
Las vacunas reducen el riesgo de enfermedad grave en la mayoría de las personas, pero su efecto no es igual en todos los casos. Mientras algunas personas desarrollan una protección intensa y duradera, otras alcanzan una respuesta más limitada.
Esa desigualdad intrigó durante años a la investigación biomédica. Ahora, un equipo liderado por Arizona State University identificó una pista para explicar por qué incluso personas sanas pueden responder de manera muy distinta ante una misma inmunización.
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Antes de recibir una vacuna, la sangre ya podría contener indicios sobre la reacción posterior del sistema inmune. Un estudio publicado en Cell Reports Medicine analizó muestras de más de 4.000 personas y detectó patrones vinculados con respuestas más fuertes o más débiles frente a la vacunación contra COVID-19.

El trabajo sugiere que la llamada preparación inmunológica, una forma de describir cuán listo está el sistema de defensa antes de recibir una vacuna, podría medirse a partir de una “huella” de anticuerpos ya presente en la sangre.
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Los investigadores midieron anticuerpos contra 185 antígenos, un término técnico que alude a moléculas que el sistema inmunitario reconoce como blanco. Se trata de una especie de archivo biológico de encuentros previos con virus, bacterias u otros desencadenantes.
“Ciertos biomarcadores, cuando se analizan con inteligencia artificial, pueden predecir quiénes tienen más probabilidades de responder bien a una vacuna, incluso antes de recibirla”, afirmó Joshua LaBaer, director del Biodesign Institute y del Virginia G. Piper Center for Personalized Diagnostics, según el comunicado institucional.
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Según explicó, ese hallazgo sugiere que algunas personas podrían estar más preparadas inmunológicamente que otras. La expresión biomarcadores alude a señales medibles del organismo; en este caso, rastros en sangre que permiten inferir cómo podría actuar el sistema inmune.

De acuerdo con la universidad, el análisis incluyó 8.687 muestras de 4.089 participantes, entre voluntarios sanos y personas con condiciones o tratamientos vinculados con inmunosupresión. Esa categoría técnica refiere a un sistema de defensa debilitado o limitado, ya sea por enfermedades o por terapias médicas.
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Según se detalla en el estudio, entre esos grupos había personas con VIH, mieloma múltiple, cáncer de órganos sólidos, enfermedades autoinmunes, enfermedad inflamatoria intestinal y trasplantes de órganos.
La hipótesis no apuntó a un solo anticuerpo, sino a una combinación de señales. Para eso, el equipo utilizó inteligencia artificial, una herramienta informática entrenada para detectar patrones complejos en grandes volúmenes de datos. El sistema comparó miles de mediciones al mismo tiempo para reconocer configuraciones que, a simple vista, resultan difíciles de advertir.
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El estudio encontró una relación entre niveles más altos de ciertas defensas preexistentes y una respuesta más robusta a la vacunación contra COVID-19. Entre esas señales figuraron las asociadas con microbios comunes como Staphylococcus aureus, el virus sincicial respiratorio y el respirovirus humano 3.
Los investigadores las describieron como “anticuerpos centinela”, porque no actúan de forma directa contra el virus que busca prevenir la vacuna, sino que reflejan el estado de preparación del sistema inmunitario. En términos sencillos, funcionan como una alarma que permite anticipar la capacidad de respuesta del organismo.
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El estudio también mostró que la inmunosupresión se asoció con una menor respuesta a la vacunación, aunque esa condición no funcionó como predictor absoluto. Según se detalla en el trabajo, algunos integrantes de esos grupos desarrollaron una respuesta fuerte, mientras que entre 5% y 6% de las personas sanas tuvieron una respuesta débil. El dato reforzó la idea de que el estado clínico general, por sí solo, no basta para anticipar el efecto de una vacuna.
El equipo analizó la huella completa de anticuerpos para detectar perfiles asociados con respuestas fuertes o débiles tras la vacunación, a partir de muestras tomadas antes de la aplicación.
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El comunicado también planteó que la estrategia podría contribuir a una vacunación más personalizada. En vez de asumir que todas las personas parten del mismo punto, este enfoque propone observar la situación inmunológica propia de cada paciente. Según la investigación, esa información podría servir en el futuro para identificar quiénes necesitan dosis adicionales, seguimiento más cercano o medidas alternativas de protección.
El estudio no presentó estos resultados como una aplicación inmediata. Según se detalla en el trabajo, los autores señalaron que los hallazgos deberán confirmarse con más investigaciones y con otras vacunas.
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Aun así, el resultado introduce una línea de trabajo concreta: evaluar la disposición del sistema inmune a partir de su historial de anticuerpos, antes de decidir cómo proteger mejor a cada persona.
Ese horizonte plantea que la respuesta a las vacunas no sería una reacción uniforme, sino una capacidad biológica que podría medirse y compararse de manera anticipada.