“Yo voy viendo en mi cabeza lo que no ven mis ojos. La música me transmite imágenes”, explica. La suya es una historia de superación. De resiliencia. De inspiración. Pero ella es mucho más que eso. Eliana Manzo quedó ciega a los 20 años. Fue perdiendo la vista de a poco. En 2004, entrenaba ocho horas por día como gimnasta, pensando en presentarse en los Juegos Olímpicos de Atenas, cuando empezó a notar que ya no podía leer con claridad. Entonces no solo se tuvo que retirar de esa actividad, sino que también empezó a tener dificultades para estudiar los libretos de su otra pasión, que era el teatro. Y, después, empezó a distinguir solo algunos destellos de colores, hasta que tuvo que aprender a convivir con la oscuridad total.
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