31 de agosto, 2026 - 07h30

Conocí a Ronald D. Lippi (n. Luverne, Mn., 1949) hace poco más de medio siglo. Fue mi profesor de inglés en el colegio. Entonces habrá sido un joven arqueólogo que hacía una chaucha (expresión quichua con la que se denomina a cosas o situaciones rápidas o eventuales). Pasaron décadas antes de que me entere de que era un reputado arqueólogo, cuyos estudios de la Costa ecuatoriana y, sobre todo, del noroccidente de Pichincha, eran citados de continuo en textos de historia y arqueología.

Así, cuando recibí una invitación de la Universidad San Francisco de Quito al lanzamiento del libro Una exploración arqueológica de Pichincha Occidental, cuyo autor era Lippi, me dispuse a asistir complacido, más cuando mi admirado amigo, Segundo Moreno Yánez, Premio Espejo 2022, me llamó para que concurra al evento. Concluida la parte formal, me acerqué al autor para que firmara mi ejemplar del volumen. No me recordó, pero le gustó que un pasajero alumno estuviese interesado en su obra y asista al acto. Comenté esto con mi hermano Juan, uno de los pocos que lo recordaba, y me dijo que él había creído que Mr. Lippi era astronauta. Le dije que no era así... como siempre, el equivocado era yo, pues a su doctorado y masterado en antropología une un título en ingeniería aeroespacial.

El tema del libro me interesa de por sí. Provengo de Cotocollao, pueblo situado en una boca de la montaña por la cual se iba al país de los yumbos, había mucha relación con los territorios del noroccidente. Caminando desde mi casa, unas pocas cuadras hacia el oeste, empezaba la carretera empedrada que llevaba a Nono y de allí a Tandayapa. Todavía esa vía es transitable, por ella venían queso, guadúa, pitahayas y muchos productos. Había interacción entre las poblaciones de la parroquia serrana y los pueblos del bosque nublado, igual que hace más de mil años. La señora que trabajó en casa de mis padres, al menos 20 años, era nativa de Pacto, pero sus padres eran de Cotocollao, olleros... por eso, una de las calles que limitaban nuestra manzana se llamaba Alfareros. Ahora tiene cualquier nombre, el pueblo del que hablo ha desaparecido.

He visitado muchas veces esta fascinante región. El libro de Lippi es altamente técnico y se debe leer con esta prevención. Sin embargo, los textos llanos que se introducen y comentan son interesantes, nos permiten vislumbrar al arqueólogo, ese ser humano que ha resuelto encontrar las claves de un pasado lejano y olvidado que bajo distintos niveles de suelo se acumularon durante siglos. También aparecen las siluetas de las comunidades en cuyos terrenos están sepultados fragmentos de instrumentos y cuerpos. Todo sometido a las ásperas condiciones de las montañas tropicales.

¿Quiénes eran los yumbos? ¿Qué relación tenían con otras culturas? ¿Cuál era su lengua? ¿Cómo eran sus dioses? Duro oficio el de arqueólogo en este país, empeñado en sepultar la memoria de sí mismo. Qué difícil entender esta disciplina, cuya tarea, como la de toda ciencia, está en descubrir nuevas preguntas. Cada puerta que se abre da a un espacio con varias puertas cerradas. En cambio, los políticos y los hombres de negocios quieren certezas, “verdades”, aunque sea así, entre comillas. (O)