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Convengamos en que nacimos con suerte. La mayoría de nosotros, si nos dieran permiso para irnos a otro país, nos quedaríamos donde estamos. Cuesta imaginar la desesperación de nuestros vecinos que, ante la perspectiva de poder marcharse, se van con lo puesto, dejan atrás su cama, sus seres queridos y, por escasas que sean, sus pertenencias. Hay una palabra para esto, harraga, “los que queman”, con varias capas metafóricas: quemar por el deseo de marcharse, quemar los kilómetros de distancia hasta el destino, quemar los documentos, quemar el pasado...

 

 STR / Ap-LaPresse

Si Mohamed VI está tras la relajación de controles que facilitó el cruce masivo de sus compatriotas a Ceuta, ha elegido una manera muy macabra de conmemorar el 27.º aniversario de su entronización. El miércoles por la noche pronunció un discurso televisado en Tetuán, a unos treinta kilómetros de Fnideq –Castillejos, en su nombre colonial español–, punto de partida de la mayoría de quienes cruzaron, llegados desde distintos lugares, alentados por rumores de que al amanecer se abriría la frontera. A la mañana siguiente, mientras se anunciaba el indulto real de 1.788 presos, miles de personas se concentraban ya para ir a Ceuta, a pie o a nado, bordeando el espigón del Tarajal. 

Muchos han vuelto a Marruecos, condenados a soñar con ser Lamine Yamal ante el televisor

Las imágenes del gran éxodo, llegadas a primera hora de la tarde, cuando el rey presidía cerca de allí la recepción oficial del día del Trono, desmentían el entusiasmo de cuanto había proclamado la víspera: la eficacia de las instituciones, el crecimiento del 4,9% el 2025, la capacidad de producir cerca de un millón de vehículos al año, los veinte millones de visitantes... El reverso de ese balance económico es que, durante los festejos, se echaron al agua decenas de miles de sus súbditos, muchos jóvenes y menores. Empezaban a recuperarse los cadáveres, de momento más de sesenta, y la ultraderecha europea ya capitalizaba la tragedia en la frontera hispano-marroquí.

Muchos han vuelto a Marruecos, a sus vidas de siempre, donde las oportunidades se les niegan, condenados a soñar con ser Lamine Yamal delante del televisor. En el apretón de manos entre su rey y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, presente en las celebraciones, se concentra su opresión: el primero los usa como armas, el segundo los intoxica con sueños de riqueza imposible.