Wiam lleva más de una semana durmiendo sobre el suelo en un campo de fútbol al aire libre en la barriada de La Reina, en la periferia de Ceuta. Allí, en un recinto habilitado a toda prisa por los vecinos, comparte manta con mujeres a las que hace un mes no conocía. Tiene 23 años y llegó a la ciudad nadando, impulsada por el miedo.
"Mi padre quería abusar de mí en Marruecos y me amenazó con matarme si volvía. Necesitaba huir de él y cambiar mi vida", relata a Efe sobre la pesadilla de la que logró escapar. Su historia se entrecruza con la de decenas de madres, jóvenes y niñas que han decidido establecerse aquí de manera temporal para sentirse más seguras.
Se tumban en el suelo para descansar, sobre mantas que han cedido los vecinos o alfombras que una mezquita les ha dejado. Hay mucha precariedad: no disponen de duchas, solo tienen un baño y la mayor parte del recinto no cuenta con sombra a pesar del fuerte sol en las horas centrales del día. A diferencia de los grupos de hombres que se distribuyen por otros puntos de la ciudad, muchas de estas mujeres piden con la mirada o con gestos que no se les grabe el rostro.
A pesar de las carencias, las mujeres intentan mantener el orden en el día a día. Se ven madres doblando con esmero la ropa donada, organizando los bultos y repartiendo el alimento disponible. Para Wiam, compartir espacio de forma exclusiva con otras mujeres y niños ha sido determinante para superar el impacto emocional de la travesía.
"Aquí me siento muy segura", asegura la joven. Sin conocer a nadie al llegar, en pocos días ha hecho amigas que se encuentran en la misma situación que ella. En Ceuta, insiste, su meta no era simplemente buscar empleo, sino escapar de la desprotección y del peligro constante.
La respuesta vecinas en la periferia
Este punto de acogida en La Reina nació por la iniciativa desesperada de los residentes del barrio. "Empezaron a verse casos de vulnerabilidad extrema y violaciones entre chicas que dormían a la intemperie, por eso nos decidimos a darles cobijo y refugio", explica a Efe Abdelah Mustafa, presidente de la Asociación de Vecinos de Sidi Embarek, colectivo que abandera la organización del espacio.
Lo que comenzó como una acogida improvisada para apenas 10 personas el primer día acabó desbordándose hasta rozar las 300 mujeres y menores, ante el colapso de los recursos oficiales. Son los vecinos de la zona quienes aportan las mantas y sábanas de sus hogares para evitar que pernocten directamente sobre el suelo, también organizan turnos de vigilancia nocturna en las inmediaciones del recinto deportivo.
"Las vecinas y vecinos salimos de aquí de madrugada intentando buscar espacio a todas las que van llegando. Preferimos estar aquí, con la escasez que hay, a que estén en el monte desprotegidas", señala Abdelah sobre el esfuerzo comunitario.
Un perfil distinto: mujeres, niños y discapacitados
A los vecinos también les sorprende el perfil de quienes han cruzado en esta ocasión. "Ha sido algo muy extraño. Antes la mayoría eran hombres, pero esta vez han venido mujeres, niños, bebés e incluso chicos con discapacidad", subraya Abdelah.
"Fue como una especie de locura colectiva", rememora el líder vecinal al analizar el desconcierto con el que llegaban muchas de ellas. "Tengo casos de chicas que salieron a comprar el pan y terminaron en la playa porque les dijeron que la frontera estaba abierta, sus madres siguen esperando el pan en casa. Gente que dejó bodas a medias para echar a correr. Están en un shock absoluto porque no saben ni cómo han terminado aquí", asegura sobre la masiva llegada.
A Wiam, como a la gran mayoría de mujeres que resisten en este recinto, le gustaría conseguir el traslado a la Península para empezar una nueva vida en la que, por primera vez, no tenga que sentir miedo.