Los libros de historia recordarán los goles, las figuras y las estadísticas del Mundial 2026. Los que estuvimos aquí también recordaremos la marea humana de colores, cantos y emociones que transformó cada rincón en algo apenas rozado por las cámaras. Eso es la hinchada, el alma que el fútbol no podría permitirse perder jamás.

La pasión no tiene fronteras y hay hinchas que se vuelven leyenda. Como Gustavo Llanos, el Cole, carismático septuagenario colombiano que desde el Mundial de Italia 90 se viste de cóndor para alentar a su selección, toda una institución en las gradas de cualquier Mundial y figura pública en su país.

Brasil tiene a Frank Damasceno y su Brazucamóvil, herencia paterna y símbolo rodante del amor por la Canarinha.

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España mantiene vivo el legado del bombo de Manolo gracias a David Cebollada, quien custodia y sigue haciendo sonar el histórico instrumento en cada tribuna. Mientras que Michel Kuka Mboladinga, de la República Democrática del Congo, se convirtió en estatua viviente durante cada partido en silencioso homenaje al líder Patrice Lumumba.

Ecuador también tiene sus propios personajes mundialistas. Jean Carlos Briones fue uno de los más llamativos, alentando a la Tri con una máscara del Diablo Huma y una réplica del trofeo de la Copa del Mundo, una cábala que refleja su pasión, demostrando que la identidad y el orgullo también forman parte del espectáculo.

Las redes sociales han encontrado nuevos protagonistas. Tres amigos argentinos se volvieron virales al disfrazarse como las tres estrellas que adornan el escudo de la Albiceleste y suman al títere Estrellín, símbolo de la ilusión por conquistar un nuevo título.

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En Canadá, Lee Cormish asumió el extraordinario desafío de visitar los 16 estadios del torneo, una travesía muy bien planificada.

La pasión en las gradas también tiene rostro de mujer. La croata Ivana Knoll convirtió cada partido en una pasarela de identidad y fervor, mientras que la sudafricana Mama Joy iluminó las tribunas con sus coloridos trajes tradicionales y una alegría contagiante. Distintas culturas con una misma devoción por el fútbol.

También hay espacio para historias tan curiosas como entrañables. El japonés Rikuto Suzuki viajó miles de kilómetros impulsado por

su admiración por la selección argentina y el club Atlético Tucumán, pese a no hablar español ni inglés.

Noruega trajo sus raíces vikingas a las gradas con una coreografía de remo sincronizado tan poderosa que terminó contagiando a sus propios jugadores. El uruguayo Gonzalo Pérez, el Pelado Celeste, desde 2011 mantiene la tradición de pintarse la bandera de su país sobre la cabeza calva.

Cada Mundial reparte campeones y revelaciones, satisfacciones y decepciones, pero también deja el recuerdo de espontáneos protagonistas de la hinchada que, con creatividad y pasión, terminan convirtiéndose en lo más memorable de la fiesta deportiva más grande del planeta. (O)

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