
Carlos Zanón
06/08/2026 06:00 Actualizado 06/08/2026 06:42
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La estación se remonta al apeadero del barrio de la Bordeta y a la propia estación de Sants que se puso en marcha en 1881. Cambios y fusiones empresariales llevaron a finales de los sesenta del siglo pasado a construir la estación de Sants como la conocemos ahora, eternamente en obras. La propia estación o las plazas de alrededor, Països Catalans o Joan Peiró, barrio de Sants-Montjuich. Y alrededor, una hilera constante de taxistas con un plan urbanístico fácil y sencillo para salir de esa trampa que es esta estación de trenes si accedes a la misma en coche.
En una ocasión me hospedé en el hotel que está encima de la estación, el Barceló Sants, decorado con tintes futuristas Kubrick. Por causas que no vienen al caso, me quedé sin sitio donde dormir. Fue extraño ser huésped en mi propia ciudad, que suena a canción de Elvis de los 70. En el Barceló-Sants puedes elegir entre la habitación Orbital –con o sin cama extra, Suite o Family Suite– o la Stratosphere –en las plantas más altas, con vistas espectaculares–. Creo recordar que elegí la Orbital. No fue una gran semana aquella, pero luego el destino me recompensó con una noche bonita con aire acondicionado. Pero de los hoteles y sus habitaciones hablaremos mañana. Hoy nos centramos en ese animal feo, esencial y desagradable para los barceloneses que es la estación de Sants, ese Polifemo nuestro, en aquella cueva a la que vas y sales corriendo antes que se despierte y te atrape.
Si se ideó para que nadie se quedara más del tiempo necesario en ella, es todo un éxito
Pasarse unas horas en Ikea o El Corte Inglés, dentro de las estaciones del metro o en un Alcampo acaba siendo destructivo para mente, piernas y corazón, pero nada es comparable con la estación de Sants. Si el propósito de su construcción fue que nadie se quedara más del tiempo necesario dentro de ella, estaríamos hablando de uno de los mayores éxitos arquitectónicos de la ciudad de Barcelona, porque nadie está a gusto aquí. Ni tan siquiera cinco minutos. Ni los que esperan, aguardan, buscan o hacen colas. Ni los que tratan de saber cómo matar el tiempo ante la salida de su tren o evitar la desazón de una espera. No es casualidad que la mayoría de las personas sin lugar en el que dormir y sin poder pagarse una Orbital o una Stratosphere prefieran sentarse sobre cartones o en el suelo, fuera de la estación, haga frío o calor. Porque el interior va más allá de lo feo e incómodo. La estación de Sants no les debe caer bien ni a los trenes. Es difícil conseguir que la gente no esté sentada ni mucho tiempo. Esta estación lo consigue. Todos esos sentimientos –parecido a estar en una comisaría esperando salir a la calle o a declarar ante el juez– destruyen la melancolía inherente a una estación de trenes, ese lugar de encuentros y partidas, de decisiones y principio del olvido o el recuerdo. Sants es nuestro no lugar barcelonés por excelencia, creado por la saturación de producción, en este caso, de viajeros.
Por todo ello aún enternece ver gente despidiéndose o encontrándose en un abrazo y mucho más, llorar, sin poder evitarlo. Tienen tanto valor esas lágrimas en estos tiempos donde podrás hablar e incluso seguir viendo a la persona por la que lloras y que se aleja en la cola hacia el control de seguridad. No son las lágrimas de ayer o mucho antes de ayer cuando una despedida era el silencio solo roto por cartas escritas o fotografías o postales con unas pocas líneas que te decían que se acordaban de ti, pero con días entre medio, nada inmediato. Aún se llora. Pero debería llorarse mucho más para hacer algo con este lugar. Llorar o reír, pero algo que no sea tan transitorio, tanto que ni las cafeterías son cálidas, limpias o acogedoras.
Siguen haciendo obras. Quizás lo consigan. Una estación con un cierto ánimo de afectarnos –desde lo estético a lo emocional– es esencial en nuestra formación humana. Nos quedamos en la estación y hemos de aceptar la partida de quien se va. En algún momento hemos de tomar un tren para dejar lo conocido, para no ir a ninguna parte. O bajarnos del tren en marcha. O seguir mirando por la ventana, aceptando que el paisaje es otro, que debe de ser otro. Todo eso no está aquí quizás porque es una estación donde no ves los trenes. Están escondidos bajo tierra como si fueran otra línea de metro más, que va a cualquier sitio que no vale la pena. Al no verlos solo entramos en esa estación de acero, hormigón y cristal, sorteamos gente, aceptamos una fila, bajamos al submundo. O esperamos a Eurídice que regresa de él. Eso es lo mejor de Sants-Estació: que, escapando, nunca miras atrás, no conviertes a la persona amada en estatua de sal.