Desde las vistas del Cristo Redentor y el Pan de Azúcar hasta la renovación de su zona portuaria y una gastronomía que cruza distintas tradiciones
12 de septiembre de 202609:077'minutos de lectura
Hay ciudades donde el paisaje funciona como un telón de fondo y otras donde la geografía determina directamente la forma de transitarlas. Río de Janeiro pertenece, sin dudas, al segundo grupo. El océano Atlántico, los morros cubiertos de mata atlántica y un entramado urbano que se abre paso entre la piedra y el agua hacen que el entorno acompañe prácticamente cada movimiento. Acá, la naturaleza no aparece solamente cuando se llega a la playa: se filtra entre edificios, condiciona avenidas y reaparece desde los miradores.
Copacabana, Ipanema y Leblon constituyen algunas de las postales más difundidas de Río. Pero reducir el destino a esos kilómetros de arena sería quedarse apenas con su imagen más conocida. Tierra adentro aparecen barrios históricos, museos y parques; hacia las alturas, el Cristo Redentor y el Pan de Azúcar permiten entender una geografía que desde abajo parece casi imposible; y en la zona portuaria, espacios recuperados durante los últimos años muestran una cara más contemporánea de la ciudad.
Los números ayudan a dimensionar por qué Río continúa ocupando un lugar central entre los viajeros internacionales y, especialmente, entre los argentinos. Según datos de Embratur, la Agencia Brasileña de Promoción Internacional del Turismo, organismo encargado de promocionar los destinos del país en el exterior, durante el primer trimestre de 2026 el estado de Río de Janeiro concentró el 38% de las reservas de pasajes aéreos internacionales emitidos con destino a Brasil, con un crecimiento del 14% frente al mismo período de 2025.
Esa presencia argentina también se percibe en la hotelería carioca. Elizandra Demczyszyn, directora de Ventas y Marketing del Sheraton Grand Rio Hotel & Resort, señala que el flujo está impulsado principalmente por “la conectividad aérea entre los dos países, el atractivo de las playas cariocas y la búsqueda de experiencias de ocio” y que aumenta especialmente “durante la temporada alta, los fines de semana largos y las vacaciones escolares”.
La “Cidade Maravilhosa” desde las alturas
Hay dos puntos que concentran algunas de las vistas más reconocibles de Río. El Cristo Redentor y el Pan de Azúcar son probablemente las imágenes más repetidas de la ciudad, pero la experiencia de subir a ellos permite dimensionar un paisaje que las fotografías difícilmente terminan de capturar.
El primero se encuentra en la cima del Corcovado, dentro del Parque Nacional da Tijuca. Desde allí, la figura del Cristo domina una panorámica que abarca la laguna Rodrigo de Freitas, las playas, los morros y la bahía de Guanabara. A 700 metros sobre el nivel del mar, el mirador ofrece una de las perspectivas más amplias de Río y permite reconocer, desde un mismo punto, buena parte de sus lugares emblemáticos.
Hace un mes comenzaron las obras para reemplazar las escaleras mecánicas del Cristo, que se extenderán hasta mayo de 2027, pero las visitas se siguen realizando con normalidad. La diferencia es que en el último tramo del recorrido, al llegar al área del monumento, es necesario subir una escalera de 80 escalones (trecho que era posible evitar gracias a las escaleras mecánicas). Además, se reduce el cupo de visitantes diarios en un 50%, por lo que es conveniente reservar con anticipación. Acceso en el tren, US$26.
En el Pan de Azúcar la perspectiva cambia. El ascenso se realiza en los conocidos bondinhos, los teleféricos que primero llegan al Morro da Urca y después continúan hasta el Pan de Azúcar, a 396 metros sobre el nivel del mar. Desde arriba aparecen Botafogo, Copacabana y la bahía de Guanabara.
Los dos paseos comparten algo más que las vistas: permiten comprender por qué la naturaleza no funciona en Río como un atractivo separado de la ciudad. Está integrada a ella y, en muchos casos, determina directamente su forma.
Una nueva cara sobre el puerto
Para encontrar otro paisaje, hay que moverse hacia el centro y la zona portuaria. Allí aparece el Boulevard Olímpico, uno de los sectores que atravesó una importante transformación urbana en el contexto de los Juegos Olímpicos de 2016.
Caminar por la zona permite encontrarse con una ciudad distinta de la orla de Copacabana, Ipanema o Leblon. La renovación recuperó espacios del frente portuario para el tránsito peatonal y sumó museos, intervenciones artísticas y espacios públicos.
En Praça Mauá se encuentra uno de los edificios que mejor simboliza ese cambio: el Museu do Amanhã, inaugurado en 2015 y diseñado por el arquitecto español Santiago Calatrava. Su estructura blanca se proyecta hacia la bahía y contrasta con buena parte de la arquitectura histórica que la rodea.
Puertas adentro, la propuesta también mira en otra dirección. En lugar de concentrarse exclusivamente en el pasado, plantea preguntas sobre el futuro del planeta, la ciencia, la sustentabilidad, el cambio climático y las consecuencias de las decisiones humanas. Si desde el Corcovado y el Pan de Azúcar se contempla una geografía formada durante millones de años, en el puerto aparece una ciudad que continúa modificándose a sí misma.
Sabores que rompen con lo tradicional
La gastronomía propone otra manera de conocer Río y permite descubrir una característica propia de las grandes ciudades turísticas: la convivencia de sabores locales con cocinas llegadas de distintos lugares del mundo.
Una muestra aparece en Xian, un rooftop del centro carioca cuya carta se mueve entre la cocina asiática y japonesa. El restaurante incorpora sushi y preparaciones de inspiración oriental en un espacio en altura, donde el paisaje se convierte en una pieza clave de la experiencia.
En Leblon, la tradición cambia por completo en L’Étoile, restaurante francés del Sheraton Grand Rio, ubicado sobre Avenida Niemeyer, entre el Atlántico y los morros y con acceso directo a la playa. Su propuesta está vinculada desde 2014 con el chef Jean Paul Bondoux. Con más de seis décadas dedicadas a la gastronomía, Bondoux construyó una cocina en la que la tradición francesa convive con la simplicidad, la sofisticación y el protagonismo de la materia prima.
Italia también encuentra su lugar en esa diversidad. Bene, restaurante italiano del mismo establecimiento, propone una carta con referencias reconocibles de la cocina italiana, especialmente las pastas, pero también incorpora pescados, mariscos y combinaciones más contemporáneas.
Asia, Francia e Italia funcionan de ese modo como tres ejemplos de una escena gastronómica que permite ampliar la experiencia de Río más allá de la cocina que tradicionalmente se asocia con Brasil.
Una ciudad que no entra en una sola postal
Más allá de sus grandes atractivos, Río se descubre también en experiencias menos monumentales: sentarse a comer, caminar junto al mar, recorrer o descubrir cuánto puede cambiar la identidad de la ciudad al pasar de un barrio a otro.
Quizás allí esté la explicación de por qué, más de un siglo después de que comenzara a popularizarse el apodo, Río sigue haciendo honor a su nombre de “Cidade Maravilhosa”. No solamente por las imágenes que la hicieron reconocible en todo el mundo, sino por todo lo que convive detrás de ellas: historia, cultura, gastronomía, naturaleza y una ciudad que continúa transformándose.
Las postales de Río son conocidas mucho antes de llegar. Todo lo demás se descubre al recorrerla.
Por Brenda Escudero