22 de julio, 2026 - 06h30

Tan pronto empecé a trabajar en la profesión que había elegido, supe que me había equivocado, que nunca debí estudiar Jurisprudencia, que su ejercicio era horrible. (Y hablo de los años 80).

Incansablemente buscaba algo que me motivara a levantarme cada mañana y a trabajar con ilusión. En eso llegaron las hijas y, con ellas, la ilusión y las ganas de no volver a trabajar nunca más. Pero eso no era posible. Entonces volví al ruedo: a la rutina, a lo opaco, a lo horrible.

En aquella época, el Banco Central tenía una importante área cultural y una biblioteca que me hacía ojitos, no solo por el contacto con los libros que implicaba trabajar allí, sino porque todo era una ganga para sus empleados: la jornada laboral terminaba en la tarde a las 15:30, gozaban de 30 días de vacaciones al año, recibían 16 sueldos cuyo monto rebasaba la media de aquella época, tenían un comisariato baratísimo, servicio médico, uniforme y, por si fuera poco, quedaba a menos de una cuadra de mi casa.

Tenía amigos que trabajaban allí y, por ellos, me enteré de un concurso para ingresar a la biblioteca de mis sueños. Me inscribí, me presenté, gané. Todo iba teniendo sentido; las piezas sueltas de mi vida frustrada se acomodaban milagrosamente.

El proceso burocrático fue eterno, pero yo lo cumplí a cabalidad: un millón de papeles, títulos, partidas, exámenes médicos, récord policial, prueba de los uniformes… Todo, todo, todo lo concluí. Pero cuando fui a recibir mi nombramiento, resultó que las dos terceras partes del personal del Banco eran parientes míos, en todos los grados de consanguinidad mencionados por el Código Civil. Fui ferozmente rechazada.

Por mis amigos supe que los primeros finalistas del concurso tuvieron problemas con la documentación y que quien consiguió la posición en la biblioteca fue quien quedó sexto. ¡Sexto! No tercero ni cuarto: ¡sexto!

Esta historia se repite y pasa en las elecciones de contralores, fiscales, jueces, museos…

El chow (así, con CH) del concurso para la construcción del Museo Nacional y su pobre manejo me han llevado a ese recuerdo. Honestamente, no sé si reír o llorar.

Cuando vi el proyecto ganador únicamente comenté: “Si no hubiera malos gustos, no existirían medias verdes”. A mucha gente no le gustó, pero de ahí a echar al traste un concurso internacional, sacar a la viceministra de su cargo y convocar a un nuevo y apresurado concurso hay mucha improvisación. Mucha ligereza.

Los concursantes serios ya no participaron en el nuevo concurso y la acelerada elección del nuevo proyecto dio como ganador a ¡otro sexto!

Alejandro Zaera-Polo, miembro del jurado, dijo en resumen: “No podemos recomendar cosas que están mal”. El daño se ha hecho al desestimar la decisión de un jurado que miró los proyectos en detalle. Mi favorito no era el de Campo Baeza. Es un caso para escribir un libro de cómo el poder se relaciona con la experticia y cómo, de repente, se salta la experticia y monta su propia experticia...

A mí me queda la duda: ¿por qué Romina Muñoz defendió el proyecto en lugar de defender el proceso y no dejó que el jurado nos explicara el proyecto a los ciudadanos de a pie? (O)