
6 de octubre, 2026 - 06h00
Con pocos días de distancia se han realizado, respectivamente, las ferias del libro de Guayaquil y de Quito. He participado en ambas y quizá pudiera señalar algunos puntos fuertes, así como debilidades que se podrían subsanar y que, a fin de cuentas, no dependen exclusivamente de los organizadores sino del sistema librero y editorial del país, en el que todos deberían participar, advirtiendo que se ha superado con éxito la incidencia política que tergiversa lo que debe ser un evento abierto a distintas tendencias, sin utilizarlo como una plataforma propagandística.
Sin duda, la institucionalidad que ha logrado la Feria del Libro de Guayaquil la ha convertido en el principal evento cultural de la ciudad y una feria de referencia para el país. El trabajo liderado por un equipo continuo a lo largo de los años, bajo la batuta de Cecilia Ansaldo como presidenta del Comité de Contenidos, y la ubicación sostenida en el mismo lugar, Expoplaza, son parte importante de las razones de su éxito. ¿Qué irá a ocurrir si se retira Cecilia Ansaldo? ¿Cuál es la situación del financiamiento y apoyo económico que recibe esta feria? Estos son temas por dilucidar, pero de cualquier manera los resultados ejemplares dan una pauta sobre cómo se debe proceder en este tipo de eventos.
Continuidad es la palabra clave que debería cifrarse para la Feria del Libro de Quito. A inicios de año, la administración del Municipio de Quito anunció que cancelaba la feria, con el argumento de que las nuevas reformas al Código Orgánico de Organización Territorial, Autonomía y Descentralización (Cootad), vigentes desde febrero, limitaban legalmente el uso y ejecución de los recursos públicos municipales. La organización fue asumida por el Gobierno central. La Cámara Ecuatoriana del Libro se coordinó con el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional del Ecuador Eugenio Espejo, quienes financiaron y estructuraron la feria en tiempo récord. Han logrado un trabajo notable, aunque me resuena cuál es el papel de la Biblioteca Nacional en la organización de la feria, cuando ella misma requiere una labor enorme y un presupuesto que debe crecer para ella sola, en la reactivación que lleva en curso los últimos años. Si este es el esquema operativo, es de esperar que se sostenga y consolide en los próximos diez años. Pese al brevísimo tiempo de convocatoria, la Feria del Libro de Quito resultó eficaz con su ubicación en el Centro de Exposiciones del parque La Carolina, con acceso gratuito para el público y una variada oferta de libros, más de cien estands, así como doscientas actividades culturales y la participación de cincuenta escritores invitados, tanto internacionales como nacionales y de literatura infantil y juvenil. El papel de la Cámara Ecuatoriana del Libro es fundamental porque acoge, desde la realidad concreta del libro, y no desde discursos ideológicos y partidistas, la situación editorial del país. Malacostumbrados a una suerte de quejas y reclamos fanáticos, sin ningún calado, la realidad editorial del país exige trabajar con parámetros centrados. Los verdaderos problemas son otros, y a ellos quiero referirme.
Ambas ferias adolecen de algo que se debería trabajar con visión de futuro. Una feria internacional del libro requiere la presencia mayoritaria de sellos editoriales, especialmente internacionales. Mientras que los sellos ecuatorianos sí están presentes, es el intercambio con las editoriales extranjeras el que establece los diálogos de proyección. Pese al esfuerzo que hacen grandes cadenas libreras, así como libreros expertos en libros de segunda mano, una feria editorial de carácter internacional no puede tener como muestra generalizada el perfil de una feria de libreros. ¿Dónde estaban las casetas o pabellones de los grandes sellos editoriales en lengua española como Planeta o Penguin Random House, dónde Seix Barral y Anagrama, Pre-Textos, Paidós, Crítica, Abada, Periférica, La Huerta Grande, Ladera Norte, Fulgencio Pimentel o Shangrila? ¿Dónde sellos independientes de América Latina como Mansalva, Eterna Cadencia, Peisa, Cuenco de Plata, Panamericana, Caja Negra, Entropía, LOM, Luna Libros, Valparaíso, Álbum del Universo Bakterial, Rey Naranjo, Personaje Secundario, Angosta Libros, Adriana Hidalgo o Beatriz Viterbo? La diferencia puede sonar muy sutil, e incluso a muchos podrá parecer innecesario lo que comento, porque algunos de los libros de esas editoriales estaban en los puestos libreros. Pero no es así. La diferencia es decisiva. La presencia directa de los sellos editoriales internacionales hace que el diálogo sea profundo y revelador por encima de los dos o cinco títulos emblemáticos de cada sello. Si no se produce esa presencia editorial internacional es porque no se termina de comprender el papel decisivo que tienen. Conviene recordar que lo que habitualmente ocurre en nuestros países vecinos, y que Ecuador lo tuvo hasta la llegada del gobierno de Rafael Correa y su instrumentalizada gestión con la cultura editorial, fue la presencia de casas editoriales internacionales como Planeta y Alfaguara, que editaban e imprimían en el país, hasta que se impusieron medidas gubernamentales que provocaron el cierre de sus operaciones de edición nacional. La degradación del sistema editorial y librero también nos ha llevado a la situación inverosímil de que no existen distribuidoras independientes. La liquidación de Correos del Ecuador y la inoperancia de su reemplazo con Servicios Postales del Ecuador, en lo que respecta a tarifas preferenciales para bienes culturales, hace prácticamente impagable el envío de libros y la llegada de estos desde el extranjero, con los precios desproporcionados de las empresas de courier, que también cobran a quien recibe un envío, por no hablar de las trabas aduaneras arbitrarias que dificultan la llegada de libros. Atribuir solo a los organizadores de las ferias esta situación de carencia no abarca la dimensión real del problema. De alguna manera, estudiar el fenómeno de nuestras ferias del libro evidencia estos problemas que dan cuenta de la gran crisis editorial y cultural que vive el país. No serán las ferias las que corrijan el problema, sino políticas reales, concretas e inmediatas del Estado, y gestiones más dinámicas de la sociedad civil que, aunadas, puedan abrir una verdadera cultura editorial y librera que dé salida propia a la gran creatividad que se ha desatado las últimas décadas en el Ecuador y que ha tenido que recurrir al exilio editorial para encontrar canales dinámicos. (O)