posibilidad de jugar al rugby profesional en Argentina, que fue de las mejores cosas que nos pasó. Y hoy en día los chicos que aparecen con 19 o 20 años, si son buenos, si un club los quiere, tienen que tomar la decisión de irse a jugar afuera y es difícil. A mí me pasa con chicos que también decís: “Che, ¿a qué costo?”. Hoy por hoy mi prioridad son mis hijos. Pero profesionalmente mi prioridad es jugar en Los Pumas y, para eso, tengo que jugar afuera. Es un tira y afloje con la familia. Me voy y es durísimo, pero prefiero que mis hijos terminen su colegio acá, que estén con sus primos en el club, en el torneo de fútbol o de rugby, y después cuando terminan el colegio me los traigo a pasar Navidad y Año Nuevo. Los primeros dos o tres meses hacen el colegio allá y después volvemos.
— Esa es una parte de la vida del deportista profesional que se conoce poco. En alguna de esas veces que te tuviste que ir y dejar a los chicos acá, ¿llegaste a decir: “Ya fue, jugué un Mundial, los Juegos Olímpicos, me vuelvo”?
— Millones de veces. Una vez me subí a un taxi en la puerta de mi casa y los primeros quince minutos estuve llorando desconsolado. El que me llevaba me tranquilizaba. No entendía por qué yo lloraba. Pero hoy los chicos son más grandes y me dicen: “Papá, no quiero que te vayas más”, o estamos afuera y cuando venimos para Argentina, me dicen: “Papá, yo no quiero ir a Argentina, porque vos te vas con Los Pumas”. Y ahí es una daga en el corazón. O me dicen: “Papá, yo quiero que juegues en Los Pumas, pero en Buenos Aires”. Porque cuando estamos en Argentina jugamos por todo el interior del país. Nos toca un partido en Buenos Aires, pero después nos toca jugar la otra mitad de los partidos afuera y nosotros cuando concentramos con Los Pumas es un mes entero. Es duro y son esos costos que la gente no conoce, pero es querer estar, mi ambición por querer seguir jugando y querer seguir estando. También no solo es mi ambición, yo creo que hoy les sigo aportando a Los Pumas. En el momento en que me dé cuenta de que no les aporto más, daré un paso al costado.
— Hay un límite físico natural, porque ustedes tienen un desgaste enorme y el entrenamiento es muy exigente, pero ¿sentís que también hay un límite emocional? Me refiero a esto que me contás: los chicos empiezan a crecer, te reclaman más y llega un momento en el que es duro sostenerlo.
— Estoy justo en ese momento. Tengo 35 años y aspiracionalmente quiero jugar el próximo Mundial, que es el año que viene. Y por eso estoy haciendo esto que estoy haciendo. Ahora me voy a ir dos meses y medio solo a jugar a Inglaterra con el frío del invierno. Pero llega el momento que digo: “¿Hasta cuándo la voy a seguir pateando? ¿Hasta cuándo y a qué costo?”. Mis hijos ya fueron como a diez colegios y me dicen: “No quiero ir más”. Cuando voy allá, siempre la casa es diferente. No tiene el sentido de pertenencia. Así que sí, obviamente estoy en ese momento en que posiblemente mi idea post mundial sea la de retirarme del rugby profesional. Pero también físicamente siento que estoy para más. Es esa lucha interna sobre qué hago. Hoy intento, o me estoy enfocando, en vivir el presente. Lo que pase en el futuro será tema del futuro sino me vuelvo loco.
— Imagino que evaluar la posibilidad de colgar la camiseta argentina debe ser muy conmovedor porque es un privilegio y cuatro mundiales es una locura. Pero también es natural que suceda.
— Sí, estamos cerca de ese punto natural. Obviamente, cuando uno ama tanto algo es difícil soltarlo y cuando uno se da cuenta de que algo le está haciendo mal, se corre. Pero yo no siento eso. Hoy juego al rugby, me voy a Inglaterra por jugar en los Pumas...
— La zanahoria siempre son Los Pumas.
— Sí, hoy decido dejar a mi familia dos meses acá por jugar en Los Pumas. Y eso es lo que me da la fuerza de levantarme todos los días a entrenar. Ahora me estoy recuperando de una lesión y me levanto y voy a entrenar pensando en Los Pumas. Tengo la suerte de seguir sintiendo eso adentro. No sé qué va a pasar el día que eso no esté más, pero trato de vivir el presente porque si me voy un poco más allá, las cosas no salen como uno pretende. Pienso en el club y en jugar bien para que te llamen de Los Pumas. Es ese ciclo en el cual estoy desde 2014, que podría decir que es una droga buena y es lo que me mantiene vivo.
— Hubo un punto de quiebre en el que Los Pumas se metieron en el corazón de todos los argentinos: la forma de cantar el himno y esa pertenencia al equipo que después empujó a que los jugadores de fútbol tuvieran que copiarlos de alguna manera. ¿Qué sentís que cambió para que el rugby pasara de ser visto como un deporte de élite a que hoy la gente llene estadios en todo el país para alentarlos?
— Obviamente son años de proceso. Nosotros durante la semana hacemos lo que hacemos y nadie lo ve. Y tenemos 80 minutos para intentar transmitir la forma en la que trabajamos, pensamos y actuamos dentro de un marco de un juego y que la gente se sienta identificada con eso. Yo podría decir que a partir de 2007, esos jugadores que recordas, fueron los que me incentivaron a jugar al rugby. Yo antes no jugaba y posmundial 2007, empecé.
— Después de esto que yo te estoy compartiendo, de ese momento en el que todos los argentinos flashearon con Los Pumas, te sumaste al rugby.
— Sí. Y yo hoy aspiro a que un chico que me ve por primera vez a mí y al equipo, decida ir a un club en el cual se va a hacer muchos amigos, va a conocer una familia y va a educarse a través del deporte de la manera en que me eduqué yo, que creo que es muy buena y a mí me hizo muy bien. Eso es lo que buscamos transmitirles.

— Hubo una jugada, un partido en el que siento que te volviste muy popular dentro del equipo, con una de esas acciones que definen el partido. ¿Sentís que, a partir de ese momento, la gente te empezó a identificar individualmente más allá del equipo?
— Tengo la suerte de sentir que la gente me quiere. Creo que me quería antes y creo que también esa jugada, el tackle al de Gales en el Mundial, me identifica mucho a mí y la gente se ve reflejada en eso que yo hice. Me identifica con esa acción, que es dar todo por el equipo. Yo me siento orgulloso de haber podido estar en ese momento y haber rendido en esa situación de la manera que lo hice. Fue posiblemente uno de los momentos más importantes de mi carrera.
— ¿En el momento te diste cuenta de que había sido tan importante?
— No. Obviamente, por cómo terminó el partido te digo que sí. Pero en ese momento no. Sabía que había sido una situación bastante importante, más allá de que en ese momento me golpeé la cabeza y estaba medio en Narnia (risas). También por la vorágine del partido, uno no sabe ni cuánto tiempo va. Pero cuando te das cuenta, decís: “Che, pará, faltan 10 minutos y seguimos ganando”. Después Nico Sánchez hace una intercepción y medio que se liquida el partido. Y ahí sí decís: “Lo que acaba de pasar fue increíble”.
— Y llegaste al vestuario, agarraste el teléfono y ¿qué pasó?
— Estaba explotado.
— ¿Y cómo haces en ese momento para regular? Porque de golpe un día uno se llena de elogios y capaz en otro partido es una lluvia de críticas. ¿Cómo haces para no creerte en ese instante el mejor ni el peor?
— Me juega a veces en contra. Soy de buscar mi nombre.
— ¿Te googleás?
— No, en Twitter.
— ¡Es lo peor que podés hacer!
— Jugando bien o jugando mal. Obviamente, con la experiencia aprendés a no leer ni cuando jugás bien ni cuando te va mal, pero cada tanto cometo ese error de querer saber qué es lo que piensa la gente, qué dice y te pegás unas buenas calentadas o, al revés, sentís ese cariño. Después, realmente lo que importa son los mensajes que te llegan siempre, que son los de tu familia o tus amigos. Esos son los reales.
— Es un componente que años atrás no existía. Vos terminabas el partido y había mensajes o llamadas de la familia. ¿Cómo es para un deportista de alto rendimiento tener que lidiar hoy con el hate y las redes? Porque puede llegar a influenciar fuerte en el rendimiento si empezás a perder la confianza.
— Recontra. Y hoy ves en Los Pumas que a ciertos jugadores los atacan y decís: “Flaco, dejalo tranquilo, si es buenísimo”. Y lo peor es esa gente que habla desde un usuario que no existe. Decime lo que quieras, pero con respeto. Pasa también con periodistas. Yo no tengo ningún problema con nadie, siempre y cuando hables con respeto. Vos me podés decir: “Jugaste mal, esto no me gustó”. Pero en el momento que falta el respeto, ahí es cuando yo me caliento.
— ¿Levantas el teléfono para decir que algo no te gustó? Porque vos sos chispita.
— Sí, antes sí. Pero prendí a dejarlo de lado porque no es mi rol.
— ¿Y cómo lo aprendiste? ¿Tuviste que aprenderlo a la fuerza o alguien te lo explicó correctamente?
— Un día casi me echan de Los Pumas por eso. Es muy fuerte decirlo así, pero pasó.
— Pero es interesante para aquel que está mirando y diciendo: “Yo quiero jugar en Los Pumas”. Tiene que saber que hay ciertas reglas de comportamiento que hay que cumplir, ¿no?
— Fue una charla que yo tuve con Mario Ledesma, en la cual me dijo: “Mirá, Tute, si vos seguís por este camino, no te voy a tener más en cuenta”.
— ¿Por temperamental, calentón?
— Sí. Quejándome por todo, con las redes, con lo que pasa en World Rugby, con lo que pasa en la URBA...
— Pendenciero.
— Sí. Y yo le dije: “Mirá, si vos creés que esto que yo hago le hace mal al equipo, no lo hago más”. Todo lo que hacía pensaba que era siempre por el bien del equipo. Después la realidad es que me he dado cuenta de que él tenía razón. Porque generaba un desgaste mental mío en cosas que no tenía nada que ver y que no podía controlar. A partir de ahí hice un cambio bastante abrupto en mi forma de comportarme o en qué cosas enfocarme, que la realidad es que me sirvieron mucho.
— Hace algunas semanas tuviste un golpazo en Jujuy. ¿Siguen teniendo miedo a ese tipo de golpes ustedes y sus familias o están hechos a prueba de balas?
— No, ya están acostumbrados. Obviamente, la familia se preocupa. Pero ese golpe en particular nadie se dio cuenta. Yo me golpeé la cabeza. Tenía el deseo de jugar el siguiente partido y, en mi cabeza, me autoconvencí de que no tenía nada. Jugué 18 minutos más con el pómulo quebrado, diciéndome: “No puede ser”. Yo me sacaba el protector bucal, me tocaba y se sentía algo raro e hice lo hay que hacer: soplé con la nariz y se me infló. “Es un golpe nada más”, decía. Porque quería jugar el próximo partido. Después tuve que explicarles a mis familiares: “Estoy yendo a hacer una placa, creo que me rompí”. Tuve una fractura del pómulo, me operé y todavía estoy un poco inflamado, pero recuperándome.
— ¿En algún momento tuviste miedo o algún golpe que te dio miedo?
— No. Los golpes más que miedo te dan son en la cabeza, que hoy en día se está haciendo mucho énfasis en eso porque son peligrosos. Hay veces que no te acordás de nada y cuando uno se golpea la cabeza te das cuenta al instante porque los síntomas son llorar o enojarse.
— ¿Es una reacción como inconsciente?
— Sí. Después está la pérdida de memoria. Hoy en día tenemos un protector con chip, que si vos te golpeás le avisa al médico, te sacan del campo de juego y ahí te hacen ciertas preguntas: ¿qué día es hoy? ¿Contra quién estás jugando? ¿Cuánto va el partido? ¿Qué hora es? Y después, a principio de año, te hacen un test.
— Entiendo que romantices el rugby y el deporte, pero que los golpes en la cabeza estén tan incorporados y tengas un chip que le avisa al médico, ¿no te parece un poco extremo?
— No, al revés, es una protección.
— ¿Pero se incorpora esa herramienta porque golpearse en la cabeza es habitual?
— No es tan habitual. Si vos tenés una buena técnica de tackle, no deberías tener nunca un golpe en la cabeza. Obviamente, hay ciertos accidentes que pueden pasar en un deporte de contacto y por eso hoy está esta herramienta, en la cual se usa ese protector para identificar golpes que por ahí antes no se venían.
— Y que dejan secuelas.
— Sí, se trata de evitar eso. Y si vos tenés ciertos de esos golpes en un mes o en tres meses, te sacan afuera de la cancha tanto tiempo. Si vos pasás el protocolo de concussion, a los doce días podés jugar. Hoy se está haciendo mucho énfasis en el cuidado del jugador.
— ¿Qué fue lo más lindo y lo más difícil desde que empezaste a vestir la camiseta de Los Pumas?
— Lo más lindo es pertenecer a Los Pumas. Pasar todos los momentos que pasé: los buenos, los malos, jugar mundiales, la semana, los asados y todos los momentos juntos. Además, tuve la suerte de hacer eso mismo con mi club. Lo más feo te diría que es el miedo de qué va a pasar cuando se termine por decisión de un entrenador, por decisión mía o por una lesión. Hoy yo me levanto a entrenar solamente pensando en Los Pumas. Pienso en qué me va a mover en un futuro a levantarme todos los días.
— ¿Y lo hablás con alguien?
— Tengo a mi psicólogo, Agustín Hope, que cuando estoy en esos momentos le digo: “Che, necesitamos hablar”. Cuando empiezo a enroscarme o a pensar cosas que me doy cuenta de que no tengo que estar pensando, lo hablo con él. También me pasa mucho de querer bloquear esas cosas y disfrutar el momento porque uno nunca sabe cuándo se va a terminar esto. Entonces, intento disfrutarlo al máximo.
— Si te pudieses imaginar la foto que te gustaría llevarte de vos en Los Pumas, ¿cuál sería?
— Tengo tatuada en el brazo una frase que me dijo mi abuelo, que me identifica mucho como jugador y que es lo que yo quiero que la gente vea cada vez que yo juego: “No es obtener el título de campeón sino ser el mejor en alma y espíritu”.
— Si pudieses tomarte un mate con ese Tute que arrancaba, ese día que vistió por primera vez la camiseta y lo acompañaron todos sus amigos y su familia, ¿qué le dirías?
— Que disfrute el proceso, el camino y cada momento, que no piense más allá, que va a pasar muy rápido y que cuando no se dé cuenta se va a estar terminando. Así que que lo disfrute al máximo, que la va a pasar muy bien y que se va a divertir mucho.
— Me encantó tenerte acá y que la gente te conozca un poco más, porque das muy pocas notas. Deseo profundamente que el próximo Mundial te podamos estar alentando y termines esta carrera de la forma más linda y con el mayor disfrute posible.
— Terminará de la forma que tenga que terminar y yo dejaré todo en el camino.