Mamá sacaba los boletos. El señor que manejaba parecía poderoso. Algunos tenían buen humor, respondían con amabilidad. Saludaban compañeros que venían por la mano contraria de la avenida. Era un lugar de privilegio: manejar. Ser dueño del coche. Para algunos, todo un horizonte. Y no siempre encerrado en algún proyecto posesivo, ególatra, todo fálico, no. Las ganas de encontrar un lugar donde registrar que algo de lo personal se explaya, se pone a prueba de la buena manera. Como un Papá. No sabemos qué le pasó o qué le pasa al caballero que hace unas horas se apropió de un colectivo de línea y transitó su recorrido, levantó pasajeros, hizo el trabajo de cualquier chofer, hasta que el roce con otro coche puso en evidencia el hurto que estaba cometiendo. ¿Cómo pensar en las actuales coordenadas subjetivas un hecho de tales características? Hoy transitamos un escenario en que los jóvenes –varones en su mayoría– se suicidan porque no encuentran una salida para eso que llaman futuro. Cuando pareciera que el rol masculino no encuentra vías por donde la sensibilidad, la convicción y el coraje se aúnen en el semblante varonil. Cuando el lugar del trabajo se encuentra penosamente degradado por la palabrería del dinero fácil que vende la mentira financiera. Cuando portar un celu en las manos no supone otra cosa que obedecer las pautas, reglas que manejan otros a miles de km de distancia. ¿Cuándo empieza nuestro recorrido? ¿Hacia dónde vamos? Y sobre toda otra cuestión: ¿Quién nos está conduciendo?
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