La infancia se quedó encerrada en unos dientes durante casi dos siglos y ahora está obligando a revisar por dónde empezó la esclavización de cientos de africanos. El esmalte de 152 personas enterradas en Santa Elena conserva señales químicas de los territorios donde crecieron, y ese archivo biológico ha permitido rastrear desplazamientos que comenzaron mucho antes de llegar a los barcos negreros.
El estudio, firmado por Xueye Wang y otros investigadores, ha unido esos rastros con ADN antiguo y registros históricos para reconstruir trayectorias que habían quedado sin nombre.
El estroncio permite seguir los cambios de residencia desde la niñez
Vicky Oelze, profesora del Departamento de Antropología de la Universidad de California en Santa Cruz y coautora del trabajo publicado en Science, explica que los dientes se forman durante la infancia y la adolescencia e incorporan la firma isotópica del lugar donde vive cada persona.
Según la investigadora, “los dientes sirven como un archivo biológico de la vida temprana de una persona, preservando información sobre dónde pasó su infancia y adolescencia”. Los valores de estroncio 87Sr/86Sr permiten distinguir entornos geológicos y seguir cambios de residencia registrados en piezas formadas a edades diferentes.
Los desplazamientos internos aparecen con nitidez en varios individuos cuyas firmas químicas cambiaron durante sus primeros años, a menudo en dirección a puertos dedicados al comercio esclavista. En uno de los casos, un niño habría sido trasladado entre los siete y los nueve años, mientras otro hombre adulto pasó de una región a otra situada a cientos de kilómetros.
Hannes Schroeder, profesor de Arqueogenómica en la Universidad de Copenhague y coautor del estudio, amplía el marco habitual de la trata al afirmar que “la violencia de la esclavización no comenzó en la costa, pues muchas personas fueron trasladadas por la fuerza dentro de África antes de ser embarcadas”.
Santa Elena recibió a miles de africanos liberados por la Marina británica
La isla de Santa Elena recibió entre 1840 y 1867 a unos 27.000 africanos liberados después de que la Marina Real Británica interceptara casi un centenar de barcos que los llevaban hacia América. El trayecto terminaba a más de 1.800 kilómetros de las costas africanas, tras semanas o meses de hacinamiento, desnutrición y enfermedades como la disentería, la viruela o el escorbuto.
Casi un tercio murió poco después de desembarcar, mientras la mayoría de los supervivientes fue enviada a colonias británicas como trabajadores contratados y solo unos pocos centenares permanecieron en la isla.
Las excavaciones realizadas entre 2007 y 2008 recuperaron restos depositados en grandes cementerios como Rupert's Valley y activaron una iniciativa local destinada a conocer sus vidas y conmemorarlas. Los registros incompletos o desaparecidos habían dejado a los descendientes con muy poca información sobre el nacimiento de sus antepasados y las circunstancias de su captura. Aquel vacío documental dio mayor valor a las pruebas obtenidas de los restos, porque podían devolver datos personales sin depender de expedientes administrativos que nunca se conservaron.
El nuevo análisis examinó sobre todo a hombres jóvenes y de mediana edad, aunque la muestra incluía 25 mujeres y 41 niños y adolescentes, y comparó sus isótopos con los resultados genéticos disponibles. Un estudio de ADN publicado en 2023 había situado a muchos individuos en una franja de África centro-occidental comprendida entre el norte de Angola y Gabón. Oelze considera que el estroncio permite avanzar más allá de esa referencia genética al registrar los lugares donde transcurrieron etapas distintas de la infancia.
Los análisis ampliaron el mapa de procedencia de la población enterrada
Los resultados sitúan a parte de la población en áreas costeras o cercanas al litoral de Angola, Gabón y el Congo, pero amplían el mapa hacia zonas interiores de la actual Angola y regiones del sureste africano vinculadas probablemente con puertos de Mozambique.
También aparecen posibles procedencias de Zimbabue y otros puntos del sur del continente, sin que ningún valor sea compatible con una infancia vivida en Santa Elena. Algunas personas pudieron recorrer cientos o miles de kilómetros a pie antes de embarcar, durante viajes que se prolongaron semanas o meses y añadieron otra fase de violencia al cautiverio.
La amplitud de ese mapa complica cualquier decisión sobre el destino final de los restos, porque una misma comunidad enterrada reúne orígenes separados por grandes distancias. Schroeder considera que “la ciencia no puede devolverles los nombres ni reparar la violencia que sufrieron, pero sí puede recuperar fragmentos de sus historias”.
Los investigadores plantean que esas pruebas respalden procesos dirigidos por las comunidades para decidir cómo conmemorar, recordar o repatriar, y R. Alexander Bentley analiza sus implicaciones en un artículo de Perspective relacionado. La investigación aporta así una base para deliberar sin imponer una única tierra de regreso a personas cuyas vidas quedaron atravesadas por varios territorios.