Cuando hablamos de economía, indicadores como el PIB, las tasas de interés y la inflación suelen ser los primeros datos que analizamos.

Y aunque son fundamentales para homologar el análisis de las economías nacionales, la realidad que viven las personas en su vida diaria se mueve a una velocidad y con variables distintas.

México es un país dinámico y heterogéneo; revisar solo estas cifras es como intentar entender una compleja realidad escuchando únicamente el ruido de sus autopistas y ciudades principales, ignorando el sonido de sus mercados y plazas.

La economía real, la que se vive en el día a día, cuenta una historia más compleja.

La inflación no subyacente, aquella que golpea directamente el precio de los alimentos y la energía, ejerce gran presión sobre los bolsillos de las familias, mientras el crecimiento de los ingresos formales no logra seguirle el paso.

Es la narrativa de un apretón estructural, una que sugiere estancamiento y lucha, pero también se observa una resiliencia que está redefiniendo las reglas del juego financiero.

En ese sentido, Barómetro 2026, encuesta realizada para conocer cómo se vive el estrés financiero en México, destaca que casi la mitad de los mexicanos (49 por ciento) reporta que sus ingresos no han crecido en el último año.

Aunado a ello, un 14 por ciento ya opera en un déficit estructural, una situación donde los gastos mensuales superan sistemáticamente a los ingresos.

Pero simultáneamente, corre una segunda velocidad, la del impulso emprendedor, donde el 40 por ciento de los encuestados está utilizando el crédito como un motor de inversión, un capital para iniciar o abastecer un negocio.

Lo hemos escuchado a lo largo de los años: el ingenio y la resiliencia están en el ADN de las mexicanas. Es el motor que susurra un “sí se puede” dentro y fuera de las canchas. Frente a una economía global que se detiene, la creatividad mexicana se acelera.

El hogar ha trascendido su rol de refugio para convertirse en un activo productivo: es la oficina, el taller, el centro de operaciones de una nueva economía personal.

De acuerdo con el estudio, la mejora del hogar (30 por ciento) supera a las emergencias médicas (29 por ciento) como el principal motivo para solicitar un préstamo.

En la era pospandemia, invertir en el hogar es una inversión estratégica en productividad y patrimonio. Se trata de un cambio fundamental de una mentalidad reactiva a una proactiva.

Estas dos velocidades nos obligan a actualizar nuestros modelos. Los modelos tradicionales de calificación crediticia, a menudo anclados en el empleo formal, pueden minimizar la economía de la segunda velocidad.

No logran ver el flujo de caja de un emprendedor digital o el potencial de un negocio que opera desde casa.

Aquí es donde el ecosistema Fintech actúa como un catalizador, ofreciendo la agilidad y visión necesarias.

El gran reto para México, por lo tanto, ha evolucionado. Ya no basta con hablar de inclusión financiera, entendida como simple acceso.

El verdadero reto es la adopción y la educación financiera para que las personas se apropien de su futuro.

El crédito debe convertirse en potencializador de capacidad económica, no en una venda para tapar el moretón del estancamiento económico.

La resiliencia y la visión de las mexicanas están superando las narrativas económicas convencionales.

La pregunta para reguladores, inversionistas y la industria financiera es si seremos capaces de construir la infraestructura (regulatoria, tecnológica y educativa) para que la pista del emprendimiento no solo coexista con el “apretón estructural”, sino que termine por absorberlo.

El futuro del crecimiento económico de México no dependerá de cuál de las dos velocidades es más rápida, sino de nuestra capacidad para fusionarlas en una sola vía de progreso sostenible y equitativo para todos.