Estos hombres de la selección argentina ya pertenecen a la memoria del fútbol. No solo por el tesoro de sus conquistas —dos Copas América, una Finalissima y un Mundial—, sino porque hicieron de la adversidad un oficio y de la esperanza una costumbre.
Llegaron a la final de la Copa del Mundo de 2026 desafiando una y otra vez al destino, arrancándole victorias a la derrota cuando parecía que el reloj había agotado toda misericordia y, en los ojos de millones de argentinos, comenzaba a “piantarse un lagrimón”, como habría escrito un viejo poeta del tango.
No fue solamente la semifinal frente a Inglaterra; desde el comienzo del certamen, Argentina convirtió la resistencia en una forma de vida. Ante Cabo Verde, la gran revelación del campeonato, se adelantó en el marcador, fue alcanzada, volvió a ponerse arriba y otra vez debió resignarse al empate.
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Parecía una batalla condenada al desgaste. Hubo que esperar hasta el minuto 111 de la prórroga para que un córner de Lionel Messi sembrara el desconcierto en el área africana y un desafortunado autogol de Diney Borges abriera el camino de la clasificación a octavos de final.
Luego apareció Egipto. Los africanos golpearon dos veces y colocaron un inquietante 2-0. Parecía que el campeón caminaba hacia el cadalso; entonces surgió otra de esas páginas destinadas a quedar en la historia. En apenas doce minutos, Argentina dio vuelta el partido con los goles de Cristian Cuti Romero, Lionel Messi y Enzo Fernández, cuyo cabezazo en tiempo agregado terminó por consumar la proeza.
La FIFA habló de una “remontada milagrosa”. No fue una exageración: pocas veces un equipo resucitó cuando parecía tener la lápida encima.
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Contra Suiza reapareció esa obstinación casi sobrenatural. Argentina golpeó primero, pero llegó el inesperado empate helvético. La expulsión de Breel Embolo, a los 72 minutos, encerró a los europeos en una resistencia desesperada. Scaloni buscaba una grieta en aquella muralla sin encontrarla.
Entonces recurrió a Lautaro Martínez y a José Flaco López, apostando sus últimas fichas. Cuando el primer tiempo suplementario agonizaba, un misil de Julián Álvarez encontró un ángulo imposible. Antes del final del tiempo extra, Lautaro Martínez selló la clasificación.
La semifinal contra Inglaterra obedeció al mismo libreto dramático. Los ingleses golpearon primero y Argentina volvió a quedar al borde del precipicio. Messi era perseguido, derribado y golpeado con insistencia. No estaba cerca del gol, pero seguía haciendo lo que solo los elegidos saben hacer: inventar caminos donde los demás apenas ven obstáculos.
Sus asistencias abrían grietas en la defensa inglesa, mientras Jordan Pickford desbarataba una y otra vez los intentos argentinos.
Thomas Tuchel, el técnico de Inglaterra, recurrió entonces a una táctica que bien podría llamarse “gustavo alfarista”: llenar el área de defensores para que no le “cascotearan el rancho”. Inglaterra resistió hasta el minuto 85. Enzo Fernández probó desde unos 25 metros y Pickford alcanzó a desviar el disparo al córner. Messi habilitó a Fernández, quien acomodó el balón, y esta vez su derechazo encontró el camino de la red. Argentina respiró otra vez. El empate olía a prórroga.
Pero aquella selección parecía haber firmado un pacto con el destino. Scaloni envió al campo a Lautaro Martínez para jugarse la última carta, y el Toro respondió como responden los goleadores. Otra asistencia exquisita de Messi encontró la cabeza del delantero del Inter; el frentazo fue impecable, la pelota besó la red y Argentina volvió a desafiar la lógica. Una vez más había convertido la angustia en victoria y el sufrimiento en leyenda.
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Francia barría en las casas de apuestas y en la opinión de los periodistas; era calificada como la mejor del Mundial. Había mostrado pocos recursos ante un Paraguay que se encerró en su área e impidió que despegaran los “aviones” galos (Mbappé, Dembélé, Doué, Olise y Barcola), donde solo un penal le dio el triunfo. Marruecos fue muy poco para calibrar su verdadero poderío, pero los nombres rutilantes encandilaron a la crítica.
España se había complicado en la primera fecha ante Cabo Verde, no porque su rendimiento hubiera sido opaco, sino por la portentosa resistencia del arquero Vozinha. Volvió a tener dificultades frente a Uruguay, pero se impuso a Portugal y a Bélgica mostrando gran solidez defensiva, un mediocampo notable en la contención y en el ataque, y delanteros batalladores.
Rodri puso en evidencia que era no solo un volante que contenía y pasaba bien el balón, sino que ordenaba el juego y proveía de oportunidades de gol a sus colegas. Sin dudas, el mejor de la Copa en su puesto y un firme candidato a mejor jugador del Mundial.
Luis de la Fuente, un técnico que empezó en las divisiones menores —de donde reclutó a la mayoría de los seleccionados españoles de hoy— y un estudioso del fútbol criticado al principio por “inexperto” (igual que sucedió con Scaloni), se vio en una disyuntiva ante el drama de las semifinales frente a Francia, rival considerado superior.
Debía decidir entre adoptar una estrategia defensiva para apostar por algún contragolpe o mantener su filosofía de movimiento de sus hombres por todo el campo, de toque, de pausa y esprint, todo dentro de un orden que pareció hipnotizar a los franceses.
España vs. Francia fue un partido en el que chocaron la armonía y la excelencia colectiva contra las individualidades desordenadas. Ver jugar a los hispanos fue admirar una sinfonía en la que cada ejecutante era un maestro en su papel.
Para el mundo del fútbol, España envió un mensaje que ojalá se difunda en cada escuelita del balompié, en cada club pequeño o poderoso: nunca se sintieron inferiores ante un adversario que los aventajaba solo en los pronósticos de los apostadores y de los “entendidos”, quienes evidenciaron entender muy poco de este deporte, a veces imprevisible.
Nunca el entrenador y los jugadores pensaron en dejar de lado su identidad ni en optar por recursos únicamente defensivos. Mantuvieron sus convicciones ante un rival desconcertado que nunca pudo hallar el camino y que no encontró los espacios. Un Mbappé confundido, aturdido, sin un GPS que lo auxiliara fue la postal de la victoria española.
Argentina, doctorada en resurrecciones, y España, autora de la mejor exhibición futbolística de esta Copa, chocarán el domingo en la final. Con los argentinos no se pueden hacer predicciones: se levantan del piso a la cuenta de ocho y terminan noqueando a su oponente. Y tienen a Messi, un grande ubicado en los primeros escalones de la historia. No ha hecho goles en sus últimos partidos, pero de sus botines mágicos han partido las asistencias que han aprovechado los delanteros.
Ante el seleccionado celeste y blanco, que ha borrado de su léxico la palabra claudicar, España deberá repetir las partituras sinfónicas que propiciaron el baile a Francia si quiere asegurar una segunda diadema en la historia de los mundiales.
Tiene argumentos suficientes en una retaguardia que apenas ha recibido un gol en siete encuentros. He aquí la mejor defensa del planeta, no ese adefesio publicitario que mostró Ecuador. Y tiene al mejor número cinco del mundo, Rodri, que no es un invento para vender camisetas ni para convertir, a través de mentiras, a un mediocre en un crack. (O)