Toda nueva tecnología tiene peligros inherentes. Es lógico cuando nos paramos a pensarlo. No importa cuán beneficiosa sea una tecnología, siempre va a tener algunos usos negativos inevitables que tenemos que tener en consideración. Pero, ¿qué ocurre cuando una tecnología no parece tener ningún uso positivo? Los usos negativos existen, por más que mucha gente insista en que no es el caso y en que siempre depende de quien use la herramienta, no de la herramienta en sí. Y el ejemplo más pertinente que estamos viviendo actualmente podría ser el de las gafas con IA.
Aunque se nos vendieron como una nueva tecnología revolucionaria, su adopción está siendo muy lenta y se está viendo con mucha suspicacia. Y no faltan razones. De momento, para muchos, están creando más problemas que soluciones. Todo apunta a que no todas las tecnologías tienen usos positivos.
Sus defensores tienen claras sus ventajas. Tener una IA siempre encima permite todas las ventajas de la IA, pero de una manera inmediata. Poder traducir al vuelo cualquier idioma, poder reconocer imágenes y buscarlas en Internet al instante o incluso grabar conversaciones o buscar de forma rápida cualquier cosa que les llame la atención son las grandes apuestas de por qué es tan interesante esta tecnología. Afirman que es un enorme paso adelante con respecto a la actual tecnología móvil.
El problema, según sus detractores, es que no solo hacen eso, cosas que, en cualquier caso, ya pueden hacer los teléfonos móviles. También añadirían toda una capa de problemas sociales que no tienen los teléfonos móviles por su propio diseño, pero que sí tienen las gafas. Sobre todo, uno muy concreto: todos aquellos relacionados con la privacidad de las personas que se encuentran por la calle.
Podrían hacer más inseguro el espacio público para todos
Las gafas inteligentes son capaces de grabar vídeos, conversaciones y hacer fotografías en cualquier momento y situación sin que las demás personas involucradas se den cuenta, a pesar del “LED chivato” que se enciende al grabar. Y esto, para muchos, es un problema evidente. Muchas personas se sienten incómodas sabiendo que cualquiera podría grabarles en mitad de la vía pública, a plena vista, haciendo uso de sus gafas. Un problema que con los teléfonos móviles no existe de la misma manera: hace falta apuntar al sujeto, mirarlo, hacer evidente que se le está grabando o haciendo una foto, lo cual no se hace tan evidente con unas gafas.
Esto, que ya es objeto de controversia en la vía pública, puede resultar especialmente problemático en ciertos contextos más distendidos. Por ejemplo, en las playas públicas, algunas mujeres han empezado a abstenerse de hacer topless por miedo a que las graben o fotografíen con gafas inteligentes. Del mismo modo, en clubs y discotecas, algunas personas ven cómo sus momentos más vulnerables a causa del alcohol quedan registrados sin que se den cuenta, a través de estas mismas gafas.

Todo esto podría convertirse en un problema mayor cuando pensamos que ni siquiera es necesario que estemos haciendo nada que se pueda sacar de contexto. Cualquier persona con estas gafas puede sacarnos una foto sin que lo sepamos y hacer una búsqueda en Google para, en tiempo real, localizar nuestras redes sociales o hacer una búsqueda sobre nuestra información personal de toda clase. Esto, para muchos, entraña algunos peligros muy evidentes. Especialmente para las mujeres.
Una brecha de seguridad siempre activa
Las empresas no pueden asegurar lo que hacen con tus datos
Todo esto tendría un problema añadido: las gafas inteligentes envían toda la información que registran a los servidores en la nube de sus empresas, donde las imágenes son revisadas por equipos de moderadores. Y, si quisieran, las marcas podrían activar la grabación en cualquier momento. Cuando sea. Esto también implicaría una vulneración de la privacidad de quienes las poseen, que están vigilados las veinticuatro horas del día, sean conscientes o no, lo cual, en caso de producirse, convertiría al dispositivo en todavía más problemático. Incluso se ha podido saber que Meta está gestando unas gafas de grabación continua de audio.
Porque si bien es cierto que las empresas afirman que utilizan la información recabada solo para asegurar el buen funcionamiento de las gafas y la no violación de los contratos, y que no guardan ningún registro de datos ilegal, se conocen ya otros casos de empresas tecnológicas que han guardado registros de datos ilícitamente. Confiar en que no están guardando información muy valiosa que se les ofrece de forma gratuita, mientras, sin motivo aparente, no paran de empujar por la implementación de una tecnología por la cual no parece haber un verdadero interés en la sociedad, podría resultar sospechoso para ciertos observadores. Y tendría sentido si hubiera un interés detrás.
Esto es especulación. Pero lo que no es especulación, según sus críticos, es todo lo demás. Que pueden grabar en cualquier momento, que podrían violar la privacidad tanto de quienes no las usan como de quienes las usan, que podrían ser un problema de seguridad para las personas. Y lo hacen por diseño.
Es posible que las gafas inteligentes tengan un uso legítimo. La cuestión es que, a día de hoy, los usos legítimos que tiene se pueden hacer con un teléfono móvil, y todos sus demás usos consisten, según sus detractores, en vulnerar la privacidad de todas las personas que rodean a quienes las usan. Para muchos, resulta difícil concebir cómo las gafas inteligentes, a día de hoy, no son algo más que un peligro para la sociedad. Dicho esto, siempre cabe la posibilidad de que el futuro nos sorprenda.

Periodista y escritor. Cultura, videojuegos, política y filosofía es lo mío, pero seguro que me lees hablando de alguna cosa más.