30 de septiembre, 2026 - 06h00

Estoy sentada en un viejo sofá, con la puerta y la ventana abiertas. Es domingo. La lluvia de la noche y la mañana ha lavado todo rastro de polvo en casas y plantas. El sol hace relucir el paisaje urbano. Antes de que el fenómeno de El Niño convierta en desastre cultivos, economía y vidas humanas, me detengo a mirar lo que me rodea.

En la ventana, cuatro azaleas florecen contentas. En el suelo del porche, las begonias rojas agradecen no estar al sol y se llenan de flores.

Los anturios también agradecen la sombra, aunque sus flores no adquieren el rojo intenso que deberían. Probaremos con agua de remolacha.

El guayacán de la vereda, que nadie cuidaba, estaba seco y mustio. Llegaron las primeras lluvias y resucitó. El limonero, que nació solo y ahora está de vacaciones después de su primera cosecha, parece sonreír bajo el agua.

Desde donde estoy veo distintos tonos de verde y unos pájaros negros, finos, toreando a un gato.

La orquídea tardó ocho años en decidirse a florecer. Ahora va por su tercera floración del año y llena la cocina de un perfume dulce, casi embriagador. Los lazos de amor han aceptado que Max, nuestro gato, los utilice de cama y echan sus ramas cargadas de flores hacia los costados, como procurando no molestarlo. Las veraneras dudan entre echar hojas o flores. La lluvia las tomó por sorpresa.

Hace casi cincuenta años me fui sola a una montaña cerca de San Pedro de la Bendita, en Loja. Un convento me daba refugio durante la noche. De día salía con algo para comer y regresaba al caer la tarde.

No había voces humanas, radio ni distracciones.

Poco a poco apareció un mundo que siempre había estado allí: sonidos de árboles y hojas, hormigas, pájaros, tormentas, perfumes que no conocía.

Y aparecí también yo.

La soledad me enfrentó conmigo misma sin posibilidades de escape. Allí entendí algo que nunca olvidé: lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado. Y que en mí también la vida burbujeaba por dentro.

Vislumbré entonces la conexión entre las cosas. Y supe que la condición esencial para llegar a acuerdos es escuchar.

Me falta mucho para vivirlo en la realidad de todos los días. Pero allí está la base de todo cambio profundo: en la política, los negocios, las relaciones. Cada quien tiene una verdad parcial y necesitamos escuchar especialmente a aquellos con quienes no estamos de acuerdo.

Esa escucha lleva oculta una laceración profunda. Un sufrimiento sin anestesia por todas las injusticias y muertes del mundo.

Tan asesino es quien lanza una bomba, un sicario o un mafioso, como el corrupto que roba salud, educación y vida a la gente sencilla. Y no hay que tener miedo de señalarlo, decirlo, denunciarlo.

Hay días en que todo parece desmoronarse. Y, sin embargo, en alguna grieta, la vida aparece.

Quizás por eso hoy puedo pasar un buen rato mirando una begonia, celebrar la resurrección de un guayacán o discutir con una veranera si ya llegó el momento de florecer.

Tal vez la alegría sea también eso: escuchar el mundo entero, también su horror, y descubrir que en medio de él la vida insiste. (O)