30/07/2026

Actualizado a las 08:58h.

Luis Zahera es uno de los mejores actores españoles del momento. Su fama es casi tan grande como su carisma. Y ambos comparables a la larga lista de éxitos que se amontonan en su dilatada trayectoria profesional, tanto en el cine como en la pequeña pantalla, e incluso en los teatros o en su carrera como cómico.

Sin embargo, mucho antes de toda esa vorágine de papeles de malo y de chistes socarrones, Luis Zahera también fue un niño 'normal'. Un chico que ni siquiera pensaba en subirse a las tablas como un sueño o como una meta aspiracional. Un joven que solo disfrutaba de sus veranos en A Peruca, una pequeña aldea gallega situada en el municipio de Rois, en la provincia de La Coruña, y que forma parte de las parroquias de Seira y Oín.

Este rincón de Galicia ha pasado a ser conocido precisamente por ser el paraíso estival del actor. Un paraje que le trae muy buenos recuerdos, donde se sentía libre y casi salvaje. Para él siempre fue una suerte conocer este tipo de vida de la que guarda increíbles memorias tal y como reconocía en una entrevista 'La Script'.

¿Cómo fue la infancia de Luis Zahera?

Zahera acudía a este pequeño refugio de la Galicia profunda porque sus padres tenían allí una casa alquilada. Y recuerda que pasaba sus veranos entre el ganado. «Tuve la fortuna de conocer el mundo de la aldea. Tuve una infancia de ver mucho bicherío, ahí convivías con animales».

Eso era para él el auténtico paraíso. Un mundo muy diferente al que conocen los niños de hoy en día, pero que no hubiera cambiado por nada del mundo. «Yo fui en los carros de vaca hechos de madera que pasaban el río y el eje hacía un ruido muy estridente». Por ello, habla con tanto cariño de su tierra y de sus orígenes. Y quizás allí fue cuando empezó a desarrollar su gran amor por ella y por la naturaleza.

«Era una educación de antes en la que te daban bofetadas»

Luis Zahera, sobre su infancia

Actor

Luis guarda muy buen recuerdo de aquellas tardes y también de su vecina Rosa. «De niño me encantaba darle de comer a los cerdos. Me acuerdo de que ella se fue y cogí el caldero y se lo tiré a tres cerdos y metí los brazos con ellos». Aquello le acarreó una importante riña, ya que como niño no supo ver el peligro que había tenido su imprudencia. Cosas de quienes crecen libres y sin ataduras.

Sin embargo, no todo en su infancia fueron aldea y campo. Evidentemente, también había tiempo para el colegio. El actor estudió en los Hermanos de La Salle, en Galicia, en la década de los 70. Y aquello también era una enseñanza de otro tiempo, muy diferente a la actual, con una disciplina que quedó atrás. «Una educación de antes en la que te daban bofetadas».

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Sin embargo, aquella época también dejó buenos recuerdos en el actor, ya que empezó a interesarse por las historia. Concretamente, por la de los santos. «Yo tenía nueve años y el hermano Celestino y el hermano Marcelino nos contaban milagros e historias… y a mí me encantaban. A los santos se les revelaba algo, el misterio de la Santísima Trinidad, que no hay Dios que lo entienda».

Sin embargo, el cambio más grande le llegó cuando descubrió su vocación. Fue como un enamoramiento fugaz, como un hechizo. La definición de flechazo. «Fue mi hermana Ángeles la que me llevó al teatro y noté algo. Qué cosa más divertida, más alucinante».

Así surgió su vocación por actuar

Zahera se quedó prendado de aquel espectáculo y de lo que eran capaces aquellos actores. Al momento tuvo claro que él quería experimentar aquella sensación de estar al otro lado, dando vida a un texto. «Me impresionaron esos tipos contando una historia en un escenario, haciendo el tonto. Tuve la suerte de saber en una fracción de segundo que era lo mío».

Y, como no, también formaban parte de su infancia sus padres, con dos roles muy marcados. Su padre, el de la ausencia y el de quien se cree que su figura es el eje desde la distancia. «No gobernaba nada, era mi mamá la que gobernaba». Para el actor era su madre la que de verdad llevaba las riendas. «Es maravilloso vivir en un matriarcado, creo que son todo ventajas y que deberían gobernar las mujeres».

Sin embargo, siempre le llamó la atención la figura misteriosa de su padre. «Tenía dos hermanastras y nos enteramos de mayores que no se comunicaba con ellas. Ese señor era un enigma». Además, recuerda que tenía dos caras porque en casa «no daba un beso ni un abrazo», pero fuera les «llamaba muchísimo la atención que era muy agradable».

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