El corazón político de la OTAN está condensado en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte: un ataque armado contra uno de sus miembros será considerado un ataque contra todos

El corazón político de la OTAN está condensado en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte: un ataque armado contra uno de sus miembros será considerado un ataque contra todos

Las guerras entre grandes potencias no necesariamente comienzan con una declaración de guerra. Muchas veces empiezan antes, cuando una de ellas intenta descubrir hasta dónde puede avanzar sin que la otra responda.

Ese puede ser uno de los fenómenos más relevantes de la actual etapa de la guerra de Ucrania.

PUBLICIDAD

Durante más de cuatro años, Occidente construyó su estrategia sobre una distinción deliberadamente ambigua: ayudar a Ucrania a combatir contra Rusia sin combatir directamente contra Rusia. Armamento, municiones, financiamiento, inteligencia satelital, entrenamiento, tecnología y apoyo logístico occidental sostienen buena parte del esfuerzo militar ucraniano.

La arquitectura política de esa estrategia supone que existe una línea entre asistir a un beligerante y convertirse en beligerante.

Vladimir Putin parece decidido a averiguar dónde está.

El corazón político de la OTAN está condensado en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte: un ataque armado contra uno de sus miembros será considerado un ataque contra todos.

PUBLICIDAD

Pero su verdadero poder no reside en su aplicación sino en la certeza del adversario de que será aplicado.

Eso es disuasión. Y toda disuasión depende de la credibilidad.

¿Qué sucede si un dron ruso ingresa en territorio de la OTAN? ¿Si un misil impacta algunos kilómetros dentro de Polonia? ¿Si un cable submarino es destruido? ¿Si una infraestructura crítica europea sufre un sabotaje cuya autoría resulta deliberadamente difícil de demostrar?

PUBLICIDAD

Ninguno de esos acontecimientos, aisladamente, parece suficiente para desencadenar una guerra entre potencias nucleares.

Precisamente allí reside el problema.

Entre la paz y la guerra existe una extensa zona gris en la cual pueden desarrollarse acciones hostiles sin alcanzar inequívocamente el umbral que obligaría a una respuesta militar. Rusia parece operar cada vez con mayor comodidad dentro de ella.

PUBLICIDAD

Polonia constituye probablemente el punto más sensible. Varsovia ha debido activar reiteradamente sus sistemas de defensa frente a ataques rusos sobre Ucrania occidental. La OTAN denunció violaciones de los espacios aéreos polaco y rumano y advirtió sobre una creciente tolerancia rusa al riesgo.

El reciente ataque con drones contra infraestructura ferroviaria en Yahodyn, junto a la frontera polaca, introdujo un elemento todavía más inquietante. Poco antes había transitado por allí una formación diplomática que transportaba personalidades occidentales, entre ellas el ex primer ministro británico Boris Johnson y el exdirector de la CIA David Petraeus. La empresa ferroviaria ucraniana consideró altamente probable que aquella formación pudiera haber constituido el objetivo.

PUBLICIDAD

No existe evidencia pública suficiente para afirmar que Rusia intentó eliminarlos. Pero el dato estratégico es otro: que semejante hipótesis resulte hoy verosímil.

Y que haya ocurrido prácticamente en las puertas de la OTAN.

Ucrania continúa combatiendo porque detrás de su frente existe una gigantesca retaguardia estratégica occidental.

Los sistemas de armas, municiones, repuestos, recursos financieros e inteligencia llegan desde Europa. Las fronteras occidentales de Ucrania son por eso arterias estratégicas del conflicto.

PUBLICIDAD

Desde la perspectiva estrictamente militar, destruir un tanque ucraniano en el frente o destruir el ferrocarril que transportará diez tanques hacia ese frente responden a una misma lógica.

El problema aparece cuando se sigue esa cadena logística hacia atrás, porque inevitablemente conduce a territorio de la OTAN.

Gran Bretaña representa otro escenario particularmente sensible. La actividad naval rusa en sus proximidades aumentó y la denominada “flota fantasma” navega regularmente por el Mar del Norte y el Canal de la Mancha.

PUBLICIDAD

Pero debajo de esos buques se encuentra algo estratégicamente más importante: cables de fibra óptica, conexiones energéticas e infraestructura submarina de la que dependen comunicaciones, sistemas financieros y economías enteras.

Las recientes operaciones occidentales destinadas a vigilar y proteger esas redes muestran hasta qué punto la conectividad dejó de ser solamente infraestructura económica, para convertirse en un objetivo estratégico.

PUBLICIDAD

En el siglo XXI no es necesario bombardear Londres para afectar seriamente a Gran Bretaña.

En este contexto adquiere especial significado el extraordinario viaje realizado a fines de agosto por el director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú.

Fue una visita no anunciada. Permaneció aproximadamente ocho horas y mantuvo reuniones con autoridades de los servicios de inteligencia rusos. Informaciones posteriores señalaron que entre los mensajes transmitidos habría existido una advertencia contra una escalada de las operaciones rusas sobre países de la OTAN.

Los directores de la CIA no viajan secretamente a Moscú, en medio de una guerra de esta magnitud, por cuestiones protocolares.

Existe además una paradoja conocida por quienes estudiaron la Guerra Fría: cuanto más peligrosa se vuelve una confrontación entre potencias nucleares, más importantes se vuelven los canales reservados entre ellas.

No porque exista confianza; precisamente porque no existe.

Tal vez Ratcliffe no viajó a Moscú solamente para hablar de Ucrania, sino para hablar de aquello que puede venir después de Ucrania.

Putin, mientras tanto, endureció deliberadamente su advertencia hacia Gran Bretaña y Francia. Moscú sostiene que existe un punto en el cual proporcionar armamento, inteligencia, financiamiento o capacidades militares a Ucrania deja de constituir asistencia y convierte al proveedor en participante efectivo de la guerra.

La diferencia no es semántica, es estratégica.

Porque un Estado que ayuda a un beligerante continúa siendo un tercero. Un Estado considerado beligerante puede transformarse en objetivo.

Rusia no necesita invadir Polonia para poner a prueba a la OTAN. Sería una decisión extraordinariamente peligrosa frente a una alianza que dispone de una abrumadora superioridad económica y militar agregada y, además, capacidades nucleares.

Existe una alternativa mucho más sofisticada.

Avanzar mediante pequeños acontecimientos cuya gravedad individual nunca parezca suficiente para justificar una guerra.

Un dron, una incursión aérea, un sabotaje, un ciberataque, un cable submarino, una instalación logística, un ferrocarril a centenares de metros de una frontera.

Cada episodio obliga a Occidente a tomar una decisión.

Si responde militarmente, Moscú puede acusarlo de haber provocado la escalada; si no responde, Rusia obtiene información y descubre hasta dónde puede avanzar.

Eso es testear una disuasión.

El artículo 5, además, suele ser presentado de manera excesivamente automática. No existe un interruptor que, frente a cualquier incidente, coloque inmediatamente a toda la Alianza en guerra. El tratado establece que cada miembro adoptará las acciones que considere necesarias, incluido eventualmente el empleo de la fuerza armada.

Por eso detrás del poder militar existe una cuestión mucho más importante: la voluntad política.

¿Estados Unidos arriesgaría una confrontación nuclear porque un dron destruyó una instalación en Polonia?

¿Gran Bretaña consideraría el corte deliberado de un cable submarino como un ataque armado?

¿Todos los miembros de la Alianza interpretarían de igual manera un sabotaje cuya autoría Moscú negara?

La OTAN es fuerte mientras Rusia crea que las respuestas a esas preguntas son afirmativas. Por eso la duda constituye una vulnerabilidad estratégica.

La historia de las alianzas demuestra que su valor no depende solamente de los ejércitos que reúnen ni de las armas que poseen. Depende fundamentalmente de la convicción del adversario de que sus integrantes estarán dispuestos a utilizarlas cuando llegue el momento.

Ese puede ser precisamente el territorio que Putin está explorando.

Europa creyó durante décadas que la interdependencia económica había convertido la guerra entre Estados en una anomalía histórica. Ucrania terminó brutalmente con esa ilusión.

Ahora puede estar cayendo otra: la idea de que existe una frontera perfectamente identificable entre guerra y paz.

Drones, sabotajes, operaciones encubiertas, ciberataques, infraestructura submarina, inteligencia y coerción permiten ejercer violencia estratégica sin necesidad de declarar una guerra.

El dato más significativo de las últimas semanas quizá no sea entonces un determinado ataque ni siquiera una declaración de Putin. Es que el director de la CIA haya considerado necesario viajar secretamente a Moscú para recordar personalmente cuáles son los límites que no deberían cruzarse.

Cuando las grandes potencias necesitan explicitar en privado sus líneas rojas es porque temen que alguien esté acercándose demasiado a ellas.

Pero existe una última paradoja:

Una línea roja que se cruza sin consecuencias deja de ser una línea roja.

Y una alianza vale, en última instancia, exactamente lo que vale la voluntad política de sus miembros de cumplirla cuando llega el momento de asumir sus costos.

Por eso la pregunta que empieza a definir esta etapa de la guerra ya no es solamente qué ocurrirá en Ucrania.

Es otra, bastante más peligrosa:

¿está Putin intentando descubrir cuánto puede atacar a la OTAN sin que la OTAN decida que ha sido atacada?