Guayaquil se prepara para una nueva temporada de lluvias intensas asociada al fenómeno de El Niño.

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27 de septiembre, 2026 - 12h51

Guayaquil se prepara para una nueva temporada de lluvias intensas asociada al fenómeno de El Niño, y junto con la preparación logística surge una pregunta que muchas familias no saben cómo resolver: ¿qué les decimos a los niños?

La psicóloga Deborah Adum Serrano explica que la clave no está en prometerles que nada va a pasar, sino en transmitirles que, si algo ocurre, hay adultos preparados para cuidarlos.

“El objetivo no debería ser convencer al niño de que ‘no va a pasar nada’, sino transmitirle que los adultos sabemos qué hacer si algo ocurre”, señala Adum. La diferencia, explica, está entre negar el riesgo y afrontarlo con calma: no es lo mismo decir “Eso no va a pasar” que decir “Puede llover mucho, pero estamos preparados”.

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El peligro de las pantallas y las noticias alarmistas

Uno de los errores más comunes, según la especialista, es exponer a los niños a imágenes repetidas de inundaciones, casas destruidas o noticias catastrofistas. Lo que para un adulto es información, para un niño pequeño puede convertirse en una amenaza concreta: “Esto nos va a pasar a nosotros”.

La evidencia científica respalda esta advertencia. Una investigación realizada tras el gran terremoto de Japón de 2011 encontró que la exposición a imágenes televisivas de víctimas estuvo asociada a peor salud mental en los niños dos años después del evento, así como a mayor sufrimiento psicológico en sus padres, y que ambos indicadores estaban correlacionados entre sí. Los autores del estudio concluyeron que reducir la exposición infantil a este tipo de imágenes podría disminuir el riesgo de problemas de salud mental derivados de un desastre.

Lo que los niños observan (aunque no lo digamos)

Adum insiste en que los niños “regulan buena parte de su percepción del peligro observando a los adultos”. No basta con decir que todo está bien si el tono de voz o los gestos comunican lo contrario. “Si mamá dice ‘Todo está bien’ mientras revisa compulsivamente las noticias y habla aterrorizada por teléfono, el niño creerá más en su conducta que en sus palabras”, advierte.

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Esta idea coincide con hallazgos sobre el papel del entorno familiar tras un desastre. Estudios realizados después de incendios forestales en Australia y del huracán Katrina en Estados Unidos identificaron que la separación de los padres, los cambios en el funcionamiento familiar y la preocupación constante de los adultos están asociados estadísticamente con el estrés postraumático infantil, siendo la separación de los padres el predictor más significativo del estrés en los niños dos años después del desastre.

El contexto ecuatoriano no es ajeno a este fenómeno: una investigación con 271 niños y adolescentes de Portoviejo, realizada dos años después del terremoto de abril de 2016 en Manabí, confirmó que el trastorno de estrés postraumático es una de las consecuencias más frecuentes e incapacitantes de la exposición a desastres naturales en la niñez, lo que subraya por qué este tipo de acompañamiento emocional es tan relevante para las familias de la Costa ecuatoriana.

Preparar sin alarmar

Para explicar el fenómeno, Adum recomienda un lenguaje concreto y proporcional a la edad: “Es un fenómeno que puede hacer que llueva más de lo habitual y, por eso, las familias y las autoridades se preparan”. Ante preguntas directas, como “¿Nuestra casa se puede inundar?”, sugiere primero indagar qué hay detrás de la pregunta (“¿Qué te hizo pensar en eso?”) y responder con honestidad, sin anticipar escenarios innecesarios.

La psicóloga también propone convertir la preparación en un “plan familiar” y no en una advertencia de peligro: simulacros ocasionales, una mochila de emergencia armada en conjunto —que incluya algún objeto personal reconfortante para el niño— y una distribución clara de responsabilidades, dejando siempre en manos de los adultos las decisiones importantes.

“Los niños no necesitan adultos que les prometan un mundo sin riesgos; necesitan adultos que les transmitan que, frente a los riesgos, ellos no están solos”, concluye Adum. (I)