Qué subidón, ganar un Mundial. Días después, uno sigue encontrando en las aceras restos desperdigados de oxitocina, de esa hormona de la felicidad compartida de cuya producción industrial hacemos bien en recelar. Ganar un Mundial es de las formas menos peligrosas de darnos un chapuzón colectivo de autoestima y también la más automática de aplicar el principio fundacional del utilitarismo: La mayor felicidad para el mayor número de personas. Qué pensaría su autor, el dieciochesco Jeremy Bentham, ante esta aritmética futbolera del bienestar. Siendo subrogada, la felicidad de ganar un Mundial tiene el don de la explosividad, sobre todo cuando hay una prórroga por medio, a pocos minutos de los penaltis, con los miocardios a pleno rendimiento. Una felicidad estruendosa y liberadora, inmerecida por el ciudadano común, ajena a los manuales clásicos, de la calidad de una escopeta de feria o de una piñata al romperse, pero una felicidad memorable de las que nunca se olvidan, de las que obran el milagro de aliviar por unos días los dolores de articulación de una sociedad polarizada. Quizá esta es la mayor felicidad simultánea a la que pueden aspirar los países que no son los primeros en poner un pie en la Luna y echarlo por la tele. ¿Cuántas veces sobre este territorio tantas personas habrán sentido al mismo tiempo similar alegría como al meter un gol Iniesta o Ferran Torres? ¿No es algo histórico, reseñable en la Historia de la Felicidad, patrocinada por Coca-Cola? Busquen un acontecimiento parecido en términos de utilitarismo benthamniano, de felicidad al peso, que no lo encontrarán.
...