Retrato del filósofo danés Søren Kierkegaard, pintado por Luplau Janssen en 1902.

Retrato del filósofo danés Søren Kierkegaard, pintado por Luplau Janssen en 1902.

Søren Kierkegaard fue un filósofo, teólogo y escritor danés nacido en Copenhague en 1813 y fallecido en 1855, considerado uno de los grandes precursores del existencialismo. Su filosofía puso el foco en el individuo concreto frente a los sistemas abstractos: cómo elegimos, cómo vivimos, qué hacemos con nuestra angustia y, sobre todo, cómo asumimos personalmente nuestras decisiones.

Kierkegaard vivió en una Europa sacudida por revoluciones políticas, transformaciones sociales y el avance de la prensa, mientras Dinamarca atravesaba su propia modernización cultural. Él contempló aquellos cambios con una mezcla de fascinación y desconfianza. Criticó especialmente una sociedad que, a su juicio, sustituía la pasión individual por la opinión pública, la reflexión interminable y una cómoda sensación de pertenencia al grupo.

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Es en ese contexto donde cobra especial fuerza una frase que se le atribuye: “La gente exige libertad de expresión como compensación por la libertad de pensamiento, que rara vez utiliza”. Unas palabras que no carecen de cierta ironía, pues exponen hasta qué punto la reclamación de un derecho apenas sirve en una sociedad que no desarrolla un pensamiento crítico.

Cubierta de 'O lo uno o lo otro', de Søren Kierkegaard.
Cubierta de ‘O lo uno o lo otro’, de Søren Kierkegaard. (Editorial Trotta)

Con esta reflexión, cuya versión original se encuentra en su libro O lo uno lo otro, Kierkegaard no desprecia la libertad de expresión. Al contrario, su intención es señalar una de sus paradojas más incómodas: expresarse es relativamente fácil; pensar de verdad exige esfuerzo. Pensar implica cuestionar las propias certezas, soportar la duda y aceptar incluso la posibilidad de estar equivocado. De ahí que la libertad interior sea, para él, una tarea antes que un derecho pasivamente disfrutado. Su filosofía insiste precisamente en esa responsabilidad del individuo.

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La crítica encaja con otra de sus conocidas afirmaciones: “La multitud es la mentira”. Kierkegaard sostiene que la masa puede diluir la responsabilidad individual y convertir la cantidad en un criterio equivalente a la verdad. El problema, consecuentemente, es que las personas dejen de pensar por sí mismas porque otros ya han decidido qué se debe creer, decir o defender.

¿Quién le iba a decir a Kierkegaard que, siglos después, las redes sociales convertirían sus temores en realidad? Estas plataformas han multiplicado extraordinariamente las posibilidades de expresión, pero han contribuido también a la homogeneización del pensamiento. Publicar una opinión requiere segundos; revisar sus fundamentos puede exigir horas. Kierkegaard permite así una lectura contemporánea que no cuestiona el valor de expresarse, sino que recuerda que la libertad de palabra alcanza su verdadero sentido cuando procede de una conciencia capaz de pensar por sí misma.

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Retrato del filósofo Søren Kierkegaard. (WS Collection)
Retrato del filósofo Søren Kierkegaard. (WS Collection)

Si algo han defendido los filósofos a lo largo de su historia, ha sido la necesidad de desarrollar un pensamiento crítico. Así lo ejemplifica Sócrates en la Apología de Platón, donde afirma que “una vida sin examen no merece ser vivida”. Como Kierkegaard, defendía la exigencia de convertir la reflexión en una práctica personal para desarrollar una existencia libre en la que preguntarnos por qué creemos lo que creemos se convierta en un hábito.

También John Stuart Mill advirtió sobre el peligro de confundir libertad con conformidad. En Sobre la libertad escribió que “la tiranía de la opinión” podía resultar tan opresiva como la autoridad política, porque impedía desarrollar una individualidad propia. Para él, una sociedad puede permitir que todos hablen y, al mismo tiempo, empujar a casi todos a pensar de la misma manera.

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La provocación de Kierkegaard debe servirnos, pues, como un llamado a que la verdadera libertad empiece antes del momento en el que la ejercemos. Pensar, dudar, contrastar, cambiar de opinión y resistirse al cómodo refugio de la multitud son ejercicios menos vistosos que publicar una ocurrencia, pero mucho más exigentes. Y es que, solo si las pensamos lo suficiente, las palabras son realmente nuestras.