Federico de Montalvo Jääskeläinen

07/08/2026

Actualizado 08/08/2026 - 11:48h.

La conexión de Molière con la salud fue intensa, al menos, en lo que a su obra se refiere. En el 'Enfermo imaginario', el autor parisino narra la historia de Argan, hombre rico e hipocondríaco, rodeado de presuntos expertos en salud que aprovechan su falsa preocupación para cobrarle diferentes purgas inútiles.

La narración del genio francés cobra actualidad por la presente confusión entre enfermedad y malestar. Quizá todo lo inició la OMS, sin mala intención, cuando amplió la definición de salud, incorporando la dimensión del bienestar. Salud será algo más que ausencia de enfermedad, estado completo de bienestar físico, mental y social. Se otorga relevancia al sufrimiento tan desatendido durante demasiado tiempo, con una visión más rica. Sin embargo, la vasta definición ha conllevado la aparición de dos personajes netamente 'molierescos':

El ya citado paciente imaginario, sujeto que confunde ausencia de salud con malestar, infelicidad. Nueva concepción subjetiva de enfermo, basada en el mero sentimiento. La ciencia deja paso a la conciencia, las evidencias a las interpretaciones, legitimándose la autovivencia. Y ello es aprovechado, con sagacidad, por las nuevas tecnologías para brindarnos diferentes herramientas para controlar nuestra salud, creando el 'quantified self', sujeto bajo un control constante de signos y síntomas de salud, sin intervención profesional (Lupton). Ello no nos suele preservar de la enfermedad sino, todo lo contrario, puede provocarla por arte del nocebo –expectativa de daño no real que acaba convirtiéndose en daño–. Un individuo obsesionado por la salud, propenso a aceptar, sin un análisis crítico, los consejos de las redes, los chamanes, confundiendo enfermedad, malestar, tristeza vital o desesperanza. La tecnología nos ofrece el remedio y patologiza al mismo tiempo.

Además, como en la obra de Molière, no puede faltar el médico imaginario, ofreciendo nuevas purgas, sin mayor evidencia que su palabra o la del mercado. El médico especialista se retira, es metafóricamente expulsado a palos del proscenio y abandonado entre bastidores. Aparece un nuevo agente que se subtitula con insólitas denominaciones profesionales. Un nuevo mago del bienestar como se le ha llegado a tildar. Este hechicero nos dará la solución a nuestras nuevas patologías, invocando que la tristeza tiene cura, que la solución está en nuestro interior y que puede superarse la desesperanza sin creencias trascendentales, con algo más simple, nosotros mismos. La curación del mal será responsabilidad del paciente.

Y ambos personajes han encontrado un escenario perfecto para su interpretación, la empresa. Del modelo tradicional de la prevención de riesgos laborales –hemos celebrado el treinta aniversario de la ley– se pasa a otro que, bajo el término de saludable, trata de mostrar que, más allá del consustancial ánimo de lucro, se encuentra la preocupación del empresario por la salud de sus trabajadores. La empresa cuida ahora a sus trabajadores ofreciéndoles un entorno saludable con diferentes actividades vinculadas al bienestar (talleres de meditación, sesiones de control emocional, …), lo que pasa a denominarse salario emocional. El salario real se congela, pero se incrementa el saludable. «Un empleado sano es más feliz y más productivo», se repite. Y, como consecuencia de este nuevo paradigma, el trabajador que no es feliz en un espacio tan saludable algún problema grave tiene. La cultura del bienestar moraliza la salud. La ya citada responsabilidad individual sobre la propia salud, frente a las condiciones del entorno y la organización del trabajo.

Cierto que la acción de cuidar al otro, en este caso, un empleado, debe valorarse positivamente. Es un deber ético de todos e, incluso, para las empresas, una obligación legal. Sin embargo, el fenómeno de lo saludable olvida con frecuencia dos cuestiones importantes: toda acción en salud debe ser escrutada detenidamente. Hay pocas cosas inocuas en este campo. Determinadas políticas, aparentemente neutras, acaban por tener un gran impacto negativo. Sin evidencia no cabe implementación, aunque parezca inofensivo. La salud es demasiado vulnerable a construcciones socioculturales dominantes.

Además, no puede obviarse, tampoco, que la relación laboral es claramente asimétrica y lo que se ofrece como voluntario puede ser asumido como obligatorio en dicho entorno. La mayoría de las personas para las que el trabajo es una necesidad tienen una libertad limitada para elegirlo y dar forma a sus vidas de acuerdo con él. Las precondiciones de una participación libre son poco evidentes, por el propio contexto de dependencia como por la falta de información basada en verdadera evidencia científica. Cabría preguntarse, a estos efectos, si se puede, por ejemplo, promover en el ámbito laboral la práctica de pruebas genéticas o la monitorización de constantes y emociones dentro y fuera del mismo. La respuesta no es nada fácil. Pese a ello, existen iniciativas premiadas entre las empresas más saludables que las incluyen sin verdadero escrutinio científico, ético y legal. En pocos lugares es posible asistir a una mayor amalgama de lógicas dispares alrededor de la salud como en algunos encuentros en los que las empresas muestran sus logros en el ámbito de lo saludable. Y sin olvidar, además, que bajo la excusa de la promoción de la salud se pueden obtener muchos datos personales con gran valor económico.

En definitiva, asistimos a un nuevo paradigma en el que la trama ha cambiado sustancialmente sin repararse suficientemente sobre sus consecuencias. Se proclamaría la promoción de la salud en el trabajo como un fin valioso en sí mismo, sin atender a los problemas que puede acarrear su implementación. Una ética de la convicción, no de la responsabilidad, sin verdadera frónesis médica. Incluso, puede traerse a colación el ingente incremento del absentismo laboral que tanto eco tiene en la opinión pública ahora que impera esta dimensión saludable de la empresa ¿qué fue primero, el absentismo o la empresa saludable?

Y el problema de fondo radica, quizás, en que una sociedad que admite como enfermo a quien no lo es y como profesional de la salud al que no tiene más acreditación que su habilidad oratoria o tecnológica acaba por devaluar a los verdaderos enfermos y profesionales y por olvidar lo que de verdad es salud.

Federico de Montalvo Jääskeläinen

es profesor ordinario de Derecho Constitucional en la Universidad Pontificia de Comillas

  • Bienestar
  • salud
  • Tiempo
  • OMS