Moria Casán estuvo una semana presa en una cárcel de Paraguay y, en ese contexto de encierro e incertidumbre, la One encontró otra manera de resurgir indemne frente a las adversidades (Video: Netflix)
En la vida de Moria Casán no existen páginas grises. Cada episodio, por más arduo o inesperado que parezca, termina convertido en relato, enseñanza o simplemente en un meme que perdura en la memoria de todos. A casi once años de aquel diciembre de 2015 en que su nombre ocupó los titulares de Argentina y Paraguay, su tiempo tras las rejas revive con fuerza gracias al estreno de la serie Moria en Netflix. A pocos días de su lanzamiento, uno de los capítulos más comentados es, sin dudas, el de su estadía en el penal del Buen Pastor. El episodio, que en cualquier persona podría haber sido sinónimo de derrota, terminó de pintar el perfil de una mujer que hace de la adversidad un trampolín y del escándalo, una anécdota para contar. Es la One, el mito viviente de la cultura nacional que trascendió las etiquetas del espectáculo para convertirse en el gran ícono argentino. Sin rótulos, sin barreras y con la capacidad para reiventarse y salir indemne de cualquier situación, aunque del otro lado, de la noche a la mañana, se encuentre en una prisión en un país limítrofe.
Todo comenzó el viernes 27 de julio de 2012, cuando Moria se presentó en el Centro de Convenciones de la Conmebol, en Luque, para encabezar el Moria Fashion Show. Esa noche, la diva argentina lució una gargantilla y aros de brillantes valuados en 80.000 dólares, prestados por el joyero paraguayo Armando Benítez. El acuerdo, según Benítez, incluía un pago de mil dólares por llevarlas puestas; para Moria, no había trato económico alguno, solo una colaboración artística. Al terminar el evento, las joyas desaparecieron. El asistente de Moria, Aldo Galo Soto, explicó que se las quitó a la vedette porque le daban alergia y las guardó en una caja roja, pero tras la función, nadie volvió a verlas.
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El joyero buscó las alhajas en el camarín. No las encontró. Hubo saludos, fotos y hasta un “chau, reina; chau, diosa” de despedida, según relató Galo. Benítez presentó la denuncia al día siguiente y la fiscal Celeste Campos Ross ordenó la detención de Moria cuando ya estaba en el aeropuerto, lista para regresar a Buenos Aires. La llevaron a la Comisaría Metropolitana de Mujeres, donde pasó la noche antes de declarar. El trámite judicial no derivó en una imputación formal y la estrella volvió al país, pero la causa quedó abierta. Tres años después, ese expediente la volvió a poner en el centro del escenario.
La vida siguió para Moria, pero la sombra de la denuncia se alargó. Un pedido de extradición desde Paraguay encendió las alarmas de sus abogados, Víctor Stinfale y Matías Morla. Ellos lograron que la Justicia argentina declarara la no extradición, pero la propia Moria tomó una decisión que nadie esperaba: viajar voluntariamente a Asunción para enfrentar la causa y limpiar su nombre. “Quiero ir con mi nieta y mi hija a Disney y no puedo. Vayamos a Asunción, me la banco... Que digan lo que quieran, soy una mujer fuerte”, expresó con la convicción que la caracteriza.
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El lunes 14 de diciembre de 2015, Moria aterrizó en el aeropuerto Silvio Pettirossi y fue detenida de inmediato por el Departamento de Investigación de Delitos. La llevaron primero al Hospital de Policía para los controles médicos y luego a la Comisaría de Mujeres, donde pasó la noche a la espera de la audiencia con la jueza Dina Marchuk. Su abogada paraguaya, Miriam Areco Amaral, solicitó la prisión domiciliaria y ofreció una fianza de 210.000 dólares, pero la jueza fue inflexible. Argumentó que la vedette no tenía arraigo en el país y dispuso su traslado al penal del Buen Pastor.
El clima judicial era tenso. Declaraciones irónicas de visitas anteriores, como la célebre broma de la “sobredosis de tereré”, no cayeron bien en ciertos sectores y la prensa local amplificaba el contraste entre la diva y la crudeza de la cárcel. Titulares hablaban de la caída del glamour al encierro, del “departamento chururú” a las literas carcelarias. Pero en ese marco, Moria no perdió la sonrisa. Ni su brillo. El martes 15 de diciembre ingresó al pabellón entre aplausos y exclamaciones de “¡Moria, te queremos!”. Le asignaron el número 453 y comenzó una rutina impensada.
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Las condiciones del penal del Buen Pastor distaban mucho de las de un hotel de lujo. Es una construcción antigua, con pabellones precarios y superpoblación. Con talleres de tejido y peluquería, sectores para madres con bebés y camas cucheta por doquier. Sin embargo, la convivencia allí resultó menos hostil de lo que dictan los prejuicios. Moria fue recibida como una celebridad, pero pronto se integró al ritmo de la prisión, aceptando la ayuda de sus compañeras, que la atendieron en cuestiones estéticas. “Me hicieron las manos, los pies, me peinaron, se portaron como unas reinas”, contó luego. Desayunó chipá con mate cocido y compartió charlas, risas y hasta sesiones de terapia grupal improvisada.
No hubo drama ni victimización. Moria, lejos de mostrarse frágil, se convirtió en referente emocional para otras internas. “Hacía terapia grupal en la cárcel. Venían a charlar conmigo. Yo decía: ‘Vos estás enamorada de ella, ¿por qué están peleadas?’ Las hacía amigar, charlábamos”, relató. Acompañó a una de ellas para que pudiera visitar a su marido preso, ayudó a dos mujeres a reconocer su amor mutuo y hasta prometió ser madrina de su casamiento. El encierro le permitió descubrir historias ajenas, forjar amistades y ejercer un liderazgo empático y espontáneo.
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La fortaleza de Moria atravesó cada jornada. Nunca lloró ni mostró flaqueza. “Dormí de un tirón, tranquila... Me levanté regia. Estoy muy bien atendida. Es toda una experiencia. Me hace acordar a cuando hacía películas”, dijo a la prensa. Incluso cuando circuló la foto viral sobre su catre, sin maquillaje ni peluca, sus compañeras se enojaron. Preguntaron quién había hecho circular esa imagen. Moria miró fijamente la pantalla del televisor donde su rostro aparecía en primer plano. A cara lavada, leyendo con sus anteojos, sin peinarse. Después de unos segundos de silencio, se dio vuelta a mirarlas y dijo: “Soy yo chicas, soy meme. Adoré”. Sus palabras resonaron como un eco en el pabellón donde nadie hablaba y, de inmediato, una ovación generalizada. Moria se convertía, una vez más, en una resiliente de su propio destino. No intentó tapar las esposas ni ocultar la realidad. Al contrario, las exhibía y bromeaba con los policías: “No me tape las esposas, mi amor”.

El respaldo popular fue incondicional. Afuera, familiares, colegas y admiradores pedían por su libertad. Dentro, las reclusas la trataban como a una más, pero también como a un ícono cercano. “Me considero una ciudadana común, sin privilegios. Las reclusas son lo más. Me hicieron las manos, los pies, me peinaron... Voy a volver a visitarlas”, prometía, y cumplía su palabra de mantener el ánimo alto.
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Mientras tanto, la estrategia legal seguía su curso. Sus abogados en Argentina y Paraguay trabajaban incansablemente para conseguir la libertad condicional antes de las Fiestas. “Había que intervenir respetando las leyes de otro país, atender las urgencias de la imputada y hacerlo todo contrarreloj. Estar detenida no es fácil para nadie, y menos siendo extranjero”, explicó Matías Morla. La actitud de Moria fue clave: esperó sin pedir privilegios, se sometió a cada exigencia judicial y cumplió con el proceso. El 23 de diciembre, tras nueve días detenida, recuperó la libertad y volvió a la Argentina justo a tiempo para celebrar con su familia.
La causa no terminó ahí. Hubo presentaciones, escritos y nuevas audiencias, pero en febrero de 2018, la defensa logró cerrar definitivamente el expediente. Moria quedó libre de toda restricción y, como en tantas otras ocasiones, salió airosa. Pero el verdadero triunfo no fue jurídico ni mediático. Fue personal y humano. La cárcel, lejos de doblegarla, se transformó en uno de esos escenarios inesperados donde Moria supo brillar sin reflectores, sin maquillaje, sin peluca. Allí confirmó que la resiliencia no es solo una palabra: es la capacidad de transformar el dolor en relato, la caída en aprendizaje y la soledad en red.
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Hoy, cuando la biopic revive aquel capítulo y las redes rescatan la imagen de la diva entre reclusas, el episodio funciona como postal improbable pero genuina. Una diva argentina, acusada por un collar de valor discutido, atravesó una cárcel histórica sostenida por su carácter, el afecto de sus compañeras y una estrategia legal que le permitió regresar a casa. El público no la abandonó, y ella tampoco se abandonó a sí misma. Cada vez que la vida la puso a prueba, Moria Casán salió indemne, transformando el escándalo en anécdota y la adversidad en un recuerdo más para compartir, con la risa y el desparpajo de quien sabe que ninguna celda puede encerrar su verdadero brillo.