Tras el adiós al prócer de la canción social, crece la figura de una compañera clave que eligió el perfil bajo y la producción disciplinada: Mariana Schettini, la esposa de Piero durante más de treinta y cinco años.

A sus 55 años, en medio del duelo por la partida del músico ocurrida el pasado 7 de octubre 2026 en el Hospital Italiano, su recorrido vital vuelve a ganar visibilidad no como un mero reflejo conyugal con Piero, sino como el testimonio de una creadora integral, investigadora universitaria y docente de artes visuales que supo levantar una obra autónoma y de enorme prestigio en el circuito teatral, museístico y formativo de Argentina.

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Licenciada en Artes Visuales y formadora académica: la carrera independiente de Mariana Schettini, la esposa de Piero


Graduada formalmente como licenciada en Artes Visuales, la trayectoria de Mariana Schettini se caracteriza por una constante búsqueda interdisciplinaria que combina la plástica tradicional con el diseño de vestuario, la caracterización escénica, la dirección cinematográfica y la aplicación de nuevas tecnologías al lenguaje performático contemporáneo.

Su labor pedagógica ocupa un espacio vertebral dentro de las universidades y centros terciarios de arte, donde no solo dicta cátedras teóricas y prácticas, sino que lidera instancias de gestión curricular y asesoramiento institucional destinadas a modernizar los planes de estudio en la enseñanza artística pública y privada.

Lejos de aislarse en el ámbito individual, la creadora consolidó valiosas alianzas con directores de cine, escenógrafos del Teatro Colón y referentes del teatro independiente, integrando actualmente el prestigioso equipo de trabajo del taller del artista Gaspar Libedinsky, un espacio de cruce colectivo donde desarrolla instalaciones y proyectos espaciales de escala internacional.

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Treinta y cinco años de amor reservado y crianza creativa: la vida de Mariana Schettini junto a Piero


La historia compartida entre Mariana Schettini y Piero comenzó en 1990, iniciando una convivencia serena que se distribuyó a lo largo de los años entre residencias en Buenos Aires y la provincia de Córdoba, manteniendo siempre una distancia infranqueable respecto a las controversias de la prensa del corazón.

En ese ámbito de intimidad y diálogo intelectual constante, la pareja crió a sus dos hijos en común, Giuliano y Fiorella de Benedictis, construyendo un hogar donde la vocación estética funcionaba como el lenguaje cotidiano predominante.

Ese entorno hogareño operó como un estímulo natural para sus descendientes, reflejado con nitidez en el camino profesional que adoptó Fiorella, quien abrazó el canto popular guiada tanto por la experiencia de su padre como por la mirada docente de su madre, conformando un núcleo familiar donde la música y las artes visuales dialogaron permanentemente sin competencias de cartel.

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