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Basado en hechos observados y verificados directamente por nuestros periodistas o por fuentes informadas.

25 sep 2026 - 07:47

María Pagés estrena una creación muy ligada a su biografía, Bilbao Square, con dramaturgia de El Arbi El Harti, hasta el 4 de octubre en Centro Danza Matadero

María Pagés (Sevilla, 1963) nos recibe en Centro Danza Matadero, entidad que dirige desde que abrió sus puertas en febrero de 2025 con el objetivo de convertirse en hogar de la danza en Madrid.  En la nave 16 de Matadero comparten espacio algunas salas de ensayo y las oficinas, todas con cristales transparentes que convierten ese lugar en casi diáfano. María se muestra igual de transparente en la conversación que mantiene con 20minutos.

La coreógrafa y bailaora afronta el estreno absoluto del espectáculo Bilbao Square, última de las creaciones compartidas con el dramaturgo El Arbi El Harti, donde traza un recorrido autobiográfico: el que vivió una chica de quince años llegada a Madrid desde su Sevilla natal, para impregnarse de todo lo que ofrecía una ciudad en plena convulsión artística. Una trayectoria llena de objetos, como los que transportó dentro de una pequeña maleta en aquel viaje, y de sentimientos tan trascendentales como el que nos confiesa al final de la entrevista.

Bilbao Square es su último espectáculo, la última parada de su trayectoria, pero al mismo tiempo la Glorieta de Bilbao simboliza su llegada a Madrid. ¿Cómo fue la decisión de trasladarse a la capital?

Es un viaje que hacemos muchísimas personas que nos dedicamos a la danza. En ese momento no había Conservatorio de Danza en Sevilla y yo me examinaba por libre en Córdoba. Es decir, ya empezaba a viajar para formarme, con el apoyo absoluto de mi familia para tener los maestros necesarios. Cuando acabé la carrera de danza a los catorce años, ¿cuál era el siguiente paso? Ir a Madrid, algo muy común en el mundo de la danza. Me presenté en la Escuela del Ballet Nacional con unas cartas de recomendación. Tenía solo 15 años, ¡pero llevaba once años formándome, desde los cuatro! Bailando, pensando y trazando un camino que tú tienes que ir construyendo. Si quieres ser médico, sabes que tienes unos años de estudio y cuando acabas eres médico. En esta profesión no paras de formarte, trazando un camino que está construido por decisiones continuas: voy a trabajar aquí, voy con este maestro, voy con este otro… Y con una inversión enorme, de la que no se habla, pero todo el que se dedica a la danza lo sabe. Yo tengo 63 años y me sigo formando, haciendo mis clases, no solo para mantener una forma física.

En el cartel de este espectáculo aparece mostrando una foto en la que está junto a su madre y su abuela, con las que vino a Madrid, porque con 15 años no podía llegar aquí sola. 

¡Sí, pero me dejaron sola! Es un viaje iniciático. Ellas se vuelven a Sevilla y yo me quedo en casa de una señora, con habitaciones donde vivían señoritas.

Ese momento de quedarse sola en Madrid, tan joven, debió ser duro.

Bueno, yo he sido una niña solitaria, una adolescente solitaria, una adulta solitaria (ríe), y eso también tiene que ver con el modo de vivir la danza. La danza necesita esa concentración en tu persona, porque tú trabajas tu cuerpo. Toda mi creatividad pasa por mi cuerpo antes. La experiencia de vivir tu soledad como persona, y vivirla tú misma, se desarrolla desde muy pequeña. Luego también mi familia: son cuatro niños y yo la pequeña, la única niña. En cierta manera, vives encerrada en la formación de tu propia persona, no solo en ir al colegio, sino en formar tu cuerpo para dedicarte a la danza. Es otra manera de crecer.

Debía tener una madurez notable ya con esa edad.

Pienso que sí, y luego tenía una especie de estrella que siempre me ha acompañado. Es verdad que tenía una base de educación que la danza multiplica por cien. Una disciplina que sólo los que se dedican a la danza, al deporte o a una pasión pueden desarrollar.

Y en Madrid se encuentra en la escuela del Ballet Nacional donde da clases con Antonio Gades, María Rosa, El Güito, Manolete… 

Realmente fue un gran descubrimiento. Todo eso sucedió en la calle Amor de Dios. Yo venía de Sevilla y allí tú “pertenecías” a un maestro. Casi eras parte de su propiedad (ríe) y no podías ir a otro porque se consideraba alta traición. En cambio, cuando llego a Amor de Dios y veo que en el Estudio 1 está un maestro; en el Estudio 2, está Pedro Azorín; en otro está El Güito; Manolete está abajo… Te encuentras con Gades, que estaba preparando el rodaje de Carmen, de Carlos Saura. Todo era una movida, ¡y es que era la época de la movida madrileña! Aquello era… ¡imagínate! Además, para una como yo, con un carácter un poco introvertido, pero tremendamente curiosa, era un Madrid muy atractivo.

A veces se habla de la movida madrileña como si todo fueran bares y grupos de pop, y resulta que había una movida menos visible. 

Era la época de la transición. Vivíamos el momento de apertura de un país y yo soy una criatura de la transición, ¡absolutamente! Soy de las pocas que he tenido vivencias pre-democracia dentro de la danza y el flamenco. De pronto, todo se abre. Ves danza contemporánea y empiezan a pasar cosas dentro del flamenco, que antes eran un sacrilegio, y sin censura. Todo eso está en lo que yo soy y lo que intento hacer. Y ahora una parte importantísima es el binomio con El Arbi, con una persona que viene del mundo de la palabra, de la literatura. Empezamos a ver las conexiones entre la danza, la palabra, la literatura y las artes en general.

La dramaturgia está adquiriendo mucha importancia en los espectáculos de danza. El año pasado veíamos una maravilla como Calentamiento de Rocío Molina, que cuenta con Pablo Messiez; usted trabaja con El Arbi El Harti desde hace tiempo… 

Pero fíjate, realmente siempre han estado ahí aunque no los hemos conocido. Toda danza tiene su propia dramaturgia, aunque sea de una manera abstracta. Si pensamos en principios del siglo XX, te puedes quedar pasmado al ver la ficha artística de las creaciones: músicos como Manuel de Falla; coreografías de La Argentina; escenografías de Pablo Picasso o de Salvador Dalí. Había un trabajo conjunto de artistas que se unían y formaban parte de un concepto coreográfico. Eso existía en creadoras y creadores del flamenco y la danza española. De pronto, hubo un periodo de oscuridad y luego volvió a renacer, probablemente por esos cambios políticos. Ahora quizás se detalla mejor el trabajo en colaboración. Seguramente, si imaginamos a García Lorca hablando con La Argentinita, construirían dramaturgias continuamente.

En Bilbao Square aparecen objetos ligados a su trayectoria personal: un abanico, un bastón, un libro… ¿Adónde le lleva cada uno de ellos?

La danza flamenca tiene una particularidad y es que usa objetos. Otras danzas usan el cuerpo y no necesitan nada más, pero el flamenco siempre ha tenido objetos a los que ha recurrido en un acompañamiento constante. Por ejemplo un mantón, ya no solo en la mujer, también ahora en el nombre; una bata de cola; unos palillos. Los palillos son un instrumento de la antigüedad que seguimos usando ahora: dos trozos de madera que hacen música. Pensemos en los crótalos que ya estaban antes de Cristo y nos acompañan. Los abanicos. El zapato, que tiene una función para el zapateado. Cuántos maestros he tenido que marcaban el compás con un bastón. En esta dramaturgia aparece una maleta, y es algo muy bonito, porque cuando yo llegué a Madrid en coche, con mi abuela y mi madre conduciendo, llevaba una maleta pequeña, de las antiguas, con los zapatos, una bata de cola, los palillos, los abanicos, algo de ropa… El Arbi dice una cosa muy bonita: "en esa maleta tan pequeña llevaba apretujado todo mi diminuto destino". Son elementos que forman parte de ti y son una extensión de lo que eres.

Cuando recibe el Premio Princesa de Asturias de las Artes, en 2022, baila con un mantón en la ceremonia. ¿Fue algo improvisado? ¿Cómo vivió aquel momento al lado de Carmen Linares?

Con muchos nervios, con alegría y con el cariño de Carmen, porque nos tenemos mucho cariño, además de admiración. Algo muy especial. Fue medio improvisado, porque lo decidimos casi al final, pero nos dimos cuenta de que algo queríamos hacer y dijimos ¡venga! De todas maneras, yo uso mucho los mantones, incluso en la vida cotidiana. Tengo de mi madre, de mi abuela… El que traje a Madrid me lo regaló mi abuela, y decía "este es de los que pesa, de los buenos" (ríe).

Un detalle que llama la atención de usted es su pelo; llevar el pelo suelto, natural, sin tinte y la libertad que eso simboliza.

Yo siempre he sido canosa desde muy pequeña. En una gira por la Unión Soviética en la que tenía 16 años, me vi mi primera cana y no me lo podía creer. Siempre ha sido algo que vas tapando, ocultando, porque está asociado a una edad. O también se decía de las que se dejaban las canas que iban descuidadas (ríe). ¡Imagínate! Es como una liberación absoluta, decir ¡hasta aquí llegué! Una comodidad que nadie se puede imaginar (ríe).

Un artista siempre está intentando contar una historia, expresar algo. Desde aquel espectáculo Sol y sombra, del año 90, hasta el día de hoy, ¿qué cosas tiene ahora necesidad de contar?

La creatividad evoluciona como evoluciona la persona, crece como la persona. Es el reflejo de lo que eres, y no eres lo mismo hoy que ayer, porque la vida te va ofreciendo situaciones y circunstancias. Quién iba a decir que mi madre se iba a morir el viernes, y se murió (silencio).

¿El viernes pasado murió su madre? 

Sí. ¿Tú crees que soy la misma persona hoy que cuando estaba haciendo los últimos ensayos el jueves? Somos así y la creatividad va así. Yo no bailaré de la misma manera.

Pero seguro que bailará, porque el artista se sobrepone. Como ese actor que sale a escena aunque la noche anterior ha muerto su padre o su madre. Lo lamento.

Además ella tiene mucha importancia en el espectáculo, tú lo has dicho al principio en referencia a la foto del cartel. Lo primero que se oye es su voz. Estaba así pensado y decidido antes de que sucediera todo.

Gracias, María.

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