Ilustración plana: persona mayor sentada sola en una silla al centro de una sala azul y gris. Siluetas difusas de personas rodean en el fondo.

El abandono de los adultos mayores se construye con indiferencia, naturalización de la crueldad y estrategias de olvido. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Últimamente, en algunos ámbitos, se reactivó el debate sobre la eutanasia en paralelo a otros temas como la crisis de financiamiento del sistema de salud, la falta de sostenibilidad de las cajas de jubilaciones y pensiones, etc.

Esta problemática de época, me trajo a la memoria dos novelas que leí en mi adolescencia/juventud temprana, “La guerra del cerdo”, de Bioy Casares, y “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury. En su momento, cada una en su estilo, me parecieron entretenidas, originales, dos fantasías de un futuro poco probable.

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En La guerra del cerdo, la sociedad se pone de acuerdo en que los mayores sobran. Primero es un chiste, después pasa a ser un discurso con consenso social, luego aparecen proyectos de eutanasia voluntaria. El espinal termina con bandas de jóvenes cazando “viejos” (“los cerdos”).

En Fahrenheit 451, los bomberos empiezan a quemar libros, no por una orden de un maligno gobernante, sino porque la gente ya no quiere leer. Leer lleva a pensar, pensar genera preguntas incómodas, molestas, perturbadoras. La mayoría decidió que son más cómodas, más amenas, más entretenidas las pantallas prendidas durante las 24 horas del día.

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El abandono, la indiferencia cómplice, la naturalización de la crueldad, no llegan de golpe. No hay casualidades, hay un tejido que se construye entre la “deriva” de la evolución cultural con estrategias, voluntarias, de olvido.

Los 40 años de aportes de los trabajadores y las patronales, terminan resultando en agosto de 2026, en $419.775,93 de jubilación mínima, que con un miserable bono de $70.000 alcanza a redondear los $489.775,93. Vemos todos los días jubilados que van quedando afuera del sistema de salud por expulsión activa o por default. La plata no alcanza para los honorarios profesionales, para los remedios, etc. El sistema les horadó la dignidad. La movilidad social descendente los convierte en pobres después de haber trabajado toda la vida, constituido una familia, educado a sus hijos. Entonces aparece el concepto mágico de “calidad de vida”. Los viejos se cansan, la sociedad no contiene, cualquier cosa termina sonando como una buena salida.

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La mayoría de los geriátricos se parecen a un depósito, a esos depósitos de muebles que ya no entran en la casa. La mayoría de la gente que trabaja en ellos lo hace a conciencia, pero con pocos recursos y muchas veces desbordados. Habitaciones de 4 camas, rutinas mecánicas, medicamentos para dormir, televisor como ruido de fondo. Visitas cada vez más cortas y más espaciadas. Más soledad y más deterioro. Los hijos no pueden y el sistema mira para otro lado. Los bomberos de Fahrenheit 451, quemaban para no pensar, nosotros depositamos para no ver.

Y cuando la enfermedad avanza, el sistema vuelve a fallar. A los cuidados paliativos, en forma integral y sostenida, sólo acceden algunos.

Cuando nadie garantiza una jubilación digna, un geriátrico decente, la medicación en tiempo y forma, cuidados paliativos adecuados, algunos, seguramente bien intencionados, proponen la idea de “morir dignamente”. La muerte voluntaria se convierte en el atajo cuando todo lo demás falló. La impotencia y la crueldad, se pueden disfrazar de compasión. El problema se soluciona borrando al que lo sufre. Es un susurro que te invita al olvido.

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Los resistentes a la quema de libros de Fahrenheit encuentran una salida, van aprendiendo los libros de memoria. Las páginas se queman, pero la memoria queda viva.

Resistir acompañando, escuchar las mismas historias varias veces, exigir una jubilación que alcance, pedir un sistema de salud que desarrolle los cuidados paliativos, no resignarnos a que la vejez sea sinónimo de pobreza, ese debe ser el camino y no el atajo.

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Una sociedad en la que cada vez hay más gente que piensa que los chicos molestan y los viejos sobran, es una sociedad que se está suicidando.