Actualizado Lunes, 3 agosto 2026 - 01:44

«La amenaza nuestra no es una Rusia que lleve sus tropas por los Pirineos a la Península Ibérica». En el clímax del debate europeo sobre el gasto militar, Pedro Sánchez se despachó con esta declaración en Bruselas. Era marzo de 2025, en el tercer aniversario de la Guerra de Ucrania, que desde entonces ya ha cumplido un cuarto. Ante aliados que sufrían de manera directa la amenaza de Putin, que habían tenido que incrementar la inversión en Defensa de forma drástica por un conflicto que no habían buscado ni provocado y que vivían un momento existencial en el que sentían que su propio futuro estaba en juego, el presidente español, al frente de la cuarta economía de la UE, venía a decir que esto no iba con él porque la zona de riesgo estaba muy lejos.

Sánchez, siempre necesitado de algo contra lo que luchar para justificar una legislatura absurda, veía ya entonces que la Presidencia de Trump era una oportunidad y los problemas de los socios europeos no iban a aguarle el plan. Así que la crisis con Marruecos, que no otra cosa ha sido el asalto a Ceuta, ha cogido a España enfrentada a su principal aliado militar, que es Estados Unidos, y enemistada con Israel, con las consecuencias en seguridad y tecnología que eso tiene. Pero, sobre todo, la ha cogido aislada de Europa, de espaldas a las políticas de consenso comunitarias y con muchas cuentas que saldar.

En los mensajes que los líderes europeos han difundido de forma llamativamente masiva los tres últimos días se percibe un poco escondido tono de rencor. El comunicado del primer ministro polaco, Donald Tusk, con su 4,7% del PIB de gasto en Defensa, ha sido seguramente el más profundo: «Hemos invertido miles de millones de euros y movilizado a miles de soldados, policías y guardias fronterizos. España debe seguir nuestro ejemplo si Schengen [el acuerdo europeo de libre circulación de personas] ha de sobrevivir». Pero ha habido otros muy interesantes, como el del primer ministro sueco, Ulf Kristersson, que pedía «tomar las medidas necesarias para que no vuelva a ocurrir lo de 2015».

Lo de 2015. Europa no es una acumulación de imbecilidades, aunque muchos españoles así lo crean. A muchos países ya se les ocurrió subir el maltrecho PIB con jóvenes e impetuosos extranjeros que revitalizaran sus envejecidas comunidades, ayudaran a pagar pensiones y engordaran las cifras de empleo. Pero descubrieron que esto tiene consecuencias sociales, culturales y políticas. Hace demasiados años que Giovanni Sartori advirtió que el enfoque con la inmigración no puede ser solo económico, porque «es eminentemente no económico». Hoy, Suecia, Dinamarca o Italia, por citar tres de los gobiernos que han reaccionado con más dureza estos días, pagan un alto precio económico por los controles en inmigración, pero lo hacen de forma consciente.

Realmente, la crisis de Ceuta está relacionada tangencialmente con la inmigración. Desde el primer momento se intuía que los que doblaban el espigón no eran jóvenes en busca de una vida mejor. Se volvieron unas horas después, vaya. Por el contrario, era una operación política de Marruecos ante las cámaras de todo el mundo y con portada en el New York Times, con ese titular de «escenas de caos en Ceuta, el enclave norteafricano que España mantiene desde hace siglos». Música sinfónica en Rabat. Pero lo que sí aprovechaba nuestro vecino del sur era la debilidad de España con la inmigración, y de forma muy hábil. Porque al final, lo que veía Europa era al país que les había dedicado lecciones morales y económicas en las últimas citas comunitarias, y que está regularizando a 1,2 millones de inmigrantes pese a sus protestas, recibiendo una avalancha de decenas de miles de personas en la frontera.

En la palestra queda José Manuel Albares, ministro de Exteriores y genio de la realpolitik, siempre con grandes principios donde España pinta poco, allá por Gaza e Irán, y con descarnado pragmatismo donde nuestra posición se presupone decisiva, como pueden atestiguar los saharauis o el pueblo venezolano. En el juego de la diplomacia (el Estado) puesta al servicio electoral del presidente, una frase como la de los Pirineos solo se suelta en Bruselas si vives en el convencimiento de que tienes el flanco sur cubierto. No se entregó el Sáhara por cualquier cosa, es de suponer, sino para que no circulen yihadistas desde el otro lado del Estrecho y nos controlen la inmigración. Incluso cierras el círculo con un viaje a Argelia discreto pero efectivo.

Y de repente, Ceuta. Visto lo visto, cabe preguntarse qué es lo que ata a este Gobierno con Rabat. El jueves, cuando las imágenes invadían ya las pantallas, el comunicado de Moncloa de la tres de la tarde empezaba con un gracias Marruecos que destacaba la «ejemplar colaboración» entre ambos países. Nunca se vio de forma tan clara el equilibrio roto entre ambos países como en la parálisis del Gobierno mientras miles de personas violentaban la frontera. Ni un paso sin consultarlo con Rabat. Pero incluso teniendo asumida tu posición de debilidad y que en el momento caliente no conviene provocar al fuerte, es difícil de creer que esta crisis no vaya a provocar siquiera un debate en torno a Marruecos, que incluya la posibilidad de sanciones económicas y cuestionar la celebración de un Mundial de fútbol conjunto.