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A primera hora de la mañana, un aire fresco entra por las persianas mallorquinas como una caricia. A lo lejos se oye un gallo; cerca, la conversación de dos campesinos al pasar por la calle de camino al trabajo. Dentro de un rato sonarán las campanas de la iglesia. En estas fechas, además de los vecinos, coinciden aquí turistas y veraneantes. Cada agosto hay más de los primeros y menos de los segundos. El veraneante puede tener una casa propia en el pueblo, o alquilar cada año la misma y, durante un mes, hacérsela suya. El turista duerme en alojamientos de paso o en las casas de otros que no volverá a pisar.

 

 Joan Mateu Parra / Shooting

El veraneante espera la repetición, y el turista, que lo sorprendan. El turista se queja si no sale todo perfecto; el veraneante ha hecho de lo que no funciona parte de sus vacaciones: el colchón que se hunde, el ventilador que traquetea, la puerta del armario que no cierra, el chorrito en la ducha. También forma parte de sus vacaciones coincidir con la gente del pueblo en la playa, en el súper, en la farmacia y en el bar, saludar a los que trabajan allí, comentar cómo han crecido sus hijos. El turista aspira a un pasaporte lleno de sellos distintos y el veraneante no necesita viajar con pasaporte. El turista quiere demostrar que ha estado en un determinado lugar, y el veraneante quiere que nadie descubra su sitio.

El veraneante se permite apagar el despertador y hacer las cosas sin prisa

El turista (salvo excepciones) exige que el entorno se adapte a sus expectativas y el veraneante (salvo excepciones) se adapta al entorno. Pero el turista suele ser gastronómica y culturalmente poco exigente, no le importan las generaciones que han sostenido un comercio o si tiene que cerrar; gasta más en general, consume más en todas partes, cuesta menos de mantener. Eso sí, reclama que le sirvan enseguida y que no le hagan perder el tiempo.

Porque el turista tiene que correr para poder visitar lo que tenía previsto, y hacerse selfies para que el resto del mundo juzgue las fotos y el escenario. El veraneante se permite apagar el despertador, desinstalar las redes sociales y los avisos del móvil. Y durante unos días, hacer las cosas sin prisa. Cerrar los ojos cuando oye las campanas de la iglesia y decirse que, si quiere, puede dormir un rato más.