
Los vínculos cambian no solo por la influencia de las partes que lo componen, sino por los contextos sociales y culturales que los abarcan. Y los vínculos amorosos no quedan al margen. Hay cada vez menos tiempo y energía para dedicarle. Y cuando esto sucede se convierte en una excepción cuando debería ser una regla o, mejor dicho, un grato compromiso mutuo.
En los primeros años de relación, la predisposición a estar juntos es mayor y está más sujeta al deseo que al tiempo que queda libre. El deseo encuentra esos momentos sin importar la hora o las actividades a realizar el otro día. Se prioriza el vínculo y no las responsabilidades cotidianas. Y no es una cuestión de edad: los jóvenes pueden ir a trabajar sin dormir, en cambio, los adultos (de mediana edad) no llegamos a la medianoche.
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Si bien es cierto que el rendimiento físico y mental puede bajar con la edad, en temas de amor y sexo las parejas de adultos maduros buscan más actividades placenteras como pauta de bienestar personal y vincular.

La autonomía es parte fundamental del desarrollo humano, sin ella nos volveríamos dependientes del otro, sin poder dirigir las conductas personales según un criterio propio.
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El individualismo, en cambio, prescinde y rechaza las normas o las convenciones sociales subordinándolas a su forma de pensar y de actuar. El sujeto autónomo tiene sus puntos de vista, su filosofía de vida, sus pautas de cuidado y puede hacer reformulaciones cuando se siente abrumado, exigido o presionado por el otro.
La autonomía dentro del vínculo permite concesiones sin vulnerar la dimensión personal. La autonomía permite ceder sin renunciar, en cambio el individualista no se corre ni un ápice de lo que piensa; cree con convicción, no pone en duda su comportamiento, es más, lo justifica con argumentos que suelen parecer absurdos ante los ojos de los demás.
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Los modelos vinculares cambian con el tiempo por las experiencias vividas más la influencia del ambiente. La competitividad por lugares de trabajo, el estimativo de rendimiento (casi siempre alto), cumplir con las convenciones sociales (pareja, convivencia, vivienda, hijos, organización de la vida cotidiana) son algunos de los determinantes que obligan a las parejas a ceder sus espacios. Y si algo de tiempo queda para estar juntos, muchas veces las redes sociales harán lo suyo para quitar esa oportunidad de encuentro.
Casi sin darnos cuenta, se naturalizan infinidad de situaciones, convirtiendo la relación en una suma de individualidades que buscan gratificaciones personales para no sentir que el vínculo es otro factor estresante.
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Para la dinámica psíquica es más ventajoso conseguir refuerzos por y para uno mismo que negociar o acordar con el otro. Así la defensa de lo propio se convierte en un objetivo: tiempos laborales, uso de las redes o de IA, objetivos de progreso, grupo de amigos/amigas, gimnasio, dieta especial o mirar porno.
El cronograma diario se ajusta más cuando hay hijos, que deben cumplir con horarios y un sinnúmero de actividades para que repitan en el futuro el modelo de rendimiento.
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Cuando el sexo rescata

En este contexto de tironeo, el sexo puede convertirse en una vía de salida vincular gratificante, un encuentro con uno mismo y con el otro desde un lugar de placer. Sin embargo, “meterse en la cama” con la mochila del día no es la mejor opción.
La capacidad de adaptarse a pasar del escenario de responsabilidad por uno de gratificación requiere de un movimiento interno que no muchos pueden afrontar.
Si hay deseo puede haber erección, lubricación y orgasmos como respuestas fisiológicas al contacto, pero lograr la satisfacción requiere de tiempo y focalización en el contacto, lo que se ha dado en llamar “conciencia plena”.
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Frecuencia sexual no es lo mismo que satisfacción sexual. Cuando el contacto no ha sido una mera descarga de tensión sexual, lo vivimos como una oleada de valoración personal y del vínculo. Nos sentimos plenos con nosotros mismos y con el otro.
El compromiso ahora es mejorar la comunicación, promover el contacto interpersonal, ser más flexibles con los compromisos personales y dejar de creer que el vínculo “funciona solo”, sin ninguna intervención.
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