La cerveza es una de las bebidas protagonistas del verano. Pese a que su consumo va a la baja –como ocurre con otras bebidas alcohólicas– cuando aprieta el calor sigue siendo la protagonista en terrazas, chiringuitos, comidas con amigos o después de hacer deporte. Según datos recientes de Cerveceros de España, el consumo de cerveza cayó un 4,4% en 2025 respecto a años anteriores, con una media de 50,5 litros por persona al año, un descenso que el sector atribuye al aumento de costes y el cambio de hábitos de la población.

Sin embargo, con la cerveza ocurre algo que no solemos observar en otras bebidas alcohólicas, según apunta la nutricionista Fátima Branco: se toma con una naturalidad que hace olvidar que, por muy refrescante que resulte, sigue siendo una bebida alcohólica. “Se ha normalizado tomar cerveza como si fuera agua”, resume, y asegura que una de las situaciones más habituales en consulta es encontrarse con personas que no entienden por qué han ganado peso si siguen comiendo igual. “No contabilizan las calorías que toman prácticamente sin darse cuenta”, explica.

Se ha normalizado tomar cerveza como si fuera agua”

Fátima Branco

Nutricionista

Los especialistas insisten desde hace años en la necesidad de no banalizar su consumo. “Uno de los problemas del alcohol es que siempre ha estado aceptado socialmente. En el imaginario del consumidor el alcohol no hace daño e incluso se cree que un consumo moderado puede ser bueno para la salud. No solo no es cierto, pues es tóxico y adictivo, sino que además cuesta mucho que calen los mensajes que alertan sobre sus riesgos”, advierte, por su parte, la médico-nutricionista Núria Monfulleda, del centro Loveyourself, en Barcelona.

De hecho, un gran estudio publicado en la revista The Lancet concluía precisamente que los riesgos asociados al consumo de alcohol superan cualquier posible beneficio para la salud, mientras que la Organización Mundial de la Salud relaciona su consumo con más de 60 enfermedades, entre ellas diferentes tipos de cáncer.

Eso no significa que una caña ocasional vaya a provocar problemas de salud en una persona sana con una dieta equilibrada. El problema, apunta Branco, es que “quedamos para tomar una caña y acabamos tomando cinco o seis”. La experta analiza, paso a paso, qué ocurre realmente en el organismo cuando bebemos cerveza.

Variedad de cervezas 

Variedad de cervezas MARK LIPCZYNSKI

Nos refrescamos, pero no nos hidratamos

La cerveza contiene aproximadamente un 90% de agua, además de malta, cebada o trigo, lúpulo, levadura y dióxido de carbono. La idea de que nos hidrata es, según apunta Branco, “uno de los grandes mitos del verano”. La cerveza resulta refrescante y calma la sensación de sed, pero eso no significa que hidrate. “Mucha gente cree que se está hidratando porque le refresca y le quita la sed, pero en realidad ocurre lo contrario. El alcohol favorece la diuresis, así que estamos perdiendo más líquido”, explica la nutricionista.

Aporta calorías (y rara vez llega sola)

A simple vista puede parecer una bebida ligera, pero la cerveza aporta entre 42 y 45 kilocalorías por cada 100 mililitros. Un botellín de 330 mililitros (el estándar) ronda, por tanto, las 140-150 kilocalorías.

Contrariamente a lo que muchas personas creen, la mayor parte de esas calorías no proceden del azúcar. Aproximadamente un 70 % proviene del alcohol y el 30 % restante de los hidratos de carbono, principalmente maltodextrinas. De hecho, una cerveza contiene muy pocos azúcares simples.

A esa aportación energética suele sumarse otro factor. “La cerveza casi nunca viene sola. Lo habitual es acompañarla de patatas fritas, aceitunas o alguna tapa; nadie suele pedir una ensalada para tomar con una caña”, señala Branco. Además, recuerda que el alcohol aumenta el apetito, por lo que ese picoteo acaba siendo, en muchas ocasiones, más abundante de lo previsto.

Para Monfulleda, la cuestión de las calorías es sencilla. “Si queremos perder peso tenemos que gastar más calorías de las que consumimos. Si una parte de esas calorías procede del alcohol, que además aporta muy poco desde el punto de vista nutricional, estamos desplazando alimentos que sí nos sacian y nos nutren”. Por eso, concluye, “si tenemos un margen de calorías al día, siempre será más interesante invertirlo en alimentos de calidad, nutritivos y saciantes, que en bebidas alcohólicas”.

No dispara la glucosa tanto como suele pensarse

Una caña de 330 ml aporta alrededor de 12 gramos de hidratos de carbono, una cantidad muy inferior a la de un refresco, que aporta entre 30 y 35 g, o un zumo comercial, que ronda los 25-30 g. Esto significa que su carga glucémica es baja, de manera que una cerveza tiene un impacto sobre la glucemia menor del que muchas personas imaginan.

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Sacia... pero también favorece que comamos más

Muchas personas aseguran sentirse llenas después de un par de cervezas. Esa sensación existe y se debe principalmente al volumen ingerido y al dióxido de carbono. Sin embargo, esa saciedad suele ser momentánea y no suele traducirse en comer menos. Todo lo contrario. “El alcohol aumenta el apetito, además de que solemos tomarlo en contextos de ocio que predisponen a que comamos más”, explica Branco.

También dificulta la pérdida de grasa

El alcohol no solo aporta calorías, sino que también altera la forma en que el organismo obtiene energía. Mientras el hígado está ocupado metabolizándolo, disminuye la oxidación de las grasas, es decir, el organismo retrasa la utilización de sus reservas grasas como combustible. Por tanto, es un doble peligro para aquellos que desean controlar su peso. “No solo sumamos las calorías del alcohol, sino que además dificultamos la quema de la grasa que ya tenemos”, resume Branco.

Amigos brindan con una cerveza después de un partido

Amigos brindan con una cerveza después de un partidoIgor Alecsander

No es la mejor opción después de hacer deporte

Pese a la imagen tradicional de la cerveza como recompensa tras el ejercicio, ambas expertas recuerdan que el alcohol tampoco juega a favor de la recuperación muscular. Branco explica que disminuye la síntesis de proteínas, un proceso esencial para reparar el tejido muscular después del entrenamiento, por lo que no resulta una bebida recomendable tras la práctica deportiva.

¿Y la cerveza sin alcohol?

Bajo esta denominación conviven dos productos diferentes. Las cervezas etiquetadas como “sin alcohol” pueden contener hasta un 1% de alcohol, mientras que las 0,0 apenas presentan cantidades residuales. Ambas aportan menos calorías que una cerveza convencional, pero no están completamente exentas de energía y, en el caso de las primeras, tampoco de alcohol. “Lo bueno de las cervezas sin alcohol es que a nivel organoléptico son buenas y su experiencia de consumo es notable”, apunta Branco. Sin embargo, según señana Monfulleda, “la bebida de elección siempre debería ser el agua”.

La cerveza sin gluten no es una alternativa

La diferencia entre la cerveza convencional y la cerveza sin gluten no está en su valor nutricional, sino en el cereal utilizado o en el proceso de elaboración para eliminar el gluten. Se trata de una alternativa pensada para personas con enfermedad celíaca o sensibilidad al gluten, “pero no puede considerarse una opción más saludable que una cerveza convencional por ese simple hecho”, asegura Branco.

También aporta algunos nutrientes

“La cerveza contiene pequeñas cantidades de vitaminas del grupo B, además de minerales como magnesio, potasio y fósforo, así como algunos compuestos antioxidantes procedentes de la malta y el lúpulo”, explica la nutricionista. Sin embargo, recuerda que estos nutrientes se obtienen con mucha mayor facilidad a través de frutas, verduras, legumbres o cereales integrales, sin necesidad de recurrir a una bebida alcohólica.

Esto no significa que una caña ocasional nos vaya a hacer daño, según concluye Branco, quien recuerda que “puede tener cabida de forma puntual en el contexto de una dieta saludable”. Sin embargo, conviene evitar esa percepción tan extendida de que unas cervezas cuentan menos que otras bebidas alcohólicas y tener presente que, en ningún caso, puede ser una bebida de consumo diario si se quiere tener una buena salud. Precisamente esa normalización es, a juicio de ambas expertas, “uno de los principales obstáculos para reducir su consumo”, señala Monfulleda.