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Me acuerdo de ella. Era una mujer fuerte, que sonreía con intensidad arrolladora y hablaba sin pelos en la lengua. Puedo verla aún en un puesto de libros por Sant Jordi, en la Rambla de Barcelona. Los lectores hacían largas colas para que les firmase sus libros. Cercana, decidida, sus dedicatorias nunca eran un trámite. Se interesaba por la gente, quería conocer de cerca a quienes escogían un libro suyo.

La iniciativa para retirar el nombre de Isabel-Clara Simó de un instituto valenciano me deja sin palabras. No es una figura envuelta en escándalos, ni alguien cuya trayectoria haya quedado desacreditada por el paso del tiempo. No se trata de un personaje asociado a un régimen dictatorial o a una vulneración de derechos que obligue a revisar los homenajes públicos. Hablamos de una escritora, una mujer que dedicó su vida a la literatura y a la defensa de la lengua y la cultura. Isabel-Clara Simó nunca escondió sus convicciones y participó activamente en el debate público. Me parece increíble, porque los institutos no solo son edificios donde se imparten clases, sino que transmiten referentes. Sus nombres recuerdan a científicos, artistas, escritores o personas que dejaron una huella, porque su aportación merece ser conocida por las nuevas generaciones.
Me deja sin palabras la iniciativa de retirar el nombre de Isabel-Clara Simó de un instituto
Durante décadas, la presencia femenina en el callejero, los centros educativos o los espacios públicos ha sido minoritaria. Costó mucho empezar a reconocer a escritoras, investigadoras o creadoras que habían sido relegadas al olvido. ¿Qué mensaje recibe un alumno cuando descubre que el nombre de una escritora puede desaparecer porque sus ideas incomodan a una parte de la sociedad?
Quizá dentro de unos años esta polémica se recuerde como un episodio menor. O quizá quede como síntoma de una época en que la identidad cultural se convirtió en objeto de confrontación permanente. Me cuesta entender que una sociedad considere un problema el nombre de una escritora cuya mayor falta fue comprometerse con su literatura, con su lengua y con la cultura que amaba.
Sigamos recordándola como alguien que vivió y escribió con intensidad, una mujer con voz propia que firmaba libros durante muchas horas mientras conversaba, hacía preguntas, interpelaba al mundo.